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#FanficThursday: Cars – “McQueen y Sally: One-Shots” (Capítulo 38)

Chapter 38 — Solo hay sitio para uno (II) (Cars 3)

Cars 3 - End Of The Movie (HD) - YouTube
Rayo y Cruz, Cars 3

—¡Vaya! Si sigues por aquí…

Cruz se rio entre dientes. Empezaban con las pullas de siempre.

—¡Uy, sí! —replicó con desenvoltura—. No me perdería este día por nada del mundo.

Storm imitó su risa en un tono más prepotente.

—No. Yo tampoco.

En ese instante, aunque aún no habían dado la salida, Jackson intentó ponerse unos centímetros por delante de Cruz, alzando el morro con su altanería habitual. Pero si algo había aprendido la novata en sus años como entrenadora era a anticiparse a lo evidente y jugar, dicho mal y pronto, con la moral de sus alumnos para estimularlos a dar lo mejor de ellos. De ahí que, cuando Storm estaba a punto de cruzarse en su camino, fintara con total naturalidad para cerrarle el paso y colocarse delante de él.

—Ups… Lo siento, «campeón» —se disculpó con falsedad, imitando su tono cuando llamaba así a Rayo—. Creo que vas a encontrarte un poquito de atasco por este carril…

Storm gruñó, pero solo emitió un: «serás…», irritado, antes de desviarse unos metros hacia la derecha; dejando pasar a un par de competidores confiados que, al ver un hueco abierto, casi no podían creer en su buena suerte. Cruz sacudió el morro, disgustada. Ese era uno de los trucos favoritos de Storm: dejar que sus competidores se confiaran para, después, pasarlos sin miramientos en dirección a la meta. Cuando pasó frente a los boxes, la joven intercambió una mirada significativa con McQueen y ambos asintieron. Por suerte, a la hora de correr sus mentes habían aprendido casi a trabajar como una sola. Justo unos metros más adelante, empezó a sonar la fanfarria de salida y la bandera verde ondeó en el aire.

«¡Dale, dale al pedal! ¡Todos a correr!»

—Llegó el momento —masculló Cruz para sus adentros antes de meter el turbo. Por el rabillo del ojo, comprobó cómo Storm hacía exactamente lo mismo, por lo que no pudo resistirse a gritarle—. ¡Que gane el mejor, campeón!

Y casi juraría que había oído rechinar sus dientes entre el estruendo de motores de los compañeros de alrededor. Pero no le importó. Por McQueen. Por ella. Esta vez… Storm mordería el polvo.

—Cruz —escuchó a Rayo por el transmisor—. Recuerda lo que hemos hablado. Corre a tu ritmo, tantea el terreno y olvida a Storm hasta las últimas vueltas.

—Sí, lo sé, lo sé —repuso ella, jovial—. Ahí es cuando el amigo empezará a meter presión. Lo tengo controlado.

—Bien, pero ándate con ojo —repitió él, como un maestro ante una alumna especialmente díscola—. O, mejor dicho: como se te ocurra hacer tonterías, le digo a Sally que te deje todo el verano durmiendo en la calle.

—¡Eh! —se picó Cruz—. ¡Eso no es justo!

—Tu verás, señorita nube blandita…

Cruz regañó por lo bajo, pero no discutió más con McQueen y se centró en lo fundamental: adelantar uno por uno a los competidores, no salirse en las curvas y tratar de buscar la posición de cabeza lo antes posible, pero sin agotarse. Así, transcurrieron las cien primeras vueltas. Cuando entraron en boxes –Cruz ya había aprendido a moderar su velocidad y Guido seguía siendo su mano derecha a la hora de cambiar las ruedas–, Rayo echó un ojo a la torre donde figuraba la clasificación.

—Bueno, vamos muy bien. Storm va un par de puestos por delante, pero no te precipites ¿de acuerdo?

