Akhen y Ruth · rpg · spin-off

#SpinOffSunday: Akhen y Ruth – Una historia agridulce (Capítulo 7)

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Capítulo 7 – el hijo del embajador

Renée O’Connor

Akhen abrió los ojos muy temprano esa mañana, tanto que ni siquiera había amanecido cuando se levantó de la cama para abrir las ventanas y dejar que el aire de aquella hora penetrase en su alcoba. Se estiró y bostezó; llevaba días de mal humor y los pensamientos negativos no hacían más que acosarlo cuando menos se lo esperaba. De ahí que se quedase completamente quieto y reflexionando hasta que el sol lo golpeó en pleno rostro. Se volvió, molesto, y se metió en el baño para asearse. Salió con el cabello goteando y del mismo humor fúnebre con el que había entrado.

El pantalón de pijama azul marino era la única prenda que vestía, de manera que cuando se observó en el espejo de cuerpo entero para ver si llevaba el cabello a su gusto. El pentáculo negro destacaba sobre su piel clara. A pesar de que el lugar elegido, el pectoral izquierdo, había resultado una apuesta arriesgada, se había acostumbrado a aquel símbolo que lo catalogaba como mago adulto. Lo observó un segundo y se dijo que ya estaba bien de lamentarse por cómo se había sentido en Ávalon, junto a los Derfain. Lo habían tratado como si no tuviera voz ni voto, como si su opinión fuera menos que irrelevante. Entendía lo importante que sería casarse con Ruth y en qué buen lugar quedarían los Marquath, pero no podía evitar sentirse herido. A fin de cuentas, lo habían tratado justo como Ruth odiaba ser tratada. Esperaba que ella…

Negó con la cabeza, ¿qué debería de haberle dicho, que no era ganado? Lo único que había hecho al salir había sido quedarse callado y reflexionar; solo había intercambiado miradas con ella antes de que el señor Derfain dejara claro que era ella quien elegía y que él solo podía aspirar a ser un pelele.

Apretó la mandíbula, ¿Ruth también lo veía así? ¿Era solo una vía para escapar de Ávalon? En defensa de la muchacha podía decirse que él no había pensado en ella como algo más que un mero instrumento hasta que la había conocido en persona, pero dolía. Porque se habían besado, porque parecía estar a punto de haber algo bueno entre ellos.

«Suficiente», se censuró, y decidió bajar a desayunar; quería hablar con su padre de algunos asuntos y, de paso, que lo volviera a amonestar por no haber conseguido el compromiso la noche de la presentación.

«Al cuerno el desayuno». Bajó las escaleras a toda velocidad; si su padre quería echarle el sermón de buena mañana, cuanto antes mejor. Esquivando sirvientes y obviando sus comentarios abrió la puerta del despacho de su progenitor sin preocuparse por su atuendo. No solía recibir a las visitas en aquella estancia revestida de madera, así que poco importaba que llevara el torso desnudo. O eso pensaba él; porque en cuanto traspuso el umbral se sintió cohibido, pues dos mujeres acompañaban al cabeza de familia: una castaña, que llegaría a ser la dueña de todo Ávalon y una rubia que quizás fuese su prometida próximamente.

Abrió los ojos como platos y casi pudo oír los engranajes del cerebro de su padre poniéndose a trabajar. Lo más sensato sería haberse disculpado y haberse marchado; pero, teniendo en cuenta que los Derfain pensaban en él como una mercancía, ¿por qué no dejar que la examinasen antes de llevársela?

—Ruth, Morgana, qué agradable sorpresa —cerró la puerta a su espalda y se metió las manos en los bolsillos del pantalón de seda, mostrando el estómago tonificado y los bíceps, relativamente marcados por el ejercicio físico.

* * *

«Señor Marquath, quisiera disculparme…» No. «Señor Marquath, le ofrezco mis más sinceras… Ufff».

