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#FanficThursday: Cars – “McQueen y Sally: One-Shots” (Capítulo 34)

Chapter 34 — San Valentín accidentado (II) (Cars 2)

Did 'Cars 3' Include A Sneaky Cameo From The Illegitimate Child Of  Lightning McQueen? | Movie Logic
Mia y Tia, gemelas fans de Rayo, Cars

—Mater, ¡hola!

La nerviosa grúa dio un respingo nada más llegar junto al surtidor más cercano. Ni siquiera la había oído llegar, pero estaba tan preciosa como siempre.

—Hola, Holley —saludó, tímido—. Vaya, sigues teniendo los abollones… —observó, antes de querer morderse la lengua por idiota.

«Vaya forma de empezar una cita».

—Ah, sí —respondió ella, sin dar muestras por otra parte de que aquel comentario la molestara—. Cicatrices de guerra —bromeó—. Así, ya vamos a la par.

Mater se estremeció cuando un cosquilleo recorrió todo su chasis.

—La gente se piensa que estar abollado quita caché —arguyó, encogiéndose de ruedas—. Pero a mí eso hace mucho que no me importa.

Holley asintió, coincidiendo con su punto de vista.

—Te da otro aire. Más… maduro —agregó, haciendo que Mater sonriese agradecido—. Bueno, ¿qué quieres hacer en nuestra primera cita?

De golpe, Mater se puso nervioso.

—Eh… Ah… ¿qué tal si…? —tragó saliva y el mostrador de Flo le dio la mejor idea—. ¿Quieres tomar algo…?

—Claro, me encantaría —aceptó Holley.

Pero, cuando los dos ya se encaminaban hacia el edificio principal de la gasolinera, un grito procedente del interior congeló la gasolina en sus circuitos. Sin pensarlo dos veces, ambos se arrojaron hacia el interior… temiendo lo peor.

—¡Flo! —gritó Mater, alarmado. Y aunque lo tranquilizó verla salir de una pieza de detrás del mostrador, el rostro de la tendera era la viva imagen del infierno en pleno apogeo—. ¿Qué ocurre? ¿A qué viene esa cara?

—Ay, manito —saltó entonces Ramón, apareciendo de improviso desde la trastienda de la gasolinera—. Alguien nos robó y juro que va a pagarlo muy caro.

—¡Y tanto! —estalló Flo, encendida.

—Pero, ¿qué ha ocurrido? —quiso saber Holley, siendo la única que mantenía ligeramente la calma. Los curiosos ya se estaban agolpando en la puerta del establecimiento, pero Mater los espantó rápido y cerró la puerta sin miramientos tras él.

—Alguien ha robado un bidón de gasolina y dos latas de aceite extra de mi bodega —expuso.

—Y de mi taller se llevaron mi soplete favorito y varias mechas.

—¡No podemos estar así! —insistió Flo sin poder contenerse—. ¿Quién habrá sido?

—Tranquilidad, señores Chevy-Buick —procuró mediar Holley, meditando sobre aquel caso—. Encontraremos a quien haya sido. Ténganlo por seguro.

—Pero, ¿y nuestra cita? —preguntó Mater.

A lo que Holley sonrió enigmática y replicó:

—Como en los viejos tiempos, ¿verdad?

Mater, tras pensarlo, sonrió a su vez y asintió.

—De acuerdo. ¿Por dónde empezamos?

Holley arrugó el ceño mientras pensaba y miraba a su alrededor.

—Vamos primero a la bodega.

En efecto, aquello parecía un campo de batalla; pero los ladrones no habían tenido cuidado de borrar sus huellas y habían dejado una marca de neumático impregnada de aceite en el suelo. Holley se inclinó para analizarla.

—Es una rueda pequeña —decretó—. No diría que fuesen de competición, pero de un corte de imitación… Sí, sin duda han buscado asemejarlas a las Lightyear —anunció, triunfante, mientras señalaba una forma de «L» marcada junto a uno de los surcos.

—Y, ¿eso qué quiere decir?

Holley se giró hacia su audiencia.

—Yo diría que son de alguien aficionado a las carreras, aunque no de gran tamaño.

—Uf —resopló Mater—. Lo difícil en este pueblo es que no haya aficionados a las carreras. ¿Cómo lo encontraremos?

La espía se encogió de ruedas.

—Sigamos buscando.

La siguiente parada fue el taller de Ramón. Allí, las pruebas parecían mucho menos evidentes. Al menos, hasta que Holley se aproximó a la puerta del almacén y allí pudo oler un rastro muy claro que, sin quererlo, le puso las bujías de punta. Pólvora.

—Chicos, venid aquí —les indicó a los otros tres, que obedecieron enseguida—. ¿Lo oléis?

—¡Diantre, sí! —exclamó Flo, asustada—. Ramón, ¿crees que…?

—Ay, no sé —replicó su marido, igual de aterrado—. Espero que no.

—¿Habría algún motivo para que les pusieran un explosivo aquí, en caso de que fuera así? —quiso saber Holley, en voz baja y aguzando el oído.

No escuchaba ningún pitido, por lo que no parecía que se tratara de una bomba; pero, a saber…

—No. Somos coches honrados —repuso Flo en un hilo de voz—. Holley: ayúdanos, por favor.

—Lo haré —prometió la otra—. Me sigue sin encajar el robo del soplete y la mecha del todo, pero averiguaré lo que esté en mi mano. Ustedes, vuelvan a la gasolinera y conserven la calma. Mater, ¿vienes?

