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#FanficThursday: Step Up (Capítulo 9)

The Only One – Camille&Moose (Step Up Fanfic)

Capítulo 9 – Estoy celoso, ¿y qué? (Baltimore)

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Cerca de Navidad…

Para “Invitado” (anónimo):

Moose:

La música hace reverberar los cristales de la ventana junto a la que me encuentro. Al otro lado, los bailarines se mueven en movimientos llenos de gracia y elegancia, al son de una melodía sin palabras y cargada de violines que debo reconocer con cierta vergüenza que no sé cuál es. Sin embargo, unos segundos después la tonada cambia y pasa a ser suave, con un fondo de piano que, sin quererlo, hace que se me pongan los pelos de punta. Aunque a ello contribuye bastante el hecho de que una pareja sale de entre los bailarines y comienza a ejecutar otra serie de pasos más íntimos. Aprieto los puños con fuerza, haciendo un esfuerzo por no apartar la vista. Aunque solo sea por verla a ella bailar.

Jamás soñé, aquel lejano día en el patio del colegio, que aquella mocosilla con coletas y un chándal demasiado grande para ella llegaría a ser el elegante cisne que ahora otro levantaba en sus brazos. El sol se refleja en su cabello oscuro, sus ojos miran hacia un punto del suelo que hace que sus pestañas contrasten con la pared amarilla del aula. Tentado estoy de darme un bofetón cuando me percato de por dónde van mis pensamientos, pero la bilis que me sube por la boca del estómago es más poderosa que cualquier razonamiento lógico. Porque, por un absurdo instante –o no tan absurdo, según se mire; al fin y al cabo, yo también bailo aunque sea a otro nivel- deseo con todas mis fuerzas ser yo el que la esté sosteniendo, el que rodee su cintura con el brazo, el que la tome de las manos, sostenga su mirada y sienta la electricidad de una intimidad sin precedente entre nosotros al sostener sus manos. Absurdamente –otra vez- pienso que sería capaz hasta de ponerme mallas. Sacudo la cabeza. No. Eso ni bajo tortura.

Como un masoquista, no soy capaz de apartar la vista de ellos. Ni siquiera soy consciente de que cuando la pieza acaba y Camille se separa de su “acompañante”, suelto todo el aire de golpe como si hubiese estado un minuto entero bajo el agua; pero a la vez siento esa anticipación conocida del momento de encontrarme con Cam: volver a ser nosotros dos, unidos contra el mundo. Y entonces es cuando algo frío y resbaladizo como una serpiente se enrosca en la base de mis costillas, haciendo casi que tenga náuseas. ¿Y si…? “No, Moose”, me obligo. “No pienses esas cosas. Camille es tu mejor amiga, nada más”. No importa lo que haya pensado alguna vez, ni siquiera aquello que cruzó por mi cabeza cuando se fue a Nueva York. No es una buena idea, razono. No quiero dar al traste con mi relación con ella. Mis celos se limitan a lo de siempre: ojalá tuviese más talento bailando y pudiese acudir con ella a la representación de Navidad, aparte del montaje que tenemos con Andie y los chicos. Sí: por suerte, Camille se apuntó de inmediato y eso me permite verla aún más.

Sacudo la cabeza y cuando veo que los primeros alumnos salen del aula, me giro como por instinto hacia la ventana. ¿Qué me está pasando? De repente, las manos me sudan y estoy respirando más fuerte de lo normal. “Estás confundiendo términos, chaval”, me digo. “No está bien. No está bien…”

Me lo repito varias veces mentalmente, tratando de convencerme de ello. Pero su mano en el hombro es como una descarga que me devuelve al mundo real. Trato de sonreír, pero su mismo gesto desaparece en cuanto nota que algo me pasa. Como si no nos conociéramos…

–Oye, ¿estás bien? –me pregunta al tiempo que se coloca bien la mochila sobre los hombros.

–Sí, claro –intento quitarle importancia mientras miro de nuevo hacia la ventana–. Estaba… en mi mundo. No te preocupes.

No sé si se lo cree, pero parece que lo deja pasar.

–Vale –claudica antes de que le brillen los ojos de nuevo–. ¿Vienes a comer? Estoy famélica –asegura.

–Sí, vamos –acepto de inmediato. No quiero seguir pensando como lo hacía hace unos minutos y prefiero que Camille no siga indagando. Y aun así, mi estúpido cerebro parece haberse aliado con mi boca para quitarme el filtro de la sensatez y termino confesando–. Te he visto bailar… ahí dentro –hago un gesto elocuente hacia el aula que dejamos atrás y me sorprende ver cómo ella agacha la cabeza y se pone roja como un tomate, por lo que añado–. Has estado genial, de verdad.

“¿Quieres cerrar la boca?”, me increpa una voz mental. Pues mira, no, no quiero. Ahora busco entender el porqué de su reacción.

–Gracias –Cam se pasa un mechón por detrás de la oreja, aún cohibida–. Aun así, los ensayos no van tan bien como deberían.

Mientras cogemos nuestras bandejas y buscamos sitio en el comedor –ahora ya hace frío para estar en el patio- me cuenta los progresos de la coreografía y me suelta un montón de términos de danza en francés, de los cuales entiendo la mitad por habérselos escuchado a Collins. De nuevo, la bilis sube por mi estómago al pensar que nunca llegaré a ese nivel. Y como soy un pésimo mentiroso, al menos en lo que a mi cara respecta, sé que Camille ha detectado mi malestar en cuanto se interrumpe y me pregunta de nuevo si estoy bien. Y yo, como un idiota, voy y pregunto:

–¿Te gusta Russell?

