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#FanficThursday: Step Up (Capítulo 34)

The Only One – Camille&Moose (Step Up Fanfic)

Capítulo 34 – ¿Desperdiciando mi vida? (Los Ángeles)

Navidad

Para Rachel

A pesar de las dos horas de retraso del vuelo y de que todavía hace bastante frío en Los Angeles –hemos pasado un invierno agradable en Las Vegas, lo admito, pero salir del desierto supone casi volver a la dura realidad del variable clima estadounidense– Camille y yo llegamos con apenas diez minutos de retraso al porche de la casa de mis abuelos. Está situada cerca de la playa, con unas vistas espléndidas de la bahía de Santa Mónica. Me encanta este lugar, me ha gustado siempre y tengo buenos recuerdos: veranos sin preocupaciones bañándome en el mar, cenas al borde de la arena… Como si adivinase mis pensamientos –estoy sonriendo como un idiota así que no debe ser difícil– Camille me toma la mano e imita mi gesto. Yo le paso el brazo por los hombros y beso su sien antes de subir el primer peldaño.

En el interior, como imaginaba, huele magníficamente. Creo que mi abuela ha vuelto a hacer bolas de cabrito y no puedo evitar soltar una risita al recordar la cara que puso Sean al saber lo que eran. Camille, por otro lado, lleva el morro ligeramente fruncido dado el desagrado que le produce el olor de la carne cocinada, pero enseguida muestra una amplia sonrisa en cuanto mi abuela sale de la cocina para recibirnos con los brazos abiertos.

–¡Mis niños! –nos dice con orgullo manifiesto antes de abrazarnos y besarnos las mejillas casi al unísono–. ¡Cómo os he echado de menos! ¿Qué tal por Las Vegas?

–Muy bien, baba –respondo en el mismo tono–. No ha hecho apenas frío este invierno, pero igualmente se agradece trabajar a cubierto– bromeo acto seguido.

Ella se ríe y enseguida aparece mi abuelo para saludarnos también. Sin embargo, se me eriza el vello de la nuca cuando percibo que hay dos personas que deberían estar por aquí y no han hecho acto aún de presencia. En efecto, ambos nos están esperando en la cocina. Mi madre, con una sonrisa que parece algo forzada –o mis nervios la perciben así, al menos–, se acerca para saludarnos. Pero mi padre permanece apoyado en la encimera. Y francamente, si las miradas matasen, creo que ahora mismo yo sería un montón de cenizas en el suelo de la cocina. Casi no hemos hablado desde que me fui a Las Vegas hace casi tres meses a trabajar. Lo que sí sabía de antemano era que el hecho de abandonar mi trabajo como ingeniero no le iba a hacer ninguna gracia.

–Veo que al final habéis podido venir –comenta como de pasada.

El cuadro, si no se pudiese cortar la tensión con un cuchillo, sería casi cómico. Los seis en la cocina haciendo un círculo, con mi padre y yo enfrentados en extremos opuestos de la habitación.

–Robert, por favor… –le pide mi madre a mi padre.

Pero él, desgraciadamente no parece escucharla. Y yo tampoco estoy dispuesto a organizar una batalla por una nimiedad.

–Déjalo, mamá –le indico sin volverme hacia ella y sin despegar tampoco la vista de mi padre–. Ya sabía que no lo entendería.

Me quiero dar la vuelta para salir de la cocina, pero su risa bronca me retiene.

–Claro que no lo entiendo, Robert –aprieto los puños al oír mi nombre de pila, pero me contengo de contestar enseguida. Quiero saber lo que tiene que decir. Lo cual casi hace que pierda el poco autocontrol que me queda–. Habría que estar loco para entender una decisión así.

Por el rabillo del ojo veo cómo Camille se lleva una mano a la boca con un gemido. Mi madre, por su parte, intenta seguir suavizando los ánimos.

–Robert, por favor –repite en tono de súplica–. Hoy no es el día… y lo sabes.