—Soy tu sombra —declaró él, mientras ambos se internaban en el almacén.

Despacio y atentos a cualquier mínimo ruido sospechoso, la pareja rodó por entre los cachivaches y materiales del pintor del pueblo, sin encontrar nada. Al menos, hasta que llegaron a la puerta trasera.

«Bingo», pensó Holley.

Estaba entreabierta, apenas una rendija imperceptible para un ojo profano; y, al olfatear, detectó el mismo aroma explosivo. Por si fuese poco, los ladrones habían sido tan descuidados como para dejar un ligerísimo rastro de polvo oscuro en su huida. En silencio, Holley indicó a Mater que la siguiera y este obedeció. Con cuidado de espías profesionales, ambos avanzaron, siguiendo el rastro tras los edificios hasta casi llegar a la salida del pueblo que daba a las montañas. Y, allí… Holley frenó en seco.

Dos voces agudas discutían en susurros, al tiempo que se oía trastear a sus portadores –o portadoras– con algo que sonaba a cartón. Despacio, la espía británica se asomó; sin saber si reír o llorar cuando vio la escena que se le presentaba en los morros.

—¡Eh! —increpó a las dos figuritas de rojo—. ¡Sí, vosotras! ¡Quietas donde estáis!

A lo que Mia y Tia, pilladas in fraganti, soltaron todos los materiales y retrocedieron, asustadas, hasta dar contra la pared. De hecho, Mater se aseguró de cubrir la posible ruta de escape hacia la carretera principal del pueblo con cara de pocos amigos.

—Yo, nosotras… —empezó Mia.

—Por favor, no nos hagáis nada… —pidió Tia, antes de mirar de reojo el bidón de gasolina robado, que descansaba junto a un muro cercano—. Tenemos… material… y…

—Y, ¿qué? —la interrumpió Holley enarcando un parabrisas—. ¿No dudaréis en usarlo? —sin temor alguno, la mujer se aproximó a las dos muchachas y observó con aire crítico todo lo que tenían por allí esparcido—. ¿Se puede saber qué andáis haciendo con todos estos… —contuvo una risita— fuegos artificiales?

Mia y Tia se encogieron, algo avergonzadas.

—Era una sorpresa…

—Sí…

—¿Y teníais que robar a Flo y a Ramón para eso? —se molestó Mater, encarándolas—. ¡Les habéis dado un susto de muerte!

—Se nos estropearon las mechas en el camino —explicó Tia—. Y no teníamos con qué encenderlas. Nosotras…

—Queríamos…

—Hacer un enorme corazón de fuegos…

—Para…

—¡Rayo! —saltaron las dos, emocionadas.

Mater, sin quererlo, se echó a reír.

—Tuercas, ¿en serio? —pero ante la mirada severa de Holley, dejó de chancearse y adoptó un tono más severo—. Quiero decir, que…

—Sí, lo sabemos. Rayo ya tiene a alguien —rezongó Tia por lo bajo… ¿o era Mia?

—Y sabemos que se ha casado este verano pasado —sollozó la otra gemela, sin poder evitarlo.

—Pero queríamos…

—Demostrarle cuánto lo queremos.

Holley suspiró, sin poder evitar que una tierna sonrisa asomara a sus labios.

—Chicas, escuchad —les pidió—. Estoy segura de que Rayo sabe lo mucho que lo apreciáis. Pero robar es un delito muy feo.

—Lo sabemos —respondieron las chicas al unísono.

—Así que, vais a devolver las cosas a Ramón y a Flo, les pediréis perdón y yo me ocupo del resto. ¿De acuerdo?

***

 Rayo no podía sentirse más feliz ni más relajado. El spa y un paseo por los alrededores, para finalizar cenando y amando a Sally junto a La Rueda –cerrado, por aquella noche especial, para ellos dos solos–, a la caída del sol, era más de lo que jamás hubiese pedido. Casi era como retornar a su luna de miel en Maldivas; pero con el morbo de estar cerca de casa y sentirse como dos adolescentes en riesgo de ser cazados por los mayores.

Los dos se encontraban bajo el tejadillo junto a los surtidores, con los costados muy juntos y rozando sus guardabarros de vez en cuando con cariño. Todo era silencio; pero, en un momento dado, algo relumbró en el horizonte, sobre el pueblo y los obligó a alzar la cabeza, curiosos. Contra el cielo oscuro se recortaban fuegos artificiales de color rosa, formando un corazón. Rayo sonrió y besó suavemente a Sally.

—Feliz San Valentín, señora McQueen —ronroneó.

—Feliz San Valentín, Pegatinas —repuso ella—. Por este y muchos más.

Mientras tanto, en la gasolinera de Flo y tras haber resuelto todo, Mater y Holley terminaban su día junto a los surtidores, mirando al cielo. Había sido todo perfecto y, de hecho, cuando se fueron a despedir ella besó con mimo la comisura de su capó.

—¿Volveré a verte? —quiso saber Mater, algo encogido por las dudas.

A lo que ella contestó:

—Soy una espía, siempre estoy de acá para allá. Así que… —fingió meditar—. Es muy probable.

Mater sonrió.

—Siempre que me necesites, aquí estaré.

—Lo sé —sonrió ella—. Hasta pronto, Mater.

Él le lanzó un beso mientras despegaba y sintiéndose por un día el coche más feliz de la Tierra.

—Hasta pronto, Holley.

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