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#FanficThursday: Cars – “McQueen y Sally: One-Shots” (Capítulo 43)

Capítulo 43 – Por curiosidad (Cars 3)

Rayo y Sally, Cars

Verano, cuatro años después de la retirada de Rayo McQueen…

–Cruz tiene el balón… Se mueve, esquiva a sus oponentes… Evita un placaje, controla, avanza hacia la línea y… ¡SÍ, ENTRA DENTRO!

La niña, tras sortear varios conos situados en el borde de la carretera junto al museo Doc Hudson, chutó el balón con la rueda y tan mala suerte, que sin querer el esférico fue a parar al interior del garaje de su padre, que tenía la puerta entreabierta. Inmóvil, la pequeña escuchó cómo algo se movía y caía al suelo al otro lado de las hojas dobles.

«Uy…», pensó, al tiempo que se volteaba ligeramente para comprobar que nadie la hubiese visto.

Hacía demasiado tiempo que rogaba y suplicaba a su madre que la dejase jugar sola. Desde que había nacido, más o menos, no la habían dejado a su aire prácticamente en ningún momento. Cuando no estaba con su madre, tenía que vigilar a Hudson; y cuando no era eso, tenía que andar bajo la rueda de Flo, del abuelo Mater o de quien fuera.

Pero aquel verano, a punto de cumplir cuatro años, sus rezos habían sido escuchados: por fin había conseguido un rato independiente y en soledad para jugar a sus anchas.

Solo esperaba que el destrozo no fuese tan importante como para volver a encontrarse en custodia para el resto de su existencia.

Despacio, la pequeña adentró su carrocería de color rojo brillante por entre las puertas y penetró en el penumbroso garaje, intimidada como siempre que ponía las ruedas allí. Cierto era que nunca había estado sola sino con su padre, pero el aire de templo sagrado que rodeaba cada esquina y que impregnaba cada minúscula mota de polvo imponía a Cruz más de lo que estaba dispuesta a admitir.

A simple vista, el balón no aparecía por ningún sitio. «¿Dónde se habrá metido?», se preguntó la niña, inquieta. Por una parte, se sentía osada por haber entrado allí sola; pero, por otro lado, ¿qué le dirían si la encontraban allí… sin adultos presentes? El aire de intocable que revestía aquel lugar no dejaba lugar a dudas.

Nerviosa, Cruz adentró el morro en varios rincones cercanos a la puerta, esperando encontrar su juguete por allí. Pero, para su desesperación, allí solo parecía haber trastos y más trastos a simple vista inservibles y anticuados. Cruz contuvo un suspiro de impaciencia. ¿Dónde…?

Al apartar una caja de herramientas y ver lo que había detrás, la pequeña McQueen frenó en seco. No era exactamente su balón, pero éste fue olvidado a la velocidad del rayo.

Curiosa, la niña retiró un par de manuales de instrucciones polvorientos que la hicieron estornudar, para acto seguido aproximarse a su repentino descubrimiento.

–Ra… Rayo –leyó con dificultad, dada su corta edad–. Ma… McQueen… –la boca y los ojos de Cruz se abrieron al máximo–. ¿Qué tuercas…? –se preguntó en voz baja al tiempo que sacaba las cajitas negras de su escondite y las exponía a la luz de la ventana más próxima. La siguiente palabra era un número: 2006–. ¿Qué es esto?

Parecían… grabaciones. Creía recordar que se llamaban «cintas de vídeo» o algo similar. Pero de hacía tantos años que Cruz ni imaginaba que aún pudiese encontrar cosas como aquellas en el garaje de su padre. Aunque, bien pensado, ¿no era lo que usaba él a veces para ver las películas con ella?

Mordida por una súbita curiosidad morbosa, la niña empujó las cintas hasta el reproductor conectado al proyector que ocupaba una de las esquinas del garaje y se afanó en imitar a su padre lo más fielmente que era capaz de recordar. Tras un par de intentos fallidos, por suerte, el aparato reaccionó y las imágenes comenzaron a proyectarse sobre la pared.

«Chick creía que esta sería su temporada, Bob… Que saldría de la sombra del Rey… Pero lo último que se esperaba era… ¡A RAYO MCQUEEN!… Comenzó la temporada siendo un novato pero ahora ya lo conocen todos»

A Cruz, al ver la primera imagen del que decían que era su padre, casi se le desencajó el capó por completo. Era… rojo, como ella. Pero, ¿cómo podía ser él? «No es posible. Papá es azul y no se parece en nada a ese… ¿O sí?»

