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#FanficThursday: Seven Deadly Sins – “En tiempos de paz” (Capítulo 9)

Capítulo 9 — Viejos amigos

Imagen: Ban y Elaine, Pinterest

Once meses después…

Dalmary. Un pueblo lleno de recuerdos para Ban. ¿Habían pasado solo dos años desde aquello? Si el humano giraba la cabeza hacia el norte, aún podía atisbar el esqueleto de lo que antaño fue su cárcel durante un lustro.

***

—Eh —lo llamó entonces Elaine desde unos metros más allá, al ver que él se había detenido en medio del camino. El pueblo aún estaba a unos cuantos kilómetros bajando la colina y el sol, aunque no era incómodo, caía con fuerza sobre ambos haciendo que hasta el hada sudara un poco. De ahí que a la joven la sorprendiera que su amado se hubiera parado justo en aquel lugar, expuesto al astro inclemente—. Ban, ¿estás bien?

***

El humano pareció volver de golpe a la realidad, girándose hacia ella con un gesto indescifrable. Sin embargo, debió imaginar que ella oiría sus preocupaciones con claridad sin tener que abrir la boca. Como un impulso, el rostro de Elaine se clavó entonces en lo que él estaba observando.

—Entré en aquella prisión por voluntad propia —murmuró entonces el humano, inclinando la barbilla para apartar la vista de lo poco que quedaba de Baste—. Me dejé capturar… porque ya no me quedaba nada por lo que vivir. Y… no podía morir.

***

—Ban —lo llamó Elaine de nuevo, entristecida por él, tomándole el rostro con las manos. Intuía sin esfuerzo todo lo que aquellas lejanas ruinas suponían para Ban, aun sin atreverse a indagar más allá—. No pienses más en ello, ¿de acuerdo? —le pidió, antes de besarlo con suavidad en los labios—. Meliodas y yo estamos aquí. Estamos vivos —Sonrió—. Y nada va a cambiar eso en una buena temporada, ¿de acuerdo?

Despacio, la comisura izquierda de la boca de Ban pareció levantarse unos milímetros, hasta convertirse en una mueca cargada de ternura.

—Eso espero. O los últimos siglos de mi vida en el Purgatorio no habrán servido de nada —ironizó.

Elaine sonrió, aunque por dentro notó un nudo atenazando su estómago solo de imaginar lo que Ban habría pasado antes de resucitarla. Por su parte, era una sección de los recuerdos de su amado en la que prefería no entrar; en el fondo, no quería sentirse más culpable aún de que él hubiera sacrificado tanto por ella. Quizá era un pensamiento egoísta, pero no podía evitarlo.

—¿Estás bien tú, Elaine? —preguntó Ban al cabo de un rato, mientras seguían caminando y la ruta comenzaba a hacerse más descendente y verde que la colina que acababan de rodear.

—¡Ah! Sí. ¿Por qué? —respondió ella, algo confundida. 

Sí que era cierto que hacía un par de días había tenido un diminuto problema de salud del que no quería hablar aún con Ban, pensando que sería algo pasajero; de hecho, no se había repetido y Elaine le había quitado importancia. Sin embargo, debió haber sabido que Ban casi podía leer en su rostro lo que le ocurría, porque no cejó enseguida en su empeño.

—Me daba la impresión de que estabas un poco pálida —comentó entonces Ban, sosteniendo su cintura—. ¿Quieres que nos paremos a descansar?

Pero Elaine negó de inmediato con la cabeza, tratando de reprimir su preocupación como fuese.

—No nos queda mucho hasta el próximo pueblo —Señaló con un brazo la villa de Dalmary, que se acercaba cada vez más—. Cuando lleguemos allí, buscamos un sitio para cenar y descansar, ¿te parece?

Con el corazón en un puño, la joven esperó la respuesta de Ban durante tres segundos que se hicieron eternos. También era cierto que, desde aquel “incidente”, se notaba un poco más cansada y nerviosa de lo normal; pero la joven lo acusaba al cansancio del viaje y solo quería alcanzar la siguiente posada, meterse desnuda con Ban entre las sábanas de la cama y dedicarse ambos al amor hasta que amaneciera el día siguiente.

***

Casi una hora después, la pareja alcanzó por fin las primeras casas de Dalmary. El sol ya empezaba a decaer sobre los tejados, por lo que era el mejor momento del día para llegar y buscar algún lugar donde pasar la noche. Sin prisa, aunque con Ban manteniendo un ojo siempre sobre Elaine, preocupado sin quererlo por ella y su aspecto más pálido de lo normal, el hada bajó entonces al suelo, se colocó la capa sobre los hombros por costumbre y ambos avanzaron caminando por las bulliciosas calles. En la plaza principal había un mercado iluminado por faroles, lleno de familias y algarabía. La pareja se dirigió hacia allí, buscando quizá algo rápido para cenar antes de buscar una posada para dormir. Sin embargo, Ban fue el primero en sorprenderse cuando escuchó a alguien llamándolo por su apelativo de caballero sagrado.

