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#FanficThursday: Step Up (Capítulo 11)

The Only One – Camille&Moose (Step Up Fanfic)

Capítulo 11 – ¿Qué ha cambiado, Camille?  (Baltimore)

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Hoy no tengo ninguna gana de ir a clase. He pasado toda la noche dando vueltas en la cama y esta mañana he estado a punto de fingirme enferma para librarme de aparecer por aquí. Pero mi madre, tras descubrir el engaño y preguntarme qué sucedía sin respuesta por mi parte –no tenía ganas de dar explicaciones, realmente– me ha obligado a venir.

–¿Quién te manda, Camille? –mascullo entre dientes mientras cierro la puerta de la taquilla de un golpe.

–Eso me gustaría saber a mí –dice alguien entonces a mi izquierda, haciendo que pegue un bote. La boca se me seca al girarme y verlo con un brazo apoyado sobre la fila superior de taquillas. Parece tranquilo, pero sé leer en su rostro como en un libro abierto. Está molesto conmigo y lo peor es que tiene toda la razón del mundo. No me siento capaz de responderle. Solo nos miramos, igual que ayer. Al menos hasta que él suspira y aparta la vista–. ¿Por qué, Cam?

Eso me gustaría saber a mí también.

–Moose… Lo siento, yo… –las palabras se me atascan en la garganta debido a la vergüenza. Cierto que es un secreto que jamás le había confesado a nadie, casi ni a mi familia de acogida, pero él… Aprieto los labios y bajo la cabeza, hundida. No tengo excusa. Y aun así, emito un débil–. Es algo que jamás le he dicho a nadie.

–¿Ni siquiera a mí? –replica, dolido–. Tú descubriste mi secreto y lo compartí contigo. ¿Por qué…?

Frena en seco, sin terminar la frase, pero no hace falta. Ya me siento bastante mal al respecto.

–Lo siento, ¿vale? –me disculpo sin acritud–. Además, es algo de antes de conocerte. O bueno, de la época en que… –bufo, desesperada por obtener una reacción por su parte–. Lo sé, lo siento. Debería habértelo dicho.

Él sacude la cabeza, aún molesto, y no puedo culparlo. Pero una parte de mí desearía que aceptase las disculpas y todo volviese de inmediato a la normalidad. Por desgracia, la vida no es una película en la que todo acaba bien.

–Entonces, ¿vas a actuar en Navidad aparte de nuestro número de Street y el de ballet y… y no pensabas contármelo?

Patidifusa, abro muchísimo la boca y los ojos mientras subo la cabeza hacia él. ¿Cómo…?

–¿Q… Qué? ¿De… De qué estás hablando? –balbuceo.

Francamente, acabo de perderme. ¿Qué narices…? Pero él resopla y hace una mueca como si la respuesta fuese evidente.

–¿Te escondes para ensayar y esperas que crea que no sabes de qué te hablo? –me acusa–. ¿Qué ha pasado entre nosotros, Camille Anne Gage? ¿Qué ha cambiado?

Boqueo, perpleja a más no poder y algo molesta porque use mi nombre completo como arma arrojadiza. De hecho, casi me darían ganas de reír si no fuese porque lo que amenaza por desbordar mis párpados son lágrimas, y no de felicidad precisamente.

–Moose, el hecho de que… me gusta cantar, no lo sabe nadie y nadie jamás debería saberlo –me encojo sobre mí misma–. No quiero que nadie lo sepa. Es algo mío para mí, y punto.

Ahora el que parece sorprendido es él.

–Pero, ¿por qué? –se acerca un paso y me mira con una intensidad que hace arder mis mejillas a toda potencia–. Cam, lo de ayer… tu voz…

–Es mía, Moose. Para mí –recalco, asustada del rumbo que parece estar tomando la conversación. Ya no parece enfadado, pero no sé si su repentino interés por mis dotes vocales es preferible o no–. Cantar para otros… Me da vergüenza. Mucha –sacudo la cabeza y retrocedo un paso–. No puedo.

Entonces hace algo que no espero. Se acerca más que nunca y susurra sobre mi pelo:

–¿Y te daría vergüenza destronar a Cathy?

Brinco instintivamente, como si me acabase de picar una víbora y con los ojos como platos.

–¿De qué me hablas? –recelo.

Pero él no está dispuesto a claudicar en su plan, por descabellado que parezca ser.

–De que si puedo quitarle protagonismo a esa princesita el día de la gala de Navidad –masculla en un tono que casi me asusta–, juro que lo haré como sea.

Tras reponerme de la sorpresa, río con sarcasmo.

–Me siento utilizada… –lo acuso sin maldad.

Pero él sigue mortalmente serio y prefiero callarme. Esta es una cara de Moose que no reconozco y que, francamente, no sé si quiero seguir viendo. ¿Dónde está mi mejor amigo? ¿El risueño, el espontáneo? ¿Qué lo ha convertido en esta criatura vengativa que tengo ante mí? Por desgracia, conozco la respuesta solo con sumar dos y dos. Y eso me hace tomar una decisión irrevocable. Lo toma o lo deja.

–Está bien –acepto, pero antes de que se emocione añado–. Con una condición, eso sí.

Él tuerce un poco el gesto y entrecierra los ojos como si sospechase lo que voy a pedirle, pero asiente. Mejor para mí.

–Que esa sombra llamada Sophie Donovan –pronuncio lentamente su nombre, cerca de su rostro, ignorando el ramalazo de dolor que lo atraviesa al escuchar esas dos palabras– que te impide sacar todo tu potencial a la luz, se vaya a la porra en canoa desde este mismo momento. ¿Queda claro? Y me da igual si está delante de nosotros el día de la gala, me importa un maldito comino lo que diga o haga. Si quieres hacer algo ese día, es para nosotros, ¿de acuerdo? Y para nadie más.

Casi puedo ver los engranajes de su cerebro girando mientras nos sostenemos la mirada. Estamos muy cerca, más que nunca. Pero lo último que deseo ahora mismo, aunque suene extraño, es dar rienda suelta a mis sentimientos. Esto es una negociación sin cuartel. Y pienso ganar; algo que consigo unos segundos después cuando Moose aparta la vista y musita:

–De acuerdo –pero justo después muestra media sonrisa socarrona que me hace imitarle–. Aunque creo que para esa canción vamos a necesitar más gente…

Finjo meditar.

Streetdancers representando un vals… Suena prometedor.

Ante lo que él cambia el gesto a otro mucho más misterioso.

–Créeme ­­–asegura– cuando te digo que te vas a sorprender de lo que son capaces de hacer…

Agradecida de que la tormenta haya pasado, sonrío, entre nerviosa y triunfante. Creo que en el fondo hubiese aceptado de todos modos su propuesta, pero ambos necesitamos que él suelte ese lastre. Y ya no solo por lo que pueda sentir por él.

Es porque él vale mucho más de lo que cualquier Sophie Donovan de tres al cuarto quiera concederle. Y estoy dispuesta a abrirle los ojos al precio que haga falta.

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