acción · Anime / Manga · autopublicado · aventuras · comic · español · Fanfic · FanficThursday · fantasía · juvenil · literatura · netflix · personajes · plataforma digital · romántica · serie · young adult

#FanficThursday: «Accidente en Amber Bay» (One Piece) – Capítulo 7

El fresco aire del mar y el suave balanceo del barco siempre eran un bálsamo para el ánimo de Nami. Aquella mañana en particular, mientras se arreglaba frente al espejo del tocador que compartía con Robin en el dormitorio, casi se alegró al sentir un comienzo de dolor en el bajo vientre que podía significar una vuelta muy temprana a la normalidad.

Habían sido dos días complicados. Convencida de que estaba muy enfadada con Zoro, aunque en el fondo solo fuera una máscara para su vergüenza por haberse acostado ambos estando borrachos, había intentado ignorarlo todo lo posible desde que se separaron hasta ese momento. No quería ni pensar en las posibles consecuencias de que las bayas anticonceptivas no funcionasen como deberían, tanto para ella como para todos sus compañeros, no solo para el hosco espadachín. Sin embargo, aquella mañana casi sonrió al anticipar el fin de sus preocupaciones. De hecho, pensó en intentar arreglar las cosas con Zoro si surgía la ocasión.

Cuando salió del camarote, buscó a Zoro en cubierta pero no lo vio por ninguna parte. Encogiéndose de hombros y procurando mantener a raya el dolor que parecía incrementarse cada pocos segundos, Nami se dirigió hacia la biblioteca para revisar algunos mapas antes de desayunar. Por lo general, Zoro y ella eran los más madrugadores junto con Chopper, así que Nami apreciaba esos momentos de calma antes de que el barco se llenara de actividad.

Al llegar a la pasarela que llevaba a la consulta del pequeño reno-humano, un fuerte calambre la obligó a detenerse y agarrarse a la baranda, sujetándose el vientre con la otra mano. Sintiendo el dolor ascender incluso por sus lumbares, Nami cerró los ojos y siseó entre dientes, sin entender qué estaba sucediendo. Sabía que su período debía llegar, pero aquello no parecía normal. Sin poder recuperarse por completo, dio un paso y trató de enderezarse, pero las piernas le temblaban tanto que cayó de rodillas sobre la cubierta.

Solo entonces se percató del charco rojizo que se había formado junto a sus pies, y que cada vez parecía agrandarse más mientras también manchaba sus piernas. Mareada, Nami intentó emitir un grito de ayuda, pero apenas pudo jadear algo ininteligible. De hecho, apenas fue consciente de la profunda voz que gritaba su nombre ni de los fuertes brazos que la sujetaron en un instante, antes de que todo se volviera negro a su alrededor.

***

Si había algo que Zoro Roronoa esperaba que se torciera aquel día, desde luego no era la situación que encontró al bajar a la cubierta temprano por la mañana. Había terminado de levantar pesas hacía menos de media hora y se había aseado, buscando refrescar su cuerpo después de una de las sesiones más exigentes a las que recordaba haberse sometido en mucho tiempo. Sin quererlo, la indiferencia de Nami, especialmente después del desplante de la tarde anterior, justo antes de partir de Amber Bay, había conseguido que solo el ejercicio físico extremo pudiera apaciguar su mente hasta un punto aceptable.

Sin embargo, apenas salió por la puerta que conducía a la zona del timón, un gemido llegó a sus oídos, poniéndolo en alerta. Bajó la mirada y se encontró con Nami medio desmayada frente a la consulta de Chopper. Olvidando de golpe todo enfado, Zoro se lanzó literalmente hacia el piso inferior, aterrizando apenas sobre los dedos de los pies antes de correr hacia su compañera con el corazón en la garganta.

