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#FanficThursday: Cars – “McQueen y Sally: One-Shots” (Capítulo 35)

Chapter 35 — Deber y placer (Cars 3)

Best of Cruz Ramirez! | Pixar Cars - YouTube
Cruz Ramirez, Cars 3

6 años después…

—Te lo agradezco, Tex —dijo Rayo McQueen, mientras chocaba una rueda amistosa con el magnate dueño de Dinoco.

Qué lejos quedaban aquellos días en que Rayo solo soñaba con vestir el azul celeste y unirse a ellos. Quizá, en verdad, era el momento de cerrar el círculo.

—Gracias a ti, muchacho —repuso el millonario con una amplia sonrisa—. Será un placer contar contigo. Y sé que Cruz estará encantada cuando se lo diga.

Rayo sonrió a su vez.

—Nos vemos en Radiador Springs, ¿entonces? —el coche de carreras echó un fugaz vistazo hacia su, hasta ahora, equipo, y siempre familia—. Quiero hacer esto como es debido.

Tex soltó una risita.

—Siempre te han gustado las sorpresas. ¿Eh, chaval?

Rayo lo secundó.

—No lo sabes tú bien, Tex —en ese momento, Cruz conseguía escapar después de casi media hora de los periodistas; agotada, pero claramente feliz—. Te dejo para que hables con tu nuevo fichaje, socio —le guiñó un ojo—. ¡Nos vemos!

Al cruzarse con su ex entrenadora, Rayo le susurró «enhorabuena», antes de apartarse hacia donde se encontraba Sally con Luigi y Guido. Los tres captaron enseguida la intención y, mientras ella se aproximaba a su marido, los dos coches italianos se alejaron para seguir con su discusión.

—¿Y bien?

Rayo sonrió enigmáticamente.

—¿Tú que crees? —murmuró, moviendo los parabrisas con rapidez hacia arriba.

Ella se rio y le dio un leve empujón con el morro sobre el guardabarros izquierdo, mientras él la imitaba. Era tan maravilloso entenderse así de bien…

—Qué tonto eres… —lo regañó sin maldad—. Aunque me alegro por ti.

—¿De verdad? —preguntó Rayo, algo más serio—. Yo… bueno, tendré que seguir viajando y… Bueno…

En todo momento le había preocupado la reacción de Sally ante su decisión, aun sabiendo que siempre lo apoyaba en todo. Pero dejar de correr podía haber supuesto tener una vida tranquila a su lado… todos los días del año.

—Pegatinas —lo interrumpió Sally sin brusquedad, mirándolo a los ojos de una forma que casi consiguió que todo su chasis se derritiera en un instante—. Desde que empezamos a salir, supe que esta —señaló a su alrededor con una rueda— era tu vida y lo asumí… Además de que sé que es lo que más feliz te hace en el mundo —él la miró con cariño, pero no la interrumpió—. Quizá no correr suponga un cambio; pero —sonrió con ternura infinita— estoy segura de que, si has tomado la decisión de ser el jefe de equipo de Cruz, es por una buena razón.

Sin poder evitarlo, el coche de carreras se emocionó.

—Te quiero, Sally —susurró cerca de su capó—. Nunca me cansaré de decírtelo.

Su mujer inclinó el morro a su vez y le dio un beso en los labios.

—Te quiero más —replicó en voz baja.

Pero un movimiento a su espalda percibido por los retrovisores la hizo volverse enseguida, curiosa. Cruz Ramírez se acercaba con aire cohibido hacia ellos, abriendo y cerrando el capó alternativamente; como si quisiera decir algo, pero al final siempre se arrepintiera. Por suerte, Rayo supo sacarla del apuro.

—Hola, Cruz —la saludó como si tal cosa—. ¿Ya has hablado con Tex?

Ella pareció relajarse, aunque seguía mirando a los dos como si pensara que irrumpía en un momento crucial.

—Sí, me lo ha dicho —alzó los bordes del capó con algo más de energía—. Solo espero que no seas muy duro conmigo —bromeó.

Él soltó una risotada.

—Trataré de estar a tu altura, entrenadora —la provocó, haciendo que ella riera. Sin embargo, enseguida trajo a la conversación al tercer coche presente—. Por cierto, quiero que conozcas a alguien —retrocedió un poco para ponerse a la altura de la Porsche Carrera—. Cruz, te presento al “otro” amor de mi vida, aparte de las carreras —Sally hizo una mueca socarrona; pero no se ofendió, al contrario—. Esta es mi mujer, Sally. Sally, esta es Cruz Ramírez, mi ex entrenadora del centro de entrenamiento Rust-eze y la nueva campeona del equipo Dinoco.

