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#FanficThursday: Cars – “Una cita con el pasado” (Capítulo 23)

Capítulo 23. Epílogo

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Sally y McQueen, Cars

El teléfono resonó casi con estridencia en aquella pacífica sala teñida por la penumbra del crepúsculo británico, tan gris como acostumbra por esa región del mundo. El único coche presente en la misma –que, mientras aguardaba la llamada, había estado mirando por la ventana–, se aproximó y descolgó con un gesto de su rueda izquierda no carente de irritación.

—¿Diga? —murmuró a través del distorsionador de voz.

Aunque fuese aquella conversación y por las razones que eran, no podía arriesgarse.

¿El Ranger Verde? —quiso saber una voz cansada al otro lado del auricular.

El receptor de la llamada se lo confirmó.

—Soy yo. ¿Puedes explicarme qué ha sucedido?

Una ligera duda de su interlocutor y, aunque el Ranger Verde ya imaginaba la respuesta, quedó pacientemente a la espera.

—Sally Carrera es lo que ha sucedido —la voz, a pesar de la metalización que imprimía la vía telefónica, no dejaba lugar a dudas: la ira de su interlocutor rezumaba en cada letra a medida que hablaba—. Esa maldita abogaducha de tres al cuarto ha metido las narices y…

—Creía que tenías a tu antigua becaria controlada, Mustang —lo interrumpió su contacto británico con evidente molestia—. Confié en ti para un propósito muy sencillo. O eso, o confié demasiado en tu reputación.

—Si ella no se hubiese metido en medio, nada de esto hubiese pasado —protestó Alex al otro lado, encendido—. No es culpa mía.

—En eso te equivocas, querido amigo —lo rechazó el Ranger Verde—. Esto “no hubiese sucedido” —repitió, incisivo— si no hubieses tenido tantas ganas de vengarte de Nayara de la Vega y no hubieses ido por tu cuenta. Francamente: te creía más frío, Mustang.

—Envenenaron a Aston contra mí… —rebufó de nuevo Alex, aunque ahora con cierta desesperación—. Y ese entrometido de McQueen…

—McQueen puedes dejármelo a mí —cortó la voz distorsionada. Al otro lado de la comunicación, Mustang se irguió, interesado, para volver a hundirse de inmediato en cuanto escuchó las siguientes palabras de su interlocutor—. Pero tú… En fin, creí que serías capaz de manejarlo con otras ruedas. Es una lástima…

Alex se enervó.

—Oye, no. Espera —lo increpó—. Teníamos un acuerdo…

—El acuerdo era si ganabas los dos casos, Mustang, y me quitabas a ese viejo chocho de Tex de en medio. Pero, visto que no eres capaz ni de hacer eso, quién sabe… Quizá unos meses apartado de la circulación no te vengan mal para reflexionar sobre lo que has hecho.

Acto seguido, e ignorando los gritos desesperados que surgían del otro lado del auricular, el Ranger Verde, sir Miles Axlerod, colgó sin remordimientos y se giró hacia su mayordomo, que aguardaba paciente unos metros más allá.

—¿Señor?

—Prepáralo todo, Winters —le indicó el magnate del petróleo—. Tenemos una cita en Berlín a la que no podemos hacer esperar.

«Sea como sea, me haré con el negocio del petróleo», pensó, irritado, al tiempo que una molesta sombra roja cruzaba por delante de sus ojos en la televisión más cercana. «Y si se te ocurre volver a interponerte, McQueen, sabrás lo que les sucede a los que se meten donde no les llaman».

2 años después…

—Vamos… Yo quiero quedarme aquí contigo —protestó Rayo, por enésima vez.

Sally, como las ocasiones anteriores, enarcó una ceja burlona.

—Ya, claro… —se mofó sin maldad—. ¿A mí vas a intentar colarme esa mentira, después de tantos años? Vamos, los dos sabemos que lo que más amas en el mundo es correr.

Rayo torció el morro.

—Eso no es del todo cierto…

Sally rio por lo bajo.

—Sí, bueno. No quiero competir con eso ahora mismo—bromeó—. Sé que, si no vas a esto, jamás te lo perdonarás. Y sé que lo harás bien. Además —mostró media mueca mordaz—. ¿No has pensado que yo también puedo querer un rato de distracción? —él abrió los ojos con sorpresa, pero ella se rio con ganas al verlo—. Por el Auto, deberías verte la cara ahora mismo…

—No tiene gracia —rezongó su novio. A lo que ella, para enterrar el hacha de guerra, respondió con un beso en la comisura de su capó. Lo que no impidió que él siguiera insistiendo—. Apenas llevo cuarenta y ocho horas en casa y me tengo que volver a ir…

—Venga, lo pasaréis bien —lo animó Sally, ya empezando a perder un poco la paciencia, como si Rayo tuviese veinte años menos—; y, después, tú y yo tendremos todo el verano por delante para hacer lo que se nos antoje. Y si es con un trofeo más en la estantería, pues mejor.

El corredor buscó por todos los medios una nueva excusa, pero terminó claudicando con media sonrisa.

—Guárdese esos trucos para otro, letrada Carrera —ella rio de nuevo y él la coreó, antes de volver a ponerse serio—. ¿Estarás bien, entonces?

Su chica puso los ojos en blanco.

—Que sí, pesado —lo empujó, para que rodase hacia la puerta de embarque; antes de seguirlo y anunciar—. Ya he hablado con Naya. Está todo planeado.

—¿Qué tal está? —quiso saber Rayo.

Hacía mucho tiempo que no veía a la mejor amiga de Sally; pero sabía que, a pesar de todo, jamás se le borraría de la memoria ese momento en que la vio en el hospital, intubada y luchando por su vida.

—Bien, ya mucho mejor; aunque sabes que le costó volver a rodar con normalidad casi un año entero —Rayo asintió, reprimiendo un escalofrío—. Curiosamente, al final ha sido David su mayor soporte… Aunque Naya es un hueso duro de roer. No aceptará salir con él con tanta facilidad—apuntó, con cierta diversión morbosa.

—Naya es un buen coche —admitió Rayo—. Tiene buen corazón y asumió de buen grado lo que hiciste por Aston.

—No estaba segura de eso, la verdad —confesó Sally—. Trabajar en el mismo equipo… Pero David puede ser muy tozudo, si se lo propone —sonrió, esperanzada—. Algo me dice que todo saldrá bien, de aquí a un tiempo.

En ese instante, los pasajeros del vuelo a Towkyo fueron llamados a embarcar y Rayo juntó su guardabarros al de Sally.

—Eres la mejor —murmuró—. Te echaré de menos.

—Y yo a ti, Pegatinas. A ambas cosas —sonrió la joven al separarse de él—. Hasta pronto —él le devolvió la despedida y se encaminó hacia la pista—. ¡Y buena suerte!

A lo que Rayo se volvió y gritó:

—¡Te quiero!

Y ella, sin dudarlo, replicó en el mismo tono:

—¡Y yo más!

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