— ¡Nami! —gritó, asustado, pasando el brazo izquierdo por sus hombros justo cuando ella caía inconsciente hacia el suelo—. Eh, Nami, despierta. Vamos…

La ansiedad del espadachín solo aumentó cuando vio el charco de sangre bajo sus piernas y su instinto protector se impuso, mirando en todas direcciones con los dientes apretados.

“¿Quién te ha hecho esto, Nami?”, rechinó en su mente.

Estaban en medio del mar, así que la única posibilidad era un accidente o que hubiese sido alguno de sus compañeros, pero ni siquiera a Zoro se le cruzó por la cabeza sospechar de ninguno de ellos. Nadie deseaba el mal a Nami, bajo ningún concepto. Para su mayor desazón, no vio nada a simple vista que le confirmara qué había ocurrido, así que Zoro optó por la única otra opción que se le ocurrió en ese momento.

— ¡Chopper! —gritó, a pleno pulmón—. ¡Chopper! ¡Necesitamos ayuda!

Para bien o para mal, el médico apareció apenas dos segundos después por la esquina más cercana, no por la puerta de la consulta como Zoro hubiese esperado. Pero lo peor fue que su grito también alertó al resto de sus camaradas y, como era de esperar, enseguida se arremolinaron con expresiones asustadas alrededor de los dos presentes.

— ¡Nami! —exclamó Usopp al ver a su compañera en el suelo, medio desmayada y rodeada de sangre.

— ¿Qué ha pasado? ¿Por qué está sangrando? —preguntó Luffy con una mezcla de preocupación y furia.

— ¡Pelo-cactus! ¿Qué demonios has hecho? —lo increpó Sanji, con la voz cargada de ira.

Si Zoro no hubiera estado tan preocupado por Nami, habría golpeado al cocinero en ese mismo instante.

— ¡Yo no he hecho nada, imbécil! Me la he encontrado aquí tirada tal y como la ves. ¿Qué crees? —replicó defendiéndose.

— Déjame, Zoro —intervino Chopper, transformándose en su forma humanoide, seguido de cerca por una Robin silenciosa y con rostro inescrutable—. Voy a llevarla a la consulta, ¿vale? Así sabremos qué ha pasado.

Aturdido, Zoro apenas pudo asentir en dirección al médico antes de apartarse y cederle a su compañera pelirroja. En ese instante, ella gimió con los ojos cerrados y a Zoro se le encogió el alma hasta límites insospechados. Mantuvo la compostura mientras observaba cómo Chopper se llevaba a Nami al interior de la consulta. Sus compañeros, como esperaba, continuaron haciendo preguntas y lo ignoraron con facilidad. Sin embargo, cuando Robin indicó que debían dejar tranquila a Nami y permitir a Chopper hacer su trabajo, los demás parecieron obedecer y se alejaron; algunos con más renuencia que otros. Luffy, el más difícil de convencer, finalmente se marchó a su posición favorita sobre el mascarón de proa, murmurando para sí mismo.

Zoro ignoró incluso la mirada furiosa de Sanji, tan preocupado como estaba por Nami. En lo más profundo de su mente, temía que su última interacción con ella, llena de insultos y gritos, pudiera ser la última que tuvieran jamás. Aun así, lo único que pudo hacer, desoyendo la advertencia de Robin, fue arrastrarse hasta el muro de la consulta, sentarse con sus catanas sobre las rodillas y cerrar los ojos. Rezó, aunque no creía en ninguna divinidad, para que no fuera la última vez que viera a Nami con vida.

Lo que no esperaba en absoluto era que la explicación a lo ocurrido llegara minutos después a través de los tablones del barco… Y Zoro no sabía si en el fondo preferiría haberlo sabido o no. Sobre todo, porque esa revelación ponía una inesperada y pesada carga sobre sus jóvenes hombros… Algo que solo aumentó su deseo de que Nami se recuperara lo antes posible. Porque, ¿y si la culpa de todo, en el fondo, era suya?

***

Cuando Nami recobró por fin la consciencia, no supo identificar de primeras dónde se encontraba. Sin embargo, nada más girar la cabeza y enfocar a la pequeña figura cornuda y saltarina moviéndose de un lado a otro, quiso entender que Chopper estaba con ella.

