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#FanficThursday: Step Up (Capítulo 26)

The Only One – Camille&Moose (Step Up Fanfic)

Capítulo 26 – Te echo de menos (Los Ángeles)


Moose:

Paso. Giro. Flow hacia el lateral. Manos arriba, paso pie derecho, paso pie izquierdo. Giro de nuevo y saco las llaves del bolsillo haciéndolas volar un momento en el aire. Mis labios tararean Get Down de Busta Rhymes y Timbaland mientras giro la cerradura y empujo la puerta para entrar en el apartamento. Me quito los auriculares con ambas manos y disparo las deportivas hacia el rincón de las zapatillas con un par de patadas.

–¿Holaaa? ¿Cam? –llamo, sin obtener respuesta.

Algo preocupado, entro despacio en el apartamento. No quiero creer que haya pasado nada, menos siendo el nuestro un barrio tranquilo, pero la súbita mezcla de miedo y preocupación hace que casi no quiera encontrarme lo que sea que hay en el salón. Es algo con lo que muchos americanos convivimos, para bien o para mal.

Para mi relax, Camille solo está absorta en su portátil, sentada con las piernas cruzadas sobre el alféizar del mirador. El motivo de que no haya respondido a mi llamada es que tiene unos auriculares enormes sobre los oídos. Cuando me acerco, levanta la cabeza, se retira los cascos y sonríe.

–¡Ey, ya estás en casa! –me saluda antes de que nuestros labios se unan.

Madre mía, está tan preciosa así, a la luz del atardecer que quiero hacer una locura. De fondo, escucho la música que sale de sus auriculares aún conectados a Spotify. Algún tipo de cantante pop extranjero con buen inglés que no reconozco. Camille y yo para eso somos muy diferentes: yo, por ejemplo, soy de novedades y me canso rápido. A ella le gustan más los clásicos e incluso explorar artistas de otros continentes, sin una temática definida.

–¿Cómo ha ido el ensayo? –me pregunta cuando nos separamos para tomar aire.

Recoge las piernas y yo aprovecho para sentarme a su lado.

–Bastante bien, ha sido genial volver a reunirlos a todos –me río–. Casi diría que no me importa entrar dos horas antes a McGowan con tal de poder hacer esto.

Cam sonríe y yo me siento el hombre más afortunado del mundo. Ahora mismo tengo exactamente lo que deseo en la vida, no puedo pedir más. Bueno, ganar The Vortex, pero creo que eso ahora está demasiado lejos. Bastante será que nos acepten el vídeo…

–¿Cuándo tenéis que entregar la demo? –me pregunta mi novia como si me leyese la mente, cosa que a veces creo que hace.

–En una semana –respondo, sin poder evitar temblar por unos nervios repentinos–. Creo que la coreografía está quedando genial…

–¿Peeero? –me aprieta ella sin maldad.

Lo malo es que no sé cómo decirlo.

–¿Y si luego no sale bien? ¿Y si no les gusta?

Lo confieso: a pesar de tener una vida asentada y feliz, desde que Sean me propuso participar en este proyecto, aparte de la emoción y la adrenalina de volver a expresarme de la forma que mejor se me da, también vuelvo a tener las ansiedades de hace años. ¿Saldrá bien? ¿Ganaremos? ¿Y si los demás son mejores, y si no somos lo suficientemente originales? Pero también debo decir que la sonrisa de aliento que me dedica Camille siempre que salto con estos negros pensamientos es la mejor de las gasolinas para seguir adelante.

–Sois un gran equipo, os entendéis y sois excelentes bailarines –me anima–. Estoy segura de que todo irá bien.

Yo procuro sonreír, pero es cierto que hay algo más. Algo que nunca me atrevo a decirle en estas ocasiones.

–Te echo de menos –digo, sin embargo, no pudiendo frenar mi lengua a tiempo.

Como sabía que sucedería, Camille traga saliva y baja la vista un segundo para después forzar una sonrisa.

–Al menos uno de los dos ha decidido mantener viva esa chispa, ¿no? –me dice.

Y aunque los dos sabemos que eso no consuela, he aprendido a respetar que Cam no quisiera volver a bailar, que prefiriese centrarse en el otro lado de su vida: la escritura, la literatura, la edición… A veces reconozco que la envidio por haber sido capaz de dejar atrás el incierto mundo del baile en pro de una vida cómoda y segura, pero otras veces…

En fin, no es momento de lamentarse. Ambos nos queremos, respetamos y entendemos el camino que ha escogido cada uno, queriendo apoyarnos mutuamente en cada recodo tanto si vienen mal dadas como si vienen buenas. Por ello, la beso de nuevo, me incorporo y pretendo dirigirme a la cocina para preparar la cena. Pero antes de que pueda hacerlo, ella me retiene con una mano, se levanta, me abraza y me besa de una manera que me hace estremecer. Siguiendo el juego, apoyo su espalda contra el hueco entre dos ventanales y atraigo su cuerpo hacia el mío. Otro tipo de hambre se ha apoderado de nosotros.

–¿Quieres un baile privado? –me pregunta Cam entonces, juguetona y disparando todos mis sentidos–. Sabes que con eso no tengo problema ninguno…

Idiotizado totalmente por sus encantos, asiento y la cojo en brazos, con sus piernas rodeando mi cuerpo. Ya en la habitación, rendido totalmente a ella, dejo que cumpla con su promesa hasta que ambos caemos derrotados sobre el colchón. Solo entonces, viendo ya anochecer al otro lado de la ventana, susurro:

–Gracias, Camille. Por todo.

Ella se gira hacia mí.

–Por ti, lo que sea, ya lo sabes –me asegura en un susurro junto a mis labios–. Te quiero.

Sonrío.

–Y yo a ti, Cam.

Estoy a punto de besarla de nuevo, emocionado, cuando nuestros estómagos protestan casi a la vez. Hay hambre.

–Venga, vamos a hacer la cena –me dice mientras nos levantamos.

Pero yo soy más rápido y guiño un ojo antes de asegurar:

–Sí, pero hoy me toca a mí.

–¡Venga ya! –se burla sin malicia–. Sabes que te doy mil vueltas en la cocina.

–Vale, ¡pues atrápame si puedes! –la reto, saliendo disparado hacia allí.

Cuando me alcanza, medio vestida como yo, nos reímos al intentar alcanzar los cacharros, las especias y la comida a la vez. Pero, qué queréis: es nuestro genial día a día y no lo cambiaría por nada del mundo.

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