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#FanficThursday: Cars – “Una cita con el pasado” (Capítulo 16)

Capítulo 16. Un misterio por resolver

Miles Axlerod | Disney Wiki | Fandom
Miles Axelrod y McQueen, Cars 2

El día de los análisis amaneció despejado, nada acorde al humor de Rayo; el cual se encontraba como a punto de estallar a causa de los nervios. Por suerte, la rutina del hospital fue muy tranquila y Sally estuvo en todo momento a su lado. Además, conocieron al perito elegido por Naya, un Hyundai Santa Fe de color café y gafas muy agradable llamado Morgan. Por lo visto, pertenecía al nuevo bufete en el que trabajaba Naya y ya eran varios los casos en los que la había ayudado a salir del atolladero. Dado que los restos de jetpack tardaban como diez o veinte cambios de depósito en desaparecer, sería fácil averiguar quién mentía, al final. Y deberían ir solo con la reserva llena. Sin embargo, Rayo sentía que no estaría tranquilo hasta que se confirmase que todo había sido un error y que él no tenía nada de qué preocuparse.

El tiempo pasó volado hasta la siguiente sesión, entre estrategias y ratos de asueto y tensa espera; pero lo que más sorprendió al grupo al llegar a la sala aquel día fue no ver a Álex Mustang… sino a otro coche más joven ocupando su sitio. Un Aston Martin de color plata oscuro al que Naya y Sally parecieron reconocer al instante.

—¡David! —se sorprendió la primera, haciendo que el aludido se diera la vuelta—. ¿Qué haces tú aquí?

—Eh… Ah… Hola, Naya —el joven pareció carraspear con incomodidad, al tiempo que su mirada nerviosa recorría a los coches que flanqueaban su espalda—. Pues, verás… Álex ha… te… tenido una urgencia y me ha pedido que… que… que me haga cargo yo hoy de esta sesión.

Naya torció el morro, pero no rechazó aquella afirmación de plano. David Aston, como ya comentara a Sally, era el nuevo ayudante de Mustang… El mismo puesto que había ocupado la joven Carrera antes de que todo se fuese al garete. Esta última, por su parte, se aproximó y saludó con educación:

—David Aston. Cuanto tiempo sin vernos.

El otro mostró media sonrisa tímida.

—Sally… Ho… Hola. Sí, es cierto.

—Veo que te ha ido bien… —apuntó ella sin maldad.

Él se removió con cierta incomodidad.

—Sí, bueno… Dejaste el sitio vacante y… —se encogió de ruedas—. Así es la vida, ¿no?

Si Sally se enfadó por aquel comentario, no lo demostró en ningún momento. Al contrario, mostró una mueca comprensiva y agregó:

—Por supuesto. Me alegro de verte, David…

Acto seguido, coincidiendo con la aparición de Brenda Hudson sobre el estrado, los asistentes al juicio se retiraron a sus bancos y tanto Naya como Tex se acomodaron en sus posiciones. La jueza revisó entonces sus papeles con cuidado, ordenándolos entre sus ruedas.

«Crucemos las ruedas», pensó Rayo, ansioso. «Ojalá esto sea el final de esta pesadilla».

—Letrados, asistentes, acusado —pronunció Hudson—. Para empezar esta nueva sesión del juicio, vamos a observar los resultados de los análisis realizados a los corredores implicados en este caso… —se hizo un tenso silencio mientras Brenda apartaba el primer informe y lo enfocaba con los parabrisas entrecerrados—. El análisis practicado al señor McQueen, vigente campeón de la Copa Pistón y cuyo último informe no fue 100% fiable, ha resultado ser —Rayo contuvo la respiración hasta casi resultar doloroso—. Negativo —el corredor resopló, aliviado, notando cómo la tensión de los últimos días acumulada en su chasis se diluía casi como por arte de magia. Sin quererlo, sonrió y Sally le apoyó una rueda confiada en el costado, devolviéndole una mueca idéntica—. Por tanto, decreto que se le restituyan tanto el trofeo como el premio en metálico correspondientes a su última victoria.

Rayo quería saltar, gritar, aullar de alegría.

«¡Sí!», pensó para sus adentros. «Se está haciendo justicia».

Sin embargo, para darle el toque amargo al anuncio, Brenda Hudson leyó a continuación los resultados de los demás corredores y estos resultaron ser positivos. Si a Rayo le salían las cuentas, era posible que los coches mencionados hubiesen corrido dopados en la final de la Copa. Dandy, Marlin, Kevin… Todos aquellos nombres le sonaban de haberse cruzado con ellos en boxes, de haber bromeado con ellos en la pista… Pero, ahora, volvían a estar en la casilla de salida: ¿cómo era posible que Rayo los hubiese ganado a todos, estando limpio? McQueen, por desgracia, no tenía respuesta para ello. Por suerte, el juicio pareció aparcar ese asunto de los corredores para centrarse en algo, aparentemente, mucho más grande. Las fuentes del problema.

—Letrados, pueden llamar a sus testigos.