—Nami… —susurró otra voz femenina, a cierta altura sobre su cabeza: Robin—. Nami. ¿Puedes oírme?

La aludida asintió despacio, notando todo el cuerpo dolorido y sobre todo en la zona de las caderas y los muslos.

—Robin —graznó, jadeando y suspirando de inmediato a causa del esfuerzo. Nami parpadeó y oteó a su alrededor, identificando la consulta del Thousand Sunny—. ¿Qué ha pasado…? ¿Por qué…?

—No hagas esfuerzos —le recomendó su compañera, apoyando una mano en su brazo sin violencia y sentándose a su lado en la silla de las visitas—. Necesitas descansar.

—¿Cómo te encuentras, Nami? —preguntó entonces Chopper, acercándose con algo que parecía una infusión caliente entre las manos—. Menudo susto nos has dado.

La navegante aceptó la bebida sin rechistar, incorporándose apenas en la cama y dejando que Robin acomodase algunos cojines a su espalda para poder sentarse. En cuanto trató de moverse, Nami sintió un punzante dolor en la cintura baja que la hizo detenerse y gemir sin remedio, al tiempo que todo su tren inferior parecía arder. Aparte de todo, la joven notaba algo abultado entre sus muslos, lo que no facilitaba la movilidad. Interrogante, alzó la vista hacia Robin, y lo que intuyó en sus ojos azules no le gustó demasiado. No obstante, fue Chopper quien confirmó sus peores sospechas al tomar su mano e indicar:

—Con cuidado, Nami. Has tenido un aborto y no deberías hacer esfuerzos.

Muy despacio, deseando no haber oído bien, la pelirroja alzó la barbilla para encarar al médico.

—¿Cómo dices? —inquirió, tensa.

Los ojos del reno parecieron reflejar una mezcla de extrañeza y súbita timidez al mismo tiempo.

—Sé que suena muy raro —admitió. Nami apretó los labios, sin querer desmentirlo bajo ningún concepto—, pero la pérdida tan abundante de sangre y el desmayo que has sufrido sólo son compatibles con eso… o con un problema que no deberías tener a los dieciocho años.

De repente, el rostro de Chopper se desencajó, como si sólo pensar en estar equivocado en esa última afirmación lo aterrara. Nami suspiró y se esforzó por esbozar una sonrisa conciliadora.

—Chopper, no dudo de tu criterio, pero estoy segura de que sólo es un mes más complicado de lo normal —trató de quitarle importancia—. ¿Cómo iba a tener yo un aborto? ¡Es absurdo!

El joven reno pareció dudar, aunque sus ojos demostraban que sabía lo que estaba viendo. Sin embargo, la inverosimilitud de un suceso así hizo que pareciera claudicar al poco rato.

—Está bien, pero sea como sea, hoy te quedas aquí —dictaminó—. Órdenes del médico.

Nami se habría reído si no le hubiera resultado muy doloroso en ese momento.

—Está bien. Aquí me quedaré —prometió.

—Chopper, ¿te importa si me quedo un momento con Nami? —preguntó Robin, solícita—. Voy a cambiarle las compresas una última vez y necesito hablar de un asunto con ella.

Chopper asintió sin dudar.

—Claro. Voy a decirles a los demás que no ha sido más que un susto y solo necesitas descansar —indicó, dirigiéndose hacia la puerta.

—No les des muchos detalles —aconsejó Robin—. Son cosas íntimas de mujeres.

Chopper soltó una risita nerviosa con las mejillas arreboladas.

—No, claro. ¿Cómo iba a comentarles algo así? ¡Qué tontería!

Por alguna razón, Nami le creía. Sin embargo, la actitud seria de Robin en cuanto el reno se fue, y su silencio mientras la puerta se cerraba y la mujer morena iba a buscar más compresas limpias, hizo que su corazón se acelerase. Aun así, Nami no despegó los labios hasta que no estuvo del todo cambiada y casi había apurado su taza de té.