Sumida en aquel mar de dudas, Cruz McQueen se sorprendió de no poder dejar de mirar la proyección. Era… igual que ver un sueño, lleno de color, de acción y de tensión por saber quién ganaría. Pero aún no sabía si todo eso era bueno o malo.

La carrera avanzaba. Su supuesto padre, un coche verde con cara de malas pulgas y otro más viejo y azul competían por la primera plaza. En un momento dado, el coche rojo –que Cruz tuvo que admitir que era muy valiente por algunas cosas que había hecho durante el recorrido– pinchó sus dos ruedas de atrás al intentar ser demasiado osado, lo que hizo que la pequeña espectadora contuviese la respiración; aun así, Rayo consiguió llegar a la meta al mismo tiempo que los otros dos.

Cruz, tras expulsar de golpe todo el aire, se sentía incrédula. ¿De verdad aquel era su padre? Había escuchado hablar a los vecinos de cómo corría cuando era joven pero… ¿era posible? «No le pega nada», pensó la niña en su cerebro infantil, como si aquel fuese el mejor argumento posible del mundo.

Pero lo que terminó de descolocar su pequeño puzle mental fue la entrevista que apareció a continuación. A «ese Rayo» le preguntaban si le había perjudicado correr sin director o algo así. Y la respuesta dejó a Cruz sin palabras.

–Kory. En las carreras no solo cuenta ganar. No me gusta sacar tanta ventaja… No, al público hay que darle emoción…

Yo puedo ganar solo.

La niña se quedó boquiabierta antes de hacer un gesto asqueado, como si aquello confirmase su hipótesis.

No. De ninguna manera.

Aquel arrogante no podía ser su papá. Él era bueno, amable, dulce, ayudaba a los demás y le encantaba estar rodeado de sus vecinos cada vez que volvía de competir con tía Cruz.

Y sin embargo…

–¡Cruz! Cielo, ¿qué haces aquí?

La pequeña rebotó, asustada, antes de hacer lo posible por esconder las pruebas de su «crimen». SIn embargo, solo fue capaz de darle al Pause y sonreír igual que su madre cuando quería demostrar total inocencia.

Sin embargo, a Sally Carrera–McQueen poca gente en el mundo podía engañarla con un truco tan barato. En efecto, le bastó un fugaz vistazo a la pared y a la imagen congelada de un joven Rayo sonriente para enarcar la ceja con sorna y emitir un:

–Ajá…

Cruz, por su parte, era como si deseara que se la tragara la tierra de golpe.

–Lo siento. Yo… –se aturulló–. Estaba buscando la pelota, pero encontré eso y… no sabía que era y yo…

–Está bien, cariño –la tranquilizó su madre de inmediato, para su sorpresa, mientras sonreía con cariño–. No has hecho nada malo.

Cruz movió una rueda sobre el piso de tierra, avergonzada.

–Yo… Sé que no debería entrar aquí sin permiso de papá. Lo siento mucho –se disculpó.

Sally pareció meditarlo un instante antes de terminar encogiéndose de ruedas con sorprendente tranquilidad.

–Bueno… tú eso déjamelo a mí. Pero a cambio –agregó al ver la mueca esperanzada de Cruz–, ¿vas a contarme qué hacías aquí?

Su hija inclinó el morro, obediente, y narró lo que había pasado con inocencia infantil.

–Cariño –le dijo entonces Sally–. Está bien. Al fin y al cabo, no es ningún secreto lo que ha sido tu padre todos estos años…

–Así que, ¿ese es él? –preguntó Cruz, señalando hacia el muro iluminado.

Su madre asintió con paciencia.

–Sí. Aunque eso fue antes de que nos conociéramos… –Sally miró hacia la imagen congelada con expresión indescifrable y añadió en un susurro–. Cómo han cambiado las cosas…

–¿En serio? ¿Por qué? –quiso saber la niña.

No se le escapaba una. En eso, era igual que su madre. Sally suspiró, sin saber cómo explicarlo de entrada.

–Tu padre ha cambiado mucho desde que lo conocí. Antes era como has visto pero… –sonrió con ternura–, después de su primera temporada, pasó a ser como es ahora –besó a su sorprendida hija en el guardabarros y añadió–. No importa. Lo entenderás cuando seas mayor.