—¡Dichosos los ojos! ¡Pero si es Sir Ban!

Como un resorte, el alto humano se giró, alertado y sin estar seguro de quién podría conocerlo en aquel lugar. A pesar de que la paz en Liones era patente desde hacía cosa de un año, Ban seguía prefiriendo el anonimato y la soledad junto a Elaine todo lo posible. No obstante, en este caso su rostro cambió de inmediato al comprobar quién era, en este caso, su persona conocida.

—¡Vaya, Doctor Dana! ¡Qué sorpresa! —lo saludó de lejos, sin acercarse.

***

Elaine se giró al mismo tiempo, curiosa. Como por instinto, la joven se pegó a la pierna de Ban mientras ambos avanzaban hacia el afable médico de Dalmary

—Casi había olvidado que vivía usted aquí —agregó entonces el humano.

El doctor sonrió con más amplitud.

—Por favor, tutéame —le pidió, antes de girarse con cierta sorpresa hacia la acompañante del gigantón—. Oh. Y, ¿quién es esta señorita?

Elaine, algo más confiada ahora que sabía que el hombre era un amigo de Ban, se separó de su amado unos centímetros y tendió una mano educada.

—Hola. Soy Elaine, la… mujer de Sir Ban —se presentó, usando el mismo tratamiento que había usado el doctor con el susodicho—. Encantada.

Tras hablarlo durante los últimos meses, tanto el humano como el hada habían decidido que, considerando la solidez de su relación y que el asunto de las bodas no iba con ninguno de los dos, de cualquier forma, era preferible presentar directamente a Elaine como esposa de Ban. Primero, porque lo sentían como tal en el fondo de sus almas. Y, segundo, porque levantaba bastantes menos suspicacias en los humanos con los que interactuaban. Como Elaine ya había dejado caer alguna vez al principio de su reencuentro como amantes, para los humanos había cosas que, digamos, “chirriaban” si eran expuestas con naturalidad, hablando de relaciones entre hombres y mujeres… 

Para mayor halago de la joven, el doctor tomó apenas los dedos de su mano extendida y, acto seguido, se inclinó en una pequeña reverencia.

—Un placer, señora. ¿Había estado alguna vez en Dalmary?

Sin quererlo, Elaine se sintió enrojecer con violencia.

—Ah… No, lo cierto es que es la primera vez —atinó a responder, sin estar segura de cuánto podía revelar sobre sí misma—. Pero es un pueblo muy bonito.

—¡Desde luego! —se enorgulleció el médico, aparentemente ajeno a su turbación—. Oh, pero qué desconsiderado soy —pareció recordar entonces—. Ban, ¿tenéis lugar para alojaros?

Un extraño gesto cruzó por el rostro del antiguo guerrero mientras meditaba su respuesta. Pero apenas duró un segundo, tanto que Elaine apenas tuvo siquiera tiempo de descifrar lo que había detrás, antes de que Ban sonriese con amabilidad y respondiera:

—Lo cierto es que acabamos de llegar y estamos aún en búsqueda. Pero, no te preocupes, doc. Seguro que no será difícil encontrar algún lu…

—Ah, ¡No, no! De ninguna manera —lo interrumpió Dana, casi escandalizado—. Si no tenéis donde quedaros, insisto: quedaos en casa.

Ban cambió el peso de un pie a otro con cierta incomodidad.

—Doctor, eres muy amable. Pero, de verdad, no es necesario…

Sin embargo, Dana parecía haber tomado ya la decisión.

—Por favor. Nos haríais muy felices a mi hija y a mí si nos permitís cocinar para vosotros esta noche. De hecho —añadió, conspirador—, hace una noche espléndida para cenar en la azotea. ¿No te parece? Venga, será un placer —reiteró, mirándolos con cierto deseo rielando tras sus pequeñas gafas.

***

Aún inseguro, Ban miró a Elaine.

«¿Qué quieres hacer tú?», preguntó en su mente.

Ella, para su sorpresa, sonrió enseguida y contestó por la misma vía.

«Está claro que este señor te aprecia, Ban. No tengo miedo de que pueda pasarnos algo. Además, su corazón es muy bondadoso. Podemos confiar del todo en él y en su familia, estoy segura».

Ban, rendido, no tuvo más opción entonces que aceptar la oferta del doctor con una sonrisa. Lo único que esperaba, a pesar de todo, era que Elaine no se equivocara.