—¡Hecho, jefe! ¡Confía en mí! —aceptó Cruz antes de salir disparada.

Por suerte o por desgracia, Storm la sorteó por su derecha, sobresaltándola ligeramente, para después alejarse hacia la pista con una desdeñosa risotada. Cruz apretó los dientes y tuvo que contenerse muy mucho para no pegar un acelerón en línea de boxes:

«Llegará tu momento, Storm. Ya lo verás».

—Cruz…

—Sí, lo sé, lo sé. Nube blandita, nube blandita…

—Esa es mi chica. Y no pongas caras —añadió McQueen con sorna—. Que puedo verte.

—Ja, ja…

A pesar del tono irónico de la respuesta, Cruz sonrió con total confianza mientras se metía de nuevo en el circuito. La clave estaba en seguir buscando el hueco, no adelantar necesariamente de golpe. Por el rabillo del ojo, sin embargo, iba vigilando la clasificación… y, en particular, al número veinte de la misma. Seguía por delante, pero ambos estaban muy cerca de la cabeza de la fila. La carrera transcurrió, en general, sin demasiados sobresaltos, vuelta a vuelta. El 20 y la 51 se medían en la distancia, al acecho uno del otro.

Al menos hasta que quedaron diez vueltas para el final; momento en Storm se decidió por fin a apretar a sus rivales. Era el instante que Cruz había estado esperando. Con soltura, sorteó a un par de coches que justo abrían hueco frente a ella y se lanzó a perseguir a su enemigo. De entrada, intentó hacer el truco del rebufo, pero Storm ya se lo debía conocer; porque, en cuanto vio sus intenciones, empezó a zigzaguear.

—Vaya, jefe. Creo que esta vez no va a colar…

—No te pongas nerviosa, es lo fundamental —le aconsejó McQueen—. Tienes otros muchos trucos que aún no conoce.

—Sí, señor.

En efecto, en un momento dado que Storm se abrió para evitar que se pusiera a rebufo en una curva, Cruz se lanzó como una flecha y casi en línea recta, para después aplicar el truco para girar en tierra y evitar chocar contra el muro. Lo había probado en el simulador y en el circuito de prácticas interior que habían construido detrás del complejo Rust-Eze; y, aunque pareciera una locura, midiendo correctamente la trayectoria había resultado ser una maniobra muy interesante.

La pega es que eso no detuvo a Storm, que la persiguió casi como si estuviese dándole caza para comérsela, a juzgar por la cara que ponía. Una de las ventajas de haber nacido con retrovisores… Poder ver lo que sucedía detrás de ti. Jackson intentaba adelantarla por dentro y Cruz lo cerró, una y otra vez. Se acercaba la línea de meta. Bandera blanca. Última vuelta.

Fue entonces cuando a Storm pareció acabársele la paciencia del todo. Entrando desde fuera y aprovechando que ambos se habían distanciado bastante del pelotón, intentó acercarse a Cruz por el costado y empujarla hacia la zona de césped que los separaba de los boxes. Cruz entrecerró los ojos, sospechando que algo que traía entre manos. Y, cuando el otro corredor trató de embestirla, al grito de: «¡no me vas a ganar esta vez!», la corredora hispana tuvo una visión clara: solo había una forma de impedir que la echase. Aunque podía suponer…

No, daba igual… Siempre y cuando cruzase la meta antes que él. Así, cuando el morro de Storm estaba a apenas cinco centímetros de ella, Cruz apretó los labios, pisó el freno y retrocedió de golpe. Lo que provocó, como imaginaba, que su oponente no pudiese frenar a tiempo y acabase rodando sobre la hierba de mala manera. Pero Cruz no esperó a verlo. En cuanto Storm pasó frente a sus faros, metió un acelerón y arrancó en dirección a la meta como si le fuera la vida en ello. Como imaginaba, un par de compañeros la habían adelantado, pero apretó al máximo tratando de superarlos. No obstante, no pudo evitar que Harvey Ford, otro coche que había debutado junto a ella aquella temporada, se hiciera con la victoria. Cruz maldijo por lo bajo; a Storm, a su arrogancia. Ahora que la adrenalina del momento había cedido, a medida que frenaba, empezaba a sentirse más y más desdichada. Había desperdiciado su oportunidad.