Ruth gruñó y enterró la cara entre las manos con disimulo, mientras caminaba junto a su hermana por las calles de Tribec. Rodeada de edificios amarillos, marrones y verde lima, sobre cuyas fachadas iban y venían diferentes especies de primates –los animales totémicos de Mercurio– iba dándole vueltas y más vueltas al motivo de su presencia en aquella ciudad, sin llegar a una conclusión satisfactoria.

Después de la escena con los Marquath en la que aceptó “comprometerse” con Akhen sin boda a corto plazo y vista la reacción de aquel diplomático con ínfulas y su esposa “me-han-metido-algo-alargado-por-el…”, la señora de Ávalon había tratado de hacer entrar en razón a todos. Gregor, por suerte para Ruth, no había tenido ni voz ni voto en aquella reunión familiar; pero, igualmente, se había llegado a la conclusión de que, a pesar de que los Marquath eran sus vasallos, debían mantener una relación cordial y adecuada con ellos ya que era una de las familias más influyentes de la isla.

La joven princesa rubia sacudió la cabeza con un gesto de burla retorciendo su rostro en cuanto recordó toda aquella sarta de idioteces. Morgana giró ligeramente la cabeza en su dirección, pero no dijo nada. Sabía que aquel era un mal trago para Ruth; pero, como esta también sabía perfectamente, era necesario.

El hogar del embajador se encontraba cerca del palacio de gobierno de Tribec, a apenas dos calles de distancia; pero, a pesar de ser más pequeño, era infinitamente más ostentoso. Ruth tragó saliva. Su opinión sobre aquella familia se reforzaba a cada paso que daba. De repente, pensé en el único que no había opinado al respecto: Akhen. La joven había dado por hecho que quería estar con ella, que sus planes coincidían, pero… No había sabido nada de él desde que abandonó Ávalon. Y no sabía si eso era bueno… u horriblemente malo.

Al entrar, un criado tan estirado como sus jefes las invitó a pasar al calor del hogar. En el exterior, el otoño ya empezaba a refrescar, de ahí que Morgana y Ruth vistieran ya capas sin mangas. El criado las tomó en sus manos antes de conducirlas al despacho donde el padre de Akhen Marquath las esperaba.

La bienvenida fue cálida… Demasiado para el gusto de Ruth. Daba la impresión de que las sonrisas que le dirigía aquel hombre rebosaban… Falsedad. La joven suspiró. Tenía que conseguir su “perdón” o lo que fuera para que todo saliese bien. Pero, ¿a qué precio?

—Señor Marquath —empezó, en cuanto se separaron tras el saludo de rigor, empleando su voz más afectada—, quiero que sepa que… Sentimos mucho, tanto mi familia como yo misma, lo que pudiese haber sucedido el otro día. Personalmente siento haber sido tan sincera respecto a… Mis intenciones…

El discurso fue interrumpido en ese instante por alguien que trasponía la puerta. Y el corazón de Ruth Derfain se puso a mil por hora a la vez que no podía evitar enarcar una ceja entre divertida… Y cargada de deseo. Porque, además, él no parecía ni mínimamente incómodo por estar así… ¿vestido? No, realmente no era esa la palabra. Sin embargo, cuando él la saludó la bruja rubia no pudo contenerse y le soltó, a la vez que le dirigía una mirada de lo más elocuente:

—Hola, Akhen. ¿No te parece un poco pronto para que sepa donde tienes tatuado tu pentáculo?

Cierto que el de ella estaba bien a la vista, justo en el centro del triángulo de sus hombros y su escote. Pero esta vez, la partida la empezaba Ruth.

* * *

Akhen continuaba apoyado en la pared de modo indolente. Si las miradas realmente tuvieran el poder de matar, el Hijo de Mercurio se habría desplomado al menos en una decena de ocasiones sobre el rico suelo del estudio de su padre, que no paraba de observarlo como si acabase de cometer un asesinato y destrozar la rica alfombra que descansaba a sus pies.