Cruz hizo un mohín, pero no contestó. En cambio, apagó el proyector con sumisión y se decidió a seguir a su madre al exterior. Ya había olvidado su balón por completo.

–Mamá…

–Dime, cielo.

Cruz se detuvo nada más salir del garaje.

–¿Por qué dejó de correr papá? –por el rostro de su madre cruzó una extraña mueca de dolor, pero no respondió hasta que su hija no agregó–. ¿Se aburrió de hacerlo?

Sally tragó saliva.

–No, estrellita –repuso en voz baja con evidente tristeza–. Tu padre amaba las carreras más que nada en el mundo. Adoraba correr, sentir que cortaba el aire y cruzar la línea de meta delante de todos los demás corredores…

–¿Quería a las carreras más que a ti?

Sally se sorprendió de aquella cándida pregunta, pero sonrió de nuevo al responder:

–Bueno, no te creas. Debíamos estar a la par… –ironizó.

–Y entonces… ¿qué pasó? –inquirió Cruz, ansiosa.

–Bueno… –Sally meditó unos segundos sobre cómo contestar a aquello sin sacar a relucir la parte más dolorosa; aún tenía pesadillas con ello–. Digamos que se le juntó un poco todo: aparecieron coches más jóvenes y más potentes, luego tuvo… un accidente en la final de su última temporada y… en fin, ahí fue cuando acabó dándole el relevo a tu tía Cruz.

Cruz se quedó pensativa, mirando las fotos que había colgadas de la pared a través de la puerta entornada del garaje.

–¿Un accidente… como el del abuelo Doc?

Si había algo que Rayo sí le había contado a su hija era lo mucho que admiraba al viejo Hudson Hornet. Si para el padre era un ídolo, para la niña había terminado siendo casi un mito cercano. Y a falta de parentales más cercanos –el padre de Rayo había fallecido hacía dos años por una obstrucción complicada en los conductos de refrigeración y los padres de Sally hacía tiempo que no pasaban por Radiador Springs– Doc y Mater habían ocupado esos puestos. Y en cuanto a las tías, Cruz y Naya ejercían como mejores amigas de Rayo y Sally, respectivamente, mientras que Maddie, la joven hermana de su marido de voz angelical y fuerte carácter, a pesar del cariño que les profesaba pasaba la vida de gira en gira y tenía poco tiempo para dedicar a sus sobrinos.

–Sí, muy parecido –admitió Sally, mientras se encaminaban hacia el motel–. Pero no lo menciones delante de papá, ¿vale? No le gusta recordarlo.

–Vale –prometió Cruz–. No lo haré.

–Así me gusta, mi princesita –Sally frotó cariñosamente su guardabarros con el de su hija mayor mientras enfilaban la entrada del Cono Comodín.

Frente a la entrada, dos figuras que conocían jugaban a «atrapar y lanzar», otro juego de pelota bastante habitual entre los coches.

–Eh, hola, chicas –saludó Rayo con dulzura–. ¿Dónde os habíais metido?

–Hola, Pegatinas –respondió Sally alegremente–. Hemos dado una vuelta y hablado de cosas de chicas –le guiñó un ojo a su hija y esta se rio–. ¿Verdad, cielo?

–Ajá –corroboró la niña en tono cómplice–. Papá, ¿puedo jugar?

–Claro –aceptó su padre–. Pero me temo que vas con tu hermano.

–¡Oh! ¿Y eso por qué? –protestó Cruz.

Hudson McQueen, por su parte, parecía encantado con la idea; pero la niña no se relajó hasta que no vio el asentimiento cariñoso de su madre y escuchó a su padre decir con ironía:

–Bueno, estrellita mía. No creo que el juego estuviese muy equilibrado de otra manera, ¿a que sí?

La pequeña, más animada, claudicó y se unió al juego junto a su hermano pequeño, que ya daba saltitos de alegría sobre el asfalto.

Antes de que Sally se retirara para seguir trabajando en el motel, no obstante, Rayo pudo contemplar un instante a su familia; sintiéndose feliz como nunca en su vida por tener algo que realmente merecía la pena.

No un trofeo, ni una exclusiva, ni todo el dinero del mundo.

Sino alguien a quien amar por encima de todo…


Relato también publicado en Cuentos de Marieta

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