Empezó David Aston con los suyos; y Sally se sorprendió, o quizá no tanto, de ver a cuatro magnates, casualmente tejanos, del petróleo pasar uno detrás del otro para lanzar pestes contra Tex de una forma burda y casi grotesca, presentando grabaciones de conversaciones con Tex que, para un oído experto, eran claras manipulaciones. Pero el trabajo había intentado ser lo más creíble posible. Sally bufó e intercambió una mirada significativa con Naya. ¿Qué intentaba Mustang, en realidad? ¿Y por qué de repente mandaba a su “títere” a hacer el trabajo sucio? Algo no tenía sentido, pero las dos muchachas eran incapaces de discernir el qué.

La abogada mexicana, cuando se le concedió el turno ya pasada la hora del almuerzo, inspiró hondo y llamó a sus testigos en orden: Martin Brakepad, de Australia; Ander Felger, de Noruega. Pierre Caoutchouc, de Canadá; y Ángel Rodes, un catalán afincado en México y muy amigo de Tex. Todos ellos, o bien en persona como el caso de Caoutchouc y Rodes o bien por videoconferencia, como Brakepad o Felger, argumentaron a favor del anciano magnate.

Pero aún quedaba un testigo que Naya se reservaba para el final. De reojo, observó la reacción de David Aston; el cual parecía centrado en sus papeles como si la cosa no fuese con él, con una extraña profesionalidad que casi ponía los pelos de punta y te hacía olvidar sus formas tartamudas y tímidas al trato. De la Vega inspiró hondo.

«Ahora o nunca».

—Jueza Hudson, llamo por videoconferencia a mi último testigo: Sir Miles Axelrod.

En ese instante, David alzó el morro, como con súbita curiosidad. Sally entrecerró los parabrisas. Había algo en su actitud… No, tenían que ser imaginaciones suyas…

—Buenos días… Quiero decir, buenas noches, señorita De La Vega —saludó el magnate británico, sin dar síntomas de sueño aunque llevaba ya un par de horas despierto, sabiendo de antemano la hora a la que lo avisarían para declarar.

Si en Los Ángeles ya eran cerca de las diez de la noche, en Londres eran las seis de la mañana. Todos estaban agotados tras un día entero de declaraciones eternas, pero a Naya aún le quedaban fuerzas para aquel asalto y para lo que hiciese falta.

—Buenas noches, Sir Axelrod —saludó Naya con respeto, mientras se volvía un instante hacia la jueza Hudson—. ¿Jura usted decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad ante este tribunal, con la ayuda del Todopoderoso?

—Por supuesto —repuso el Range Rover, solemne—. Cuando quiera, abogada.

—¿Cuánto hace que conoce a Tex Cadillac?

Axelrod pareció meditar.

—Pues, no sabría decir con exactitud, pero calcularía que más de treinta años. Yo apenas era un muchacho cuando él ya había amasado gran parte de su fortuna; y reconozco que siempre ha resultado ser un modelo a seguir.

—¿Qué quiere decir con eso, Sir Axelrod? —preguntó Naya, conteniendo su nerviosismo a duras penas.

El rostro del millonario se puso aún más serio.

—Tex siempre ha sido buen amigo de mi familia y me instruyó en los fundamentos de esta industria —explicó—. Hace poco llegamos a un acuerdo para explotar conjuntamente y de manera lícita un yacimiento cerca de Omán. Y créame cuando digo que se hacen exámenes periódicos de mi combustible y nunca, jamás, he tenido indicios de adulteración si no era de forma experimental, controlada y bajo estrictas medidas de vigilancia —aseguró antes de apostillar—. El dopaje es algo muy serio y no podemos permitirnos el lujo de que siga siendo una lacra para la sociedad y nuestras carreras.

—¿Entonces, puede probar que Tex Cadillac es un coche íntegro?

—Sin ninguna duda. Como podrá comprobar, ayer envié documentos que prueban que tanto su inversión en mi empresa como los análisis de mis tanques son transparentes… Si usted me entiende.

—Por supuesto —asintió Naya—. Muchas gracias, Sir Axelrod.

—A usted, señorita De La Vega.

La comunicación se cortó y la abogada de la defensa, conteniendo la emoción, se dispuso a proyectar el documento indicado. En un momento dado observó de reojo a David; parecía sereno, aunque lo desmentía el ligero temblor de su rueda izquierda delantera y que se humedeciera los labios cada dos por tres. Naya y Sally se miraron con triunfalismo disimulado. Todos los magnates habían superado correctamente su ronda de preguntas. La cuestión era si Axelrod, definitivamente, rompía el equilibrio.

Brenda Hudson agradeció a Naya su intervención con un simple gesto y, visto que David no tenía nada más que decir y que el ambiente en la sala ya era casi digno de una sala fúnebre por el silencio que reinaba, optó por despedir la sesión hasta la semana siguiente. Si a Naya o a Sally las escamó aquella demora, no lo expresaron en voz alta. Sin embargo, lo sorprendente fue el momento en que un David algo cabizbajo se aproximó a ellas, con intención de dirigirles la palabra.