La casa de Dana era tal y como Ban la recordaba de casi dos años atrás. La consulta y la cocina en la planta baja, el salón y el dormitorio principal en la primera y algunas habitaciones más pequeñas en la segunda. Por regla general, para acoger a pacientes del doctor. Sin embargo, en cuanto los vio aparecer por la puerta, la menuda ayudante de Dana abrió unos ojos como platos y, casi antes de saludar con cortesía, voló escaleras arriba para preparar un dormitorio adecuado a los huéspedes. Senneth, la hija de Dana, asomó enseguida una nariz curiosa por el hueco de la puerta del consultorio. Antes de que su rostro cambiara a uno de total sorpresa y sus generosas formas asomaran del todo al pasillo.

—Vaya, padre. ¿Traes compañía? —saludó en un tono serio, aunque no exento de amabilidad.

Ban, por su parte, hizo un educado asentimiento de cabeza desde su estatura.

—Señorita Senneth, ha pasado mucho tiempo.

La joven le devolvió el gesto con la misma cortesía antes de descender la vista y posarla en Elaine.

—Hola. Creo que no nos conocemos —Senneth se acercó a estrechar la mano de Elaine, que se adelantó y aceptó su saludo.

—Esta es mi hija Senneth —presentó Dana a ambas, antes de que el hada pudiese decir nada—. Senneth, te presento a Elaine, la esposa de Sir Ban.

El rostro de la joven humana cambió entonces a uno de mayor curiosidad, a la vez que una cálida sonrisa parecía abrirse paso entre sus labios.

—Entonces es mayor placer todavía —aseguró—. No podríamos estar más agradecidos al rey Meliodas, a tu marido y a lady Diane de los gigantes por habernos ayudado hace tanto tiempo.

***

Elaine tragó saliva, algo avergonzada por no saber qué responder. Aquello había sucedido cuando Ban había salido de prisión, pero nunca había querido ahondar en los detalles. Sin embargo, se limitó a sonreír en respuesta y a echarse una mano al botón de la capa como un impulso. Algo le decía que en aquella casa su identidad no corría ningún peligro. Aunque no pudo evitar conmoverse cuando Ban, antes de que ella retirara la tela, puso una mano sobre su hombro para frenarla y expuso, en dirección al doctor y su hija:

—Antes de nada, hay algo que ambos deberíais saber… Y que no solemos mostrar en público. Al menos de momento. Y preferiríamos que siguiera siendo así… Fuera de nuestros allegados, claro —aclaró Ban para terminar.

El gesto de Dana se mantuvo más o menos impasible, pero Elaine vio surgir la confusión y el temor en su interior en menos de un segundo. No obstante, aquellos sentimientos fueron sustituidos por una intensa emoción cuando Ban, con mucho mimo, ayudó a Elaine a quitarse la capa del todo. Las alas de la joven resplandecieron en la suave penumbra del recibidor como un presagio de luz y bondad; tanto que el doctor y su hija casi tuvieron que taparse los ojos ante la súbita claridad. No obstante, ambos se recobraron con rapidez y, de un momento al otro, mostraron sendas sonrisas encantadas.

—¡Un hada! —exclamó Dana, incrédulo, alternando la vista entre Ban y su esposa—. Pero… ¿Cómo? Esto…

—Lo sé —interrumpió Ban—. No es nada corriente. Pero os lo explicaremos durante la cena.

De golpe, Dana y Senneth parecieron volver a la realidad y, enseguida, la atención pasó de Elaine a la preparación de cena para cinco. Mientras Ban se ofrecía a ayudar en la cocina –según él mismo arguyó, a modo de pago por la hospitalidad–, Elaine acompañó a Dana y a su ayudante a preparar la mesa en la azotea. Inicialmente, el hada se tensó un poco al tener que separarse de Ban y quedarse a solas con Dana y la otra mujer. Sin embargo, enseguida se relajó al comprobar que no la trataban de ninguna forma especial por ser un hada. Tan solo como tratarían a cualquier otro invitado.

2 comentarios sobre “#FanficThursday: Seven Deadly Sins – “En tiempos de paz” (Capítulo 9)

  1. Bueno, bueno, bueno xD
    Ha sido un capítulo muy lindo debo decir. Recorrer Dalmary un par de años después de todo lo ocurrido debe ser muy importante para Ban, además, ahora en compañía de Elaine tiene otro sabor. Me gusto leer del doctor y su hija que están bien, sumado a que trataron a Elaine como una invitada más y no como “hada extraña”. Pero siendo ese doctor, se sabía que lo haría bien.
    Quiero leer el siguiente para ver si se hace mención que Ban le robo la daga a la hija del doctor xD

    Le gusta a 1 persona

    1. Muchas gracias!! Lo cierto es que, como dices, dos años después es muy diferente para Ban, más después del último año viajando con el amor de su vida. Y Dalmary siempre tendrá un sentido especial para él ☺️ Más sorpresas el jueves que viene!! ❤️ Gracias como siempre por? Comentar!!

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