Ante lo que mi padre alza la cabeza y, sin mudar el semblante, replica:

–Para una vez en meses que mi hijo se digna a presentarse ante mí, creo que sí es el momento.

Camille ha bajado la mano y abre la boca para protestar, pero yo se lo impido con un movimiento suave del brazo. Ella me mira como si no entendiese nada, pero comprende enseguida mi petición silenciosa. No quiero que vea esto. Y mi abuela, intuyendo igualmente lo que quiero, la toma con delicadeza de la mano y se la lleva fuera de la cocina. Mi abuelo los sigue, no sin antes enviar una mirada de advertencia a mi padre que este parece ignorar. Solo queda mi madre como espectadora, pero ella se niega a irse.

–Sabes que eso no es justo, Robert –impreca a mi padre, dolida.

–No, no lo sabe –interrumpo yo entonces, para sorpresa de ambos.

Cuando se repone de la sorpresa, mi padre muestra finalmente todo su enfado.

–¿Cómo te atreves, desagradecido? –explota, sin importarle el tono de voz e ignorando la petición de mi madre para que no grite–. Renunciamos a todo para que tú lo tuvieras todo. No para que… –hace un gesto despectivo que me duele más de lo que soy capaz de admitir– malgastases tu vida.

Su declaración es como una patada en el estómago. Malgastar mi vida… Qué equivocado está.

–Claro –aseguro con ironía, ante su sorpresa. ¿Qué pensaba? ¿Qué iba a arrodillarme para pedirle perdón y a volver al redil como una ovejita descarriada? Lo lleva claro–. Así que… Si estoy trabajando en algo que me gusta, ganando y ahorrando suficiente dinero como para no preocuparme por llegar a fin de mes y además voy a casarme dentro de un año… Sí, supongo que estoy malgastando mi vida, papá.

Y sin hacer caso del gesto de perplejidad absoluta de mis dos progenitores ante la noticia de mi boda, me doy la vuelta y salgo de casa pegando un portazo. Me tiemblan los brazos y, por ello, decido apoyarme en el porche y cruzarlos. Estoy… ¿decepcionado? Sí, creo que esa es la palabra. No puedo creerme que mis padres, a pesar de todo, no sean capaces de alegrarse por mí y de ver que realmente soy una persona independiente. Y sí, pensábamos decirles que nos casábamos a medianoche pero… Sacudo la cabeza, derrotado. Todo se ha torcido. Y lo único que deseo es salir de aquí cuanto antes.

En ese momento, mi madre aparece por mi espalda y me apoya una mano en el brazo, pero apenas tengo fuerzas para levantar la cabeza y mirarla a la cara.

–Moose –me llama, haciendo que se me parta el alma. Nunca me han querido llamar así, ¿y ahora sí? –. Cielo, sé que estás enfadado, pero entiende la postura de tu padre. Solo quiere lo mejor para ti…

Aprieto los puños y aparto de nuevo la mirada.

–¿Y no puede darse cuenta de que ya lo tengo? –mascullo, procurando no llorar yo también.

En ese instante, mi madre me abraza del todo. Y yo, tras un milisegundo de duda, le devuelvo el gesto.

–Te queremos, Moose. No lo olvides nunca.

No estoy para esto por lo que despacio, me separo de ella, musito un “gracias, mamá” y me encamino al interior de la casa. Sin mirar casi hacia la cocina, opto por subir directamente a la habitación. Y se me parte el alma al ver a Camille allí. Está vuelta hacia la ventana, sentada en el alféizar, y cuando me mira compruebo que ha estado llorando. Cuando se levanta, me acerco a ella y la abrazo con amor infinito. Es lo que sostiene toda mi vida, pero no necesito nada más. Así que, tras besar sus párpados húmedos, murmuro con todas mis emociones contenidas en cuatro palabras:

–Feliz Navidad, mi amor.

Porque si estoy con ella, la Navidad siempre será feliz. No importa lo que suceda.

Eso sí, mañana volvemos a Las Vegas sin mirar atrás.

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