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#FanficThursday: Step Up (Capítulo 42)

The Only One – Camille&Moose (Step Up Fanfic)

Capítulo 42 – Se acabó la espera (Las Vegas)

Resultado de imagen de nacimiento mellizos pixabay

Para luakinaga, Pierre, Daniella, Danik, Gloria, Mayte, Amanda, Nicole, Estella:

Moose:

Estoy nervioso.

Mucho.

No debería haber venido hoy a bailar. Pero da igual las veces que me lo repita o que intente apartar esa idea de mi mente. Siempre vuelve.

Aunque, pensándolo en frío, debería hacer una semana que no vengo a bailar. No sin cierto sentimiento de culpa, miro por el rabillo del ojo hacia el lugar donde se están cambiando mis compañeros. Tienen razón cuando dicen que esta semana estoy más ausente y que me equivoco más de lo normal –las coreografías, mal que me pese, siguen sin ser lo mío a pesar de los años–, pero también sé que no están siendo todo lo duros que deberían, o que creo que deberían ser.

Hace una semana que Camille salió de cuentas.

Así que… Podéis imaginaros el resto. Ella está irritable, no duerme y no hace más que quejarse de que el dolor de espalda va a acabar con ella; y yo sin dormir, nervioso como un gato enjaulado y sin poder concentrarme en el trabajo porque mi cabeza está pendiente de esa llamada al móvil que nunca llega.

Suspiro y me miro al espejo mientras me ajusto el chaleco y me calo la gorra hasta las cejas. Ahora toca no pensar. Y si sucede, bueno… Pues que sea lo que tenga que ser. Una de las partes malas de este trabajo: que el móvil se queda en la taquilla.

Sean se acerca en ese momento, colocándose su propio sombrero y mirándome de forma muy elocuente.

–¿Sin novedad?

Sacudo la cabeza negativamente con un bufido. Sean intenta animarme poniéndome una mano en el hombro.

–Pronto llegarán, Moose. No te preocupes.

Fuerzo una sonrisa para agradecerle sus palabras.

–Gracias, tío. Lo cierto es que… estamos que no podemos más.

Sean me devuelve el gesto.

–Lo entiendo.

Yo asiento mientras él se va hacia el escenario. En ese momento, una voz dice que faltan diez minutos para que comience el espectáculo. “El show debe continuar, ¿no?”, pienso con cierta amargura antes de mirar por última vez la silenciosa pantalla del móvil. Pero cuando estoy a punto de soltarlo en la bolsa… Vibra y veo su número en la pantalla.

–¿Cam? –respondo con ansiedad en voz baja.

–Mooski, soy yo –responde mi abuela.

Está nerviosa y se me pone todo el vello de punta. ¿Habrá llegado el momento? ¿Qué ocurre? Sé que vinieron ella y popa a estar con Cam estos días por si sucedía, pero, ¿por fin?

–¿Está…? –pregunto cuando recupero el habla.

–Sí, estamos camino del North Vista –me confirma mi abuela.

–¿Cómo está Camille? –pregunto con cierta ansiedad.

Necesito hablar con ella. Necesito saber que está bien para no salir corriendo ahora mismo de aquí.

–Bien, está bien –responde mi baba con algo que parece alegría mal disimulada–. Nos la llevamos para allá. Tú disfruta del espectáculo y ven cuando acabes, ¿de acuerdo?

Parece que hay cierta advertencia en su tono, pero me da exactamente igual. No pienso quedarme aquí mientras mis hijos nacen. Ni de broma.

Por suerte o por desgracia, mis compañeros han escuchado casi toda la conversación. Y lo sé porque cuando cuelgo y me doy la vuelta, casi me pegan un susto de muerte. Todos me rodean y me miran como si tuviera monos en la cara.

–¿Y bien? –pregunta Andie, rompiendo el hielo como siempre.

Y a mí apenas me salen las palabras cuando contesto en un susurro:

–Voy a ser padre –acabo de caer en la cuenta de que es real, por fin es real, y no puedo evitar sonreír como un imbécil–. ¡Voy a ser padre!

Como una marea, todo el grupo chilla eufórico y me rodea en un abrazo colectivo que creo que me va a ahogar.

–Pero, ¿se puede saber entonces qué haces todavía aquí? –me increpa Violet, sacudiendo violentamente su coleta teñida de verde.

–Pero, el espectáculo… –la rebato yo débilmente.

–Tienes algo más importante que hacer ahora, tío –me corta Jason sin violencia y sonriendo ampliamente–. Nosotros nos encargamos. Todo estaba previsto…

–Tiene razón –corrobora Andie dándome un abrazo–. Nos apañaremos sin ti, así que… ¡Largo!