Cruz observó por un segundo a la máquina que tenía delante. Sabía, desde que la había visto por el rabillo del ojo, que le sonaba de algo; pero no cayó en la cuenta de por qué hasta ese preciso momento. El beso en Atlanta. Las primeras declaraciones. Mil especulaciones hasta que se vio que, en el fondo, eran una pareja de lo más anodina y corriente y los paparazzi se cansaron de buscar la exclusiva rosa. Y, por fin, la confirmación años después de que aquella elegante y menuda máquina le había dado el «sí, quiero» en una ceremonia privada al ya tetracampeón de la Copa Pistón.

Claro que, como cualquier adolescente seguidora de Rayo, en sus tiempos Cruz había estado muy celosa de Sally cada vez que aparecía con él en alguna carrera o se les mencionaba en conjunto. Algo que, para bien o para mal, solo la madurez y el tiempo habían mitigado hasta casi hacerlo desaparecer. Pero, en el fondo, Cruz era la primera que deseaba encontrar a alguien como lo que Sally era para Rayo y viceversa. Claro que, en su circunstancia, no lo tenía fácil. Pero era mejor abandonar esos negros pensamientos y volver a un estado de «nube blandita» lo antes posible.

—Encantada —saludó con cortesía.

Sally le devolvió el gesto.

—El placer es mío. He oído hablar mucho de ti —y, acto seguido, sin dar mucha muestra de haber visto que Cruz se encogía con timidez, agregó en un tono algo más guasón, girando sus ojos verdes hacia su marido—. Espero que aquí el señorito no te lo pusiera muy difícil…

Pasado el azoramiento de saber que Rayo había hablado de ella con Sally y, cuando consiguió reponerse de la sorpresa de semejante comentario, más viendo cómo Rayo ponía los ojos en blanco, Cruz por fin se animó a contestar, entre risitas:

—Bueno, no ha sido el peor alumno, eso lo reconozco. Aunque tuvo sus momentos…

—Sí… Algo oí sobre un accidente de simulador —siguió chinchando Sally.

Reconocía que, al principio, al ser una máquina femenina más joven, quizá había tenido sus dudas. Sally nunca se había considerado alguien celoso; pero sabía lo que la fama podía obrar sobre los que te rodeaban y, en algún momento, había temido la reacción de Cruz a trabajar con su marido. ¿La de él? Por supuesto que no. Pondría siempre la rueda en el fuego por su fidelidad. Sin embargo, pasada la negrura y el temor infundado, Sally tenía que admitir que Cruz le caía bastante simpática. Quizá podrían entenderse bien entre ellas en un futuro.

—¡Oh, vamos! —fingió enfurruñarse Rayo—. ¿Qué es esto? ¿Una conspiración de mujeres contra mí? ¿Os dejo solas para que me critiquéis a gusto?

Las dos chicas se rieron con complicidad, antes de que Sally besara a su marido en el costado.

—No te pongas así, cariño —ronroneó con dulzura, a lo que él le devolvió media mueca sarcástica—. Además, aún no le he contado cómo nos conocimos… Eso, desde luego, sí que daría para rato.

—Muy graciosa —bromeó él, siguiendo el tono de la conversación mientras Sally le guiñaba un ojo a Cruz y esta se reía por lo bajo—. Tengo que mantener una reputación, mi amor. No lo olvides. ¿Qué aprenderá mi futura alumna si ya empezamos a mostrarle mis errores de juventud?

—Bueno, creo que con lo que sé puedo hacerme una idea con los de la semana pasada —intervino Cruz, conteniendo la risa a duras penas; más al ver que los otros dos se tomaban el asunto con humor—. De todas formas —agregó poniéndose algo más seria—, no sé si le he dado las gracias, señor McQueen. Por haberme empujado por fin a cumplir mi sueño.

Él hizo un gesto como si hubiese tragado aceite rancio.

—Por favor, no me llames así más; me vas a hacer sentir más viejo de lo que ya me siento…

Cruz asintió, conforme.

—Está bien. Entonces… gracias… Rayo.

Él le devolvió el gesto.

—No ha sido nada —le quitó importancia—. Es más —de inmediato hizo un gesto elocuente hacia Sally—: créeme que, si no llega a ser por esta señorita de aquí, no nos hubiéramos conocido. ¿Verdad, cariño?

Cruz se quedó boquiabierta.

—¿En serio?

Sally se rio y Rayo agregó:

—Ya lo creo. Y… es mejor que no te pillen sus poderes de persuasión con la guardia baja, ¿verdad, cielo?

Ante lo cual, su esposa se rio aún más fuerte, sin responder, y los coros de sus acompañantes se alzaron al unísono hacia un hermoso anochecer mientras volvían hacia donde estaba reunido todo el equipo de Radiador Springs. A partir de ese instante, comenzaba una nueva etapa.

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