—Naya… —comenzó él, con una timidez que no había mostrado a la hora de interrogar a sus testigos en el juicio pero que, curiosamente, siempre sacaba a relucir frente a la joven Audi—. Yo, eh… —miró de reojo a Sally y Rayo que lo flanqueaban—. Nece… eh… Necesitaría hablar contigo un momento, si puede ser.

—Claro —aceptó Naya, tras un segundo de indecisión—. ¿Qué necesitas?

Él mostró entonces cierta incomodidad, mirando a ambos lados y resoplando como una locomotora.

—No… Aquí —especificó—. En otro lugar… Más… Bueno… Ya me entiendes.

Cuando comprendió, el capó de Naya se abrió en una “O” de genuina sorpresa.

—Oh… —ahora la que se sentía ligeramente extraña era ella. Rápido, intercambió una rápida mirada con Sally que esta captó al vuelo—. De acuerdo —invitó entonces Naya a Aston, siguiendo despacio a la otra pareja—. Vamos fuera.

—Gracias —musitó él, aunque no volvió a decir nada en todo el trayecto hasta el exterior. Al menos, hasta que llegaron a la verja—. Naya, yo… B… Bueno… Sé que esto te parecerá una locura pero… —tragó aceite—. ¿Podríamos salir mañana a tomar algo por la noche?

La chica latina abrió mucho los parabrisas, aturdida por aquella súbita proposición.

—Eh, yo… —balbuceó—. Vaya, David. Me halagas… Pero…

—Por favor —pidió él en voz casi inaudible—. Tengo que hablarte de algo. De verdad.

Naya tragó aceite y lo miró, dubitativa. Sally y Rayo estaban unos metros más allá, dejándoles espacio para hablar pero sin perderlos de vista. Sally le envió un gesto interrogante, pero su amiga se limitó a asentir suavemente con la cabeza antes de girarse de nuevo hacia David.

—Bueno, está bien —aceptó—. ¿Dónde quieres que nos veamos?

Aston mostró algo que se asemejaba a media sonrisa complacida.

—¿Te parece en Hollywood Boulevard sobre las ocho de la tarde? Ya sabes —se encogió de ruedas con inocencia—. Por los viejos tiempos…

Naya no pudo evitar mostrar media sonrisa nostálgica. Aquellos años… Quedaban tan lejos. Y Sally aún formaba parte de ese pasado. Suspiró, comida por la curiosidad de saber qué tendría que decirle David a aquellas alturas.

—De acuerdo.

—Genial —sonrió él, con más ganas—. Nos vemos allí, entonces.

—Hasta mañana, David.

—Adiós, Naya.

El Aston Martin se giró para enfilar la calle en dirección contraria a la joven, que se dirigió hacia sus amigos con el depósito aleteando de manera extraña.

—Bueno, ¿qué quería?

Naya bajó de golpe de la nube y procuró centrarse.

—Pues… No me lo ha dicho —reconoció, sorprendida—. Me ha pedido quedar mañana en Hollywood Boulevard para contarme algo importante.

—¿Y tú le has dicho que sí? —exclamó Sally sin poder evitarlo, incrédula; y ante su asentimiento, agregó en voz aún más alta—. Pero… ¡Naya!

—Sí, lo sé, baja la voz —le pidió ella, mirando si a su alrededor quedaba algún curioso o periodista. Sorprendentemente, se habían dispersado como la niebla tras la lluvia, lo que dio a Naya la tranquilidad para decir a una alterada Sally—. Escúchame. Puede que no tengamos otra oportunidad como esta.

—Sí, ya he oído eso antes —la joven Carrera mandó una mirada triste hacia Rayo, recordando cuando Álex había intentado chantajearlo con la deuda de Rust-Eze—; pero, Naya, es el ayudante de Álex, por el amor de una madre… —se estremeció—. No estarás pensando en serio ir a encontrarte con él…

Naya suspiró.

—Sal… Es David —arguyó, como si aquello fuese el motivo de mayor peso del mundo—. Aunque… bueno, ya sabes… se haya convertido en el perro faldero de quien ya sabemos… —se mordió el labio y enfocó un instante la oscuridad por la que había desaparecido el citado coche—. No sé. Creo que Aston no es como Álex. No, déjame acabar —pidió, al ver que Sally iba a protestar—. Sé de lo que es capaz Álex, ambas lo sabemos. Pero… te prometo estar alerta, ¿de acuerdo? Vamos, tampoco es que hayamos quedado en Palos Verdes…

Sally la observó con el morro torcido, nada convencida. Había algo que le pedía a gritos que no dejara ir a Naya, que la atase a un poste o a donde fuese con tal de mantenerla lejos de Aston; pero, derrotada, se dio cuenta de que no tenía con qué pelear. No esta vez.

—De acuerdo —claudicó en voz baja—. Pero prométeme… No —se corrigió—, “júrame” que tendrás muchísimo cuidado. Por favor.

Ante lo que Naya mostró media mueca sarcástica y replicó:

—Vamos, Granger. Ni que no confiase lo suficiente en mis dotes de seducción…


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