Camille:

Siento como si fuese a partirme por la mitad de un momento a otro. Dios mío, qué dolor. Cada contracción es una tortura y apenas soy capaz de caminar del coche a la silla de ruedas más cercana, ofrecida por una amable enfermera. Tras la cual aparece, como por arte de magia, mi ginecóloga con su sonrisa radiante y sus gafas de colores.

–Camille, me alegro de verte –me dice antes de hacernos señas para que la sigamos.

El abuelo de Moose empuja la silla y Anna me toma de la mano todo el camino. En el coche se ha ocupado de llamar a todos, incluido a mi marido. En parte, me da rabia que los mellizos vayan a nacer justo a esta hora, cuando él está encima de un escenario; pero, ¿quién puede predecir estas cosas? Además, el dolor tampoco me deja meditar mucho sobre ello antes de que me tumben en una cama para valorar mi estado. Por lo visto, la cosa va rápido y me aseguran que entraré rápido al paritorio. Por favor, que sea verdad. Cuanto antes termine este suplicio, mejor para todos.

Y sin embargo, ¿por qué tengo ganas de llorar al pensar que Moose no podrá estar aquí conmigo dándome fuerzas para pasar por el trance?

Cuando pasan los minutos y finalmente entro a la sala donde todo terminará, procuro controlar el llanto y centrarme. La doctora y los enfermeros, un chico y una chica, me dan instrucciones para respirar y acompasarme a las contracciones. Eso facilitará el proceso. Ya me han puesto la epidural a pesar de que en su día rogué por un parto natural, pero creo que con tal de quitarme ese horrible y paralizante dolor, ahora aceptaría cualquier cosa. También estoy conectada por una vía a suero con calcio, ya que la doctora me aconsejó ese paso dada mi dieta vegana.

Pero nada me ayuda más que el grito que escucho al otro lado del pasillo. Una sola palabra que pronunciada por sus labios, me da la vida.

–¡¡Cam!!

Ahora se me vuelven a llenar los ojos de lágrimas, pero es de alegría. Viene vestido para el primer número, como cuando ganamos The Vortex, aunque la gorra la lleva en la mano y veo sus ojos brillar bajo el flequillo rizado. Los médicos intentan detener a mi marido al principio… O al menos, hasta que pronuncia las palabras mágicas mientras me toma una mano:

–Soy el padre –acto seguido, me besa y me dice–. Hola, muñeca. Ya estoy aquí.

Y yo, entre el dolor y la emoción, sonrío como nunca en mi vida mientras ambos entramos en la sala.

Moose:

–Vamos, Cam. Tú puedes. Respira…

Esa frase. He perdido la cuenta de las veces que se la llevo susurrando al oído, pero es cierto que cada vez que empuja y sobre todo cuando grita de dolor, siento que algo se rompe dentro de mí sin remedio. ¿Tiene que ser así? ¿No pueden hacer nada para que no sufra? Me siento impotente, pero hago todo lo que puedo. Una de mis manos aprieta la suya mientras que la otra le sujeta la nuca con todo el amor del mundo. Los minutos se me hacen eternos. Al menos, hasta que escucho a la doctora decir en voz bien alta:

–¡Ya está! ¡El primero fuera!

Como si fuésemos uno, tanto Camille como yo giramos la cabeza hacia ella. En sus brazos sostiene a una criatura berreante y rojiza… que en nuestro estado de shock tardamos unos segundos en asimilar quién es. Pero cuando se acerca para enseñárnosla y nos dice:

–Es una niña.

Ambos nos miramos y murmuramos a la vez:

–Anna…

Pero un espasmo de Camille sobre la cama y un pequeño grito por su parte nos devuelven a la realidad. Esto no ha acabado. Falta uno.

Por suerte, a este no le cuesta tanto salir, pero me preocupa ver a Camille tan agotada. Está pálida, cubierta entera de sudor y cada vez parece tener menos empuje. De hecho, cuando por fin sale nuestro segundo pequeño, Tyler, el chico, apenas tiene fuerzas ya para sostenerlo siquiera cuando nos lo enseñan.

En cuanto los enfermeros empiezan a recoger y veo a mi mujer cerrar los ojos, me preocupo seriamente y la llamo para que reaccione de nuevo. Pero la doctora se acerca en ese momento para decirme que todo ha ido bien, que solo está desmayada y necesita descansar, que enseguida la subirán a la habitación. Para enfatizar sus palabras señala con una mano el monitor de constantes, donde todo sigue parpadeando y entiendo que es una buena señal.