—Gracias —dijo.

—No hay de qué —repuso Robin, en tono neutral, antes de sentarse junto a la cama como al principio. Con el corazón en vilo, Nami esperó a lo que tuviese que decir, algo que se reveló en menos tiempo del que esperaba—. Oye, Nami, tengo que preguntarte algo privado, algo de lo que creo que no quieres que se enteren los demás.

La pelirroja inspiró por la nariz, con el pulso acelerado.

—Dispara —la invitó, rendida.

Robin mantuvo sus ojos fijos en ella, su mirada serena pero inquisitiva.

—¿Ha pasado algo entre Zoro y tú?

Nami parpadeó sorprendida, su corazón latiendo un poco más rápido.

—¿Qué…?

Robin inclinó ligeramente la cabeza, una media sonrisa juguetona en sus labios.

—Ya me has oído.

Nami bajó la mirada, nerviosa, mientras jugueteaba con un mechón de su cabello.

—Ah, yo… No sé… —la evadió, disimulando a duras penas—. ¿Por qué lo preguntas?

Robin suspiró sin apartar la vista, su expresión suave pero firme.

—Llámalo intuición, pero la otra noche desaparecisteis pronto los dos de la fiesta y ahora diría que casi ni os miráis a la cara —apuntó, sin juicio alguno en la voz. Probablemente al comprobar cómo los hombros de Nami caían a causa de la vergüenza y el hecho de sentirse descubierta, Robin le apoyó una mano amable en el hombro—. Nami, puedes confiar en mí y no tienes que avergonzarte de nada.

La aludida frunció el ceño y tragó saliva, tratando de ordenar sus pensamientos. Sabía que podía confiar en Robin, pero todavía no se atrevía a confesarle la verdad de lo ocurrido. Quizá por eso, decidió fingir una vez más preguntando:

—¿Qué quieres decir?

Robin cruzó los brazos, recostándose sobre la silla con gesto severo pero amistoso. Indicando, para desazón de la pelirroja, que sabía a la perfección que le estaba ocultando algo.

—Somos un equipo pequeño y pasamos mucho tiempo juntos en un barco, que quieras que no es un espacio reducido —expuso Robin con calma—. Estas cosas pueden pasar entre compañeros.

Nami se mordió el labio inferior, incómoda y sintiéndose del todo expuesta ante sus penetrantes iris azules.

—Yo… no estoy enamorada de él, si es lo que insinúas —arguyó, apartando la vista hacia las sábanas.

Robin sonrió con comprensión, negando suavemente con la cabeza.

—No tiene por qué ser el caso. Enamorarse es darle demasiada importancia a la necesidad de dos humanos de compartir intimidad de vez en cuando —expuso, para ligera sorpresa de Nami—. Zoro y tú os conocéis mejor que nadie en esta tripulación y es posible que sin quererlo… —En ese instante, Robin se encogió de hombros con una calma que hizo estremecer a su compañera por mil motivos distintos—. Bueno, ya sabes lo que dicen de que el roce hace el cariño.

Nami suspiró, derrotada.

—Lo aprecio igual que a cualquiera de vosotros —susurró, honesta y con un punto de cariño inevitable en la voz—, pero no esperaba que sucediera algo así. Simplemente, me dejé llevar después de… estar bebiendo y…

A tiempo, Nami receló de mencionar que Zoro había traído un alcohol raro a su habitación justo antes de que todo sucediera. No es que creyera que Robin iba a pensar mal, y Nami tampoco quería creer que su compañero lo había hecho a propósito. Primero, porque ese tipo de malicia no encajaba con él ni a mil kilómetros; y, segundo, porque no era tan buen actor como para fingir tanta sorpresa, enfado y vergüenza durante tanto tiempo. Además, Nami tampoco buscaba meter cizaña o generar malentendidos entre sus compañeros.