—¡Cruz! ¡Eh! —la llamó McQueen. Pero la joven tardó un segundo en darse cuenta de que no era a través del comunicador… Sino en vivo y en directo. Su director de equipo mostraba una amplia sonrisa que confundió a la muchacha—. ¡Eso que has hecho ha sido impresionante, nunca dejas de sorprenderme! ¡Venga! ¿A qué viene esa cara?

Cruz torció el gesto, ignorante de a qué se podía deber tanta euforia. En su interior, un oscuro vacío amenazaba con tragar todo lo bueno que pudiese sentir y Cruz no encontraba remedio a su desazón.

—No he ganado… —farfulló, dolida.

Quería haber ganado aquella carrera. Lo deseaba más que nada. Pero, por culpa de Storm… No obstante, al oír la risa franca de Rayo se giró hacia él, aturdida. ¿Qué estaba pasando?

—Cruz… ¿es que no lo ves? —preguntó él, extrañado y a la vez eufórico—. Da igual que hoy no hayas ganado. Storm ha quedado por detrás de ti —acto seguido señaló con una rueda a lo alto de la torre central, donde estaba apareciendo la clasificación—. ¿No lo ves?

Su pupila buscó entre los datos que allí aparecían, sin saber exactamente qué tenía que observar. Pero, de repente, lo vio. Un punto de diferencia. Su nombre por encima del de Storm. Abrió la boca, inundada de emociones y con la garganta contraída, antes de escuchar un conocido zumbido a su alrededor. Cuando escuchó al director de pista hablando por el altavoz, creía que se iba a desmayar:

—Señoras y señores, damas y cochelleros. Tenemos una nueva campeona en la Copa Pistón. ¡La señorita Cruz Ramírez, del equipo Rust-eze Dinoco!

—He ganado… —susurró incrédula, antes de saltar con un grito de júbilo—. Por todos mis circuitos… ¡He ganado!

Rayo se rio de nuevo. Esa era la energía de un novato ganando su primera Copa.

—No lo dudé ni por un instante… —aseguró, antes de apuntar hacia la zona del podio con una rueda—. Y, ahora, vamos a recoger tu merecido premio.

***

Cruz observaba su trofeo como si no hubiese nada más hermoso en el mundo, ya colocado sobre su estante dentro del tráiler. Le parecía mentira. Sobre todo, el hecho de haber superado todos sus miedos y haber llegado hasta allí… Era como un sueño hecho realidad.

Sin embargo, el timbre del teléfono del tráiler sonó en ese instante y un nombre que conocía bien apareció en pantalla. Sin dudarlo, cogió la llamada, donde apareció acto seguido una Porsche azul a la que conocía bien.

—¡Hola, Sally! —la saludó animada.

—Hola, Cruz —respondió la mujer de Rayo con una sonrisa sincera—. Oye, ¿eso que veo detrás de ti es una Copa Pistón?

Cruz rio.

—Pues sí —admitió con orgullo—. Ha estado difícil; pero, ¡por el Auto! Ha merecido la pena.

Sally la imitó.

—No sé a quién me recuerdas a tu edad… De verdad que no.

Ramírez agachó el morro, cohibida, mientras soltaba una nueva risita.

—Me puedo hacer una idea…

—¡Sally! —escuchó Cruz entonces, tras de sí.

—¡Hola, Pegatinas! —saludó la aludida a su marido desde la pantalla. Pero, después, se volvió hacia la corredora con expresión de disculpa—. Cruz… ¿podrías… darnos un momento a solas? —le pidió, no sin cierto apuro filtrándose en su voz—. Necesito hablar de un asunto con… Ya sabes.