Las miradas también podrían desnudar, o al menos así lo parecían indicar las que no paraba de lanzarle su futura prometida. Se lo estaba comiendo con los ojos y él estaba encantado de la vida, porque por muy molesto que estuviera con aquella familia no podía negar que la hija pequeña le hacía pensar en piel al aire. Más cuando se había vestido de un modo tan exquisito para ir a su casa. Cruzó las piernas, aunque aquel pijama era una perfecta pantalla para ocultar según qué movimientos y clavó una mirada en ella con una sonrisa en los labios.

—¿Quieres ver el resto? —Si a su padre no le había dado ya un ataque al corazón, –posiblemente nunca sufriera problemas de salud relacionados con aquel órgano, ¿tendría de verdad uno en el pecho? –, poco debía faltar; porque el joven hijo de Mercurio acababa de hacer una observación tan descarada que era imposible que quedara sin castigo. Le daba igual, había aprendido mucho tiempo atrás a afrontar que su forma de ser no era apropiada a ojos de su padre y no pensaba cambiar para tenerlo contento. Ruth le había dicho cuando se conocieron que lo que más deseaba era que la quisieran tal y como era y Akhen solo quería lo mismo. Había transigido con muchas cosas a lo largo de su vida, e incluso en conocer a aquella despampanante rubia; pero no pensaba permitir que nadie lo manipulase de aquel modo tan descarado. De ahí el desparpajo que estaba desplegando sin importarle nada más. Los ojos del padre de Akhen, prácticamente del mismo color que los suyos, estaban echando chispas y estaba seguro que estaría luchando por deshacer sus defensas mentales y hacerlo entrar en razón. Pronunció su nombre entre dientes, a punto de entrar en combustión espontánea, y el aludido se volvió hacia él con tranquilidad—. ¿Sí, padre?

La mirada angelical que le dedicó a su progenitor pareció genuinamente inocente.

—Ponte algo encima —exigió el embajador y él se miró, aparentando confusión.

—Vaya, ¿os molesta? —preguntó a las chicas, aunque su mirada parecía clavada a fuego en la de Ruth.

«Y bien, ¿qué vamos hacer ahora tú y yo?», le transmitió a través del pensamiento y tuvo el descaro de guiñarle un ojo; tal vez quisiera probar el producto antes de llevárselo a casa.

* * *

Ruth no podía creerlo, pero procuró que no se le notase. En cambio, aprovechando el shock en el que parecía sumido el embajador Marquath, aprovechó a parapetarse tras Morgana, quedando fuera del campo de visión de Akhen, e intercambiar media sonrisa cómplice con ella.

Sería nueva en esto, pero no era tonta y, por suerte, su hermana apoyaba que Ruth pudiese hacer todo lo que ella no podía. Aunque, de cara a la galería, eso nadie lo sabía. De ahí que, después de la reunión con su madre, ambas hermanas se hubiesen propuesto que Akhen y Ruth volviesen a verse… A solas… En Tribec. Gracias a horas de trasnoche de estudio en los últimos días, ambas habían aprovechado a mejorar sus barreras mentales y a focalizar sus pensamientos, de tal manera que lord Marquath no pudiese sospechar nada.

Morgana asintió ligeramente, aprovechando que el susodicho estaba de espaldas a ambas, encarando a su hijo. Momento en el que Ruth carraspeó ligeramente, convirtió con cierto esfuerzo su rostro en una máscara de frialdad y dijo:

—Bueno, señor Marquath. Está claro que, visto lo visto, mis disculpas en este caso están de más. Que tenga un buen día.

Con falsa contrariedad, la bruja se alisó la falda y avanzó un par de pasos hacia la puerta, junto a la que Akhen se encontraba. Pero, al llegar junto a ella y tirar del picaporte, le dirigió una intensa mirada con un solo mensaje detrás de ella:

«En cinco minutos. Palacio de Gobierno. Tenemos que hablar.»

Y acto seguido salió del despacho, dejando a Morgana en la tarea de retener a Marquath senior. El junior, por otra parte, todavía tenía que probar que lo único que quería no era llevarse a otra conquista a su cama. Aunque Ruth lo desease con toda el alma.


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