Camille:

Casi se me cae el tenedor al suelo de lo patidifusa que me quedo al escuchar su pregunta. Lo miro, sospechando, pero está bastante serio y eso me provoca un escalofrío tan fuerte que creo que ha debido ver temblar mi cuerpo. ¿Russell? ¿Mi compañero de baile que es totalmente gay? ¿Es que se ha vuelto loco de remate?

Pero cuando solo se queda expectante frente a lo que yo tenga que decir, tengo que hacer varios intentos para que la voz me salga.

–¿Qué? –soy finalmente capaz de vocalizar–. ¿Por…? ¿Por qué me preguntas eso?

Intento que mi cara ilustre lo absurda que suena su pregunta y él aparta la vista, colorado como nunca en la vida. Lo observo unos segundos con los ojos entrecerrados por la sospecha. ¿Es posible que…? “No, Cam, no sigas por ahí”, me recomiendo con un vuelco del corazón. “No es sensato”. Lo que me lleva finalmente a tratar de ironizar la situación.

–No, pero he oído que los bailarines de Street son su punto débil –me río con fuerza sin poder evitarlo al ver que él sí suelta los cubiertos del susto, haciendo que repiquen con fuerza sobre la bandeja. Preocupado, mira a su alrededor, pero solo un par de cabezas se han vuelto hacia nosotros para olvidarnos acto seguido. Ni Andie, ni Chase ni nadie de Las Calles está por aquí de momento–. Vamos –lo pincho con una ceja enarcada, divirtiéndome como nunca–. ¿Me estás diciendo que no lo sabías?

Moose:

Sin duda… Este tiene que ser el momento más bochornoso de mi corta vida. ¿A santo de qué venía preguntarle eso a Camille? ¿Y a mí qué me importa? Es mi mejor amiga, casi mi hermana, pero… ¿no debería alegrarme si le gustase alguien o empezara a salir con otra persona? El retortijón que sacude mis entrañas es una respuesta desagradable en la que no quiero ni pensar, pero su voz me saca rápidamente a flote y me obligo a negar con la cabeza. Ella hace una mueca de comprensión y se vuelve a reír por lo bajo, consiguiendo que mis mejillas alcancen la temperatura de un horno nuclear, más o menos. Pero lo que más me pilla de sorpresa es su siguiente pregunta:

–¿Y a ti? ¿Hay alguien que te guste de la Escuela?

Como un fogonazo, una única imagen cruza por mi mente y me deja clavado en el sitio. Si mi corazón pudiese romperse de verdad, ahora mismo tendría una bonita brecha. Una que pensé que la llegada de Camille ayudaría a cicatrizar. Aparto la mirada para que no vea que mi cara se ha convertido casi en un cuadro de la Dolorosa, pero me conoce demasiado bien.

–Perdona, Moose –se disculpa en una centésima de segundo–. No recordaba que… Bueno…

Despacio, me obligo a respirar hondo y a volver a mirarla. Su rostro es la viva imagen de la vergüenza y la tristeza. No soporto verla así. Por lo que, casi sin pensar, tomo la mano que apoya junto a la bandeja con la mía y me obligo a sonreír, aunque sigo muy triste.

–No es culpa tuya –aseguro en voz baja. Jamás imaginé que el recuerdo de Sophie me dolería tantísimo, pero ahí está. Clavada hondo en mi alma y mi corazón. Todo en esta Escuela me recuerda a ella…–. Sophie fue… –jamás he hablado de esto con nadie y me cuesta horrores, pero al final consigo vocalizar–. La primera… y la única hasta la fecha. Pero lo superaré.

Camille:

Intenta parecer entero, pero casi puedo ver su destrozo interno en cada curva de sus sonrisas, en cómo frunce el ceño o en cómo rehúye mi mirada de vez en cuando. “Idiota”, me reprendo sin piedad. “¿No sabes mantener la boca cerrada?”. Pero me sorprende aún más cuando me pregunta a mí cómo lo hice en Nueva York. Cómo superé mi ruptura con Tim.

Resoplo.

–Tampoco fue fácil, pero terminamos asumiendo que la cosa no podía seguir. Él… –me humedezco los labios. Cierto que Tim también fue mi primera vez para todo, incluso para estar con alguien, pero creo que la distancia me ha hecho tomar perspectiva del asunto. Moose, en cambio, ve el fantasma de Sophie en todos lados y con razón– se quedó en Nueva York y por lo visto ya tiene una nueva conquista –Tyler, que seguía cruzándose en su camino de vez en cuando, había oído rumores de ese hijo de magnate metido a bailarín que estaba estrenando todo lo posible y más en Broadway–. Lo siento, Moose, de verdad.

Para mi alivio, él sonríe con un poco más de ganas. Pero su siguiente petición, tras uno o dos minutos de comer en silencio, es lo que termina de desarmarme por completo.

–Aun así, quiero que hagamos una promesa –afirma, tendiéndome una mano–. Si algún día volvemos a estar con alguien, o nos atrae… Juremos que eso no afectará a nuestra amistad.

Yo trago saliva. Amistad. Sí, supongo que de momento puedo convivir con ello. No puedo confesarle la verdad, aún no. Por ello, estiro mi mano y se la estrecho, sellando un pacto que procuraremos mantener para toda nuestra vida.

(Canción: “River flows in you”, Yiruma).

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