Pero la otra mujer, aunque la curiosidad le corroía las entrañas, no protestó y, tras despedirse de Sally con cariño y recibir sus felicitaciones, dejó pasar a Rayo.

Este le guiñó un ojo cómplice y cerró el portón tras de sí, para mayor extrañeza de Cruz. Pero no pasaba nada: seguro que, si era algo importante, Rayo se lo contaría… ¿Verdad?

***

—Enhorabuena, señor director de equipo —lo felicitó Sally—. Me alegro mucho por los dos.

—Sí, yo también… —admitió Rayo con emoción mal contenida—. Pero, cuéntame. ¿Qué tal en Los Ángeles? ¿Qué os han dicho?

—¡Oh, Rayo! Te va a encantar este sitio —se excitó Sally, sin poder evitarlo—. Han sido súper amables con nosotras y tienen todo lo que podríamos pedir.

—Me alegro mucho —dijo Rayo, notando cómo unos extraños nervios se apoderaban de sus circuitos—. ¿Para cuándo podrá ser?

—Necesitan que vengas la semana que viene, cuando puedas hacer un hueco, para tomar las medidas y hacer los primeros diseños. Ya sabes, elegir qué porcentaje queremos que tenga de cada uno y esas cosas. Los faros, el motor, las puertas… En fin, todo… Pero siendo ya verano supongo que podremos hacerlo con más tranquilidad. Como siempre, Naya nos ha ofrecido alojamiento de mil amores…

Su marido sonrió con ternura.

—Dale las gracias y dile que iremos encantados —acto seguido, suspiró, anticipando ya el resultado de todo aquello—. Pero, ¿después?

Sally pareció echar cuentas rápidamente.

—Un par de meses, a lo sumo. Tendremos que venir a por ella y estar unos días por aquí hasta que se aclimate, pero casi será lo de menos… —la mujer se mordió el labio inferior, nerviosa, antes de confesar en voz baja—. Tengo muchas ganas, Rayo.

—Sí, y yo también, cariño. Estoy deseando verla.

Sally asintió.

—Así que… ¿niña?

Su marido la imitó, convencido.

—Sí. Niña.

—Te quiero, mi Pegatinas.

—Y yo a ti, mi amor. Te echo de menos.

Sally le mandó un beso al que él respondió.

—Nos vemos pronto, entonces. Tengo que dejarte.

—Vale, nos vemos. ¡Y dale recuerdos a Naya de mi parte!

Solo cuando colgó, Rayo empezó a ser consciente de que sentía todo el chasis como si fuese de gelatina. Cuando lo habían hablado hacía unos meses, les pareció de lo más natural dar el paso de formar una familia, aunque Rayo tuviese que seguir viajando a causa de las carreras. Y, lo más importante: se sentían preparados para afrontarlo. Pero, ahora, el ex corredor no podía concebir su futuro sin ello. Le resultaba imposible. Por ello, con una sonrisa bobalicona en el capó, el ex corredor bajó del tráiler y quiso enfilar hacia la carpa de Rust-Eze, pero alguien lo estaba esperando unos metros más allá.

—¿Y esa cara de tonto? —lo pinchó Cruz con cariño.

Rayo torció el morro, socarrón.

—Muy graciosa… —acto seguido, sus parabrisas se entornaron con cierta emoción—. Es solo que… Acaban de darme una gran noticia.

Cruz puso cara de interés.

—Ya tiene que ser importante para tanto secreto… —comentó con sorna—. ¿Puedo… saber de qué se trata?

Rayo asintió e inspiró hondo; antes de responder, en un hilo de voz:

—Siento no habértelo dicho antes, pero es que, ahora, por fin va a ser una realidad… —inspiró hondo y, sin esperar más, soltó el bombazo—. Voy a ser padre, Cruz.

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