—Ah, así que fue eso. Entonces me encaja —respondió Robin de todas formas, con naturalidad y sin preguntar nada más; aunque lo siguiente que dijo puso los pelos de la navegante de punta—, pero lo que me preocupa es otra cosa…

Nami sintió un nudo formarse en su estómago.

—¿El qué?

Robin clavó en ella una mirada penetrante, sus ojos oscuros reflejando una mezcla de preocupación y entendimiento.

—Has tomado bayas gerta, ¿verdad?

Nami se contuvo a tiempo de resoplar y maldecir en voz alta. Si tenía que haber sospechado de que alguien en el barco supiera lo que había hecho, desde luego esa era la arqueóloga. Resignada a no ocultarlo más, Nami asintió con pesadez.

—Sé que no está bien visto, pero… no podía arriesgarme a quedarme… —susurró, bajando la voz más a cada palabra, avergonzada—. No estoy preparada.

Robin asintió despacio, su expresión comprensiva.

—Te entiendo y créeme que no voy a juzgarte en absoluto —le dijo—. Es una decisión arriesgada y debí suponer que una mujer de mundo como tú conocía su existencia y dónde conseguirlas.

Nami suspiró, sintiendo un alivio momentáneo al escuchar las palabras de Robin.

—Hacía más de tres años que no las usaba —confesó, inclinando la barbilla con pesar—, pero… no recordaba que fuese tan desagradable.

Robin asintió de nuevo, su rostro mostrando una leve sombra de tristeza.

—Esta vez no era un período normal —resumió con calma—. Sé que muchas mujeres no te lo dirán, pero has hecho lo correcto.

Nami levantó la mirada, sus ojos brillando con una mezcla de agradecimiento y duda.

—¿Tú crees?

Robin sonrió con levedad, pero sincera.

—Eres muy joven todavía y ser mujer pirata, queramos o no, implica hacer ciertos sacrificios de vida que nuestros compañeros hombres, por suerte o por desgracia, no están obligados a hacer —declaró, amable—. Así que no te sientas avergonzada por haber tomado una decisión que implica mucha fuerza de voluntad.

Al escucharla, Nami sintió una lágrima solitaria deslizarse por su mejilla, pero la limpió enseguida con el dorso de la mano.

—Gracias, Robin —repuso, sincera—. Por todo.

Sin dejar de sonreír, Robin extendió una mano y la apoyó suavemente en su hombro.

—Sin problema, cuando lo necesites. Descansa, Nami —le deseó.

Unos segundos después, Robin abandonó el pequeño camarote, dejando descansar a una Nami que se sentía mucho más en paz consigo misma después de aquella conversación. Despacio, se acomodó en la cama del consultorio de Chopper, observando a través del pequeño ojo de buey de la pared mientras reflexionaba. Afuera, el océano seguía su curso imperturbable, y el bullicio de la tripulación yendo y viniendo demostraba que la vida seguía su curso sin que nadie tuviera que enterarse de lo que había ocurrido entre Zoro y ella.

Al pensar en el espadachín, Nami sintió un extraño nudo en la boca del estómago, pero ya no era una sensación de vergüenza o terror ante la posibilidad de que su breve escarceo se descubriera. Por el contrario, y por primera vez en días, Nami se preguntó si él también estaría reflexionando sobre lo ocurrido, o si las imágenes de su dolorosa discusión después de una noche maravillosa —quisiera admitirlo en voz alta, o no— también estarían atormentando su mente sin descanso. En el fondo de su corazón, deseaba poder hablar con él y aclararlo todo. Ambos habían cometido errores; pero quizás, con el tiempo, podrían superarlos juntos. Eran como hermanos; era impensable que su enfado durase más tiempo. Así, con ese agradable pensamiento, la agotada navegante terminó por sumirse en una pequeña y reparadora siesta, arrullada por el sonido de las olas al otro lado de la pared.

Continuará…

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.