Por ello, salgo al pasillo como me ordenan a dar la noticia a mis abuelos y llamar al resto de amigos y familiares, pero mi mente sigue detrás de mí. Con Camille, en el paritorio, donde hemos compartido la experiencia más terrible y maravillosa a la vez que existe en el mundo.

Camille:

La luz que entra en la habitación hace que, despacio, consiga salir de un sueño profundo del que no recuerdo nada y abra los ojos a la realidad. No me ubico, ¿dónde estoy? En cuanto giro la cabeza, una silueta se acerca a mí y mis dedos notan como otros se entrelazan con ellos. Parpadeo y cuando por fin enfoco a quien tengo al lado, sonrío sin ambages.

–Hey…

–Eh… –responde él en voz baja–. Bienvenida al mundo de los vivos.

Frunzo el ceño y me río, aunque me duele todo el cuerpo y paro enseguida. De repente, los recuerdos empiezan a flotar en la nebulosa que es mi mente ahora mismo, y casi me incorporo de golpe a la vez que digo:

–¡Los niños! ¿Dónde…?

–¡Eh, eh! –me frena Moose con delicadeza mientras mira detrás de él. Yo sigo su mirada y me relajo, a la vez que se me llenan los ojos de lágrimas. Allí están los dos. Y cuando me los pasa con infinito cuidado, soy incapaz de creerme que realmente estén ya con nosotros–. Como ves, los niños están perfectamente, cuidados por papá –sonríe con orgullo mal disimulado.

Yo me río como una boba antes de que él se acerque para besarme. Nos quedamos así, con las frentes juntas, hasta que uno de los dos bebés –por la ropita presumo que Anna– empieza a hacer aspavientos y a agarrarse de mi camisa. Tyler no tarda en seguirla y Moose extiende los brazos para intentar devolverlos a su cuna. Pero yo tengo otra sospecha en mente y lo freno sin brusquedad. Aunque es cierto que su cara no tiene precio cuando le digo:

–Suéltame el camisón, cielo, hazme el favor.

Al principio no entiende lo que quiero. Mira alternativamente a la puerta y a mí, como si pensara que me va a desnudar, va a entrar alguien por la puerta y va a ser el escándalo mayor del reino. De ahí que termine aclarándole:

–Cariño… Tienen hambre.

Momento en que su boca forma una “A” perfecta y con las mejillas de color granate y mirando de vez en cuando a la puerta, hace lo que le pido y por fin –por primera vez en mi vida– puedo dar de mamar a las dos fierecillas que protestan en mis brazos. Madre mía, esto sí que no podéis imaginaros el alivio que supone. Jamás lo hubiese imaginado.

Casualmente, cuando estoy en medio del proceso, entra la ginecóloga y mi marido me dirige una mirada elocuente como de “te lo avisé”. Pero prefiero tomármelo con naturalidad y más cuando veo que a ella le satisface verme despierta y en tan plena forma.

–Vaya –comenta–. Es sorprendente lo rápido que se han hecho a ti. Suelen tardar algo más –revisa su carpeta de notas–. ¿Cómo te encuentras?

-Bien –aseguro antes de añadir–. Con hambre, yo también.

La médico se ríe y nosotros la secundamos, pero paramos en cuanto veo que tenemos a nuestra primera visita. Tyler, Nora y los abuelos de Moose. Detrás de estos, tímidamente, se asoman mis suegros. A pesar de las disculpas en la boda, la situación no ha vuelto a ser la misma desde aquella pelea navideña. Sin embargo, aprovechando además que los mellizos están saciados, mientras un enfermero va a encargar mi comida, los recibimos a todos con besos y abrazos por igual.

Anna se echa a llorar al tener a su bisnieta y tocaya en brazos; Tyler parece que se lo toma con más filosofía de tío enrollado y le habla al suyo sin parar. Kinney, mi sobrinito, apenas se despega del pantalón de su madre, al menos hasta que Moose se hace cargo de la situación y le hace señas de vez en cuando mientras comenta con Nora y sus padres cómo ha ido todo.

Mi suegra se sienta a mi lado y me toma una mano, toda ella resplandeciente del orgullo que da saberse abuela. Mi suegro me mira de vez en cuando y sonríe, pero ambos sabemos que lo nuestro tardará más en cicatrizar.

De hecho, cuando les toca el turno de coger a sus nietos, me tenso sin quererlo. Pero Moose, sabiendo lo que pasa por mi cabeza, me echa un brazo tras la espalda y me sonríe, alentador. Le devuelvo el gesto y procuro seguir siendo simpática a pesar de lo cansada que estoy. Imagino que esto será cuestión de tiempo, que pronto volveré a estar bien. Aunque, ¿acaso puedo pedirle más bendiciones a la vida?

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