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#FanficThursday: Step Up (Capítulo 1)

¡Hola gente! ¡Estamos de vuelta!

Tras meditarlo y vistos los resultados de la encuesta de Instagram sobre si debería subir o no al blog los capítulos del fanfic de “Step Up”: “The Only One – Camille&Moose”, aquí empezamos una nueva sección que serán los #FanficThursday. Durante todo este primer año haremos la prueba subiendo cada jueves un capítulo de este fanfic, que son exactamente 58 capítulos (52 semanas). Considerando, como sabéis, mi chasco mayúsculo en Wattpad y viendo que Fanfiction.net tiene una popularidad moderada, me animo a subíroslo por aquí a ver qué os parece 😀 Son capítulos semi-independientes pero con cierta continuidad temporal. Empezamos por los previos a la primera película, y seguimos el durante de la segunda, la tercera, la cuarta y la quinta, terminando con los post de la quinta. Cada capítulo llevará indicada la ciudad en la que se ambienta 🙂

The Only One: Camille&Moose© (Step Up One Shots)

Fanfic por escenas basado en Camille y Moose, dos personajes de la saga Step Up y mis favoritos.

Porque mientras ambos bailan al final de Step Up: All In, ¿qué piensa la joven Camille, la más reciente incorporación al equipo, al bailar frente a frente con el amor de su vida?

Este y muchos otros momentos, aquí, en “The Only One”;. Narrados por Camille o por Moose 🙂 

SafeCreative nº 1606078096342

***

Capítulo 1 – El comienzo de todo (Baltimore).

16 años atrás…

El suave ronroneo del motor del coche me mantiene en una especie de trance que desearía que fuese eterno. Pero claro, en algún momento deberé enfrentarme a la realidad y soy consciente de ello a pesar de tener solo ocho años. Como un vicio adquirido desde hace años, me enrosco los dedos de una mano en una de mis coletas, insegura. Cierto es que el hecho de haber conseguido por fin asentarme en una casa de acogida pone punto y final a una época infernal en mi vida, pero… ¿qué va a pasar en el colegio? ¿qué voy a hacer aquí sola?

El coche se acaba de parar y mi nueva mamá me mira, como si con eso pudiese empujarme hacia la puerta del edificio de color blanco que se levanta al otro lado de la acera. Me retuerzo en el sitio. No quiero bajar.

-Venga, Camille -me anima-. No puedes llegar tarde en tu primer día.

Asomando la nariz apenas unos centímetros, veo a través del cristal cómo otros niños se van apiñando frente a la puerta de entrada, saludándose y haciendo grupos. Me encojo aún más y me abrazo el cuerpo como si solo eso pudiese protegerme. Quiero irme a casa. La mujer que ahora es mi madre y me ha dado su apellido me acaricia el pelo, a lo que yo me resisto sin querer. Estoy poco acostumbrada a que me toquen y, cuando lo han hecho, no me ha gustado nunca.

Ella suspira.

-Cam, cielo -me llama, haciendo que bote en el sitio. Nadie me había llamado nunca así para nada bueno y desconfío, claro-. Todo irá bien, te lo prometo.

Hago un puchero.

-¿Por qué? ¿Por qué tengo que entrar ahí?

De repente, veo cómo su cara cambia. Parece que está empezando a enfadarse.

-Camille, tengo que irme a trabajar y tú debes ir al colegio -me ordena sin alzar la voz-. Venga.

Agacho la cabeza, sabiendo que he perdido la partida, y salgo del coche. Aún escucho cómo mi “madre” me desea suerte antes de cerrar detrás de mí, arrancar y desaparecer por la esquina con el coche. Noto mi garganta cerrarse mientras miro de nuevo el edificio del que será mi nuevo colegio… o centro de tortura, como se vea.

Dentro, como sospechaba, soy incapaz de orientarme. Pero, por suerte o por desgracia, una amable señora se acerca en ese momento. Es tres veces más grande que yo tanto en altura como en estatura, lleva gafas y falda larga y sonríe, lo que me pone en guardia sin querer.

-Hola, cielo. ¿Te has perdido?

Procuro no salir corriendo inmediatamente y muevo la cabeza de arriba abajo. Ella me ofrece su mano.

-Ven -me indica-. Vamos a buscar tu clase. ¿Cómo te llamas?

Mi garganta parece de lija.

-Ca… Camille. Gage -mi nuevo apellido se me hace extraño al pronunciarlo, pero la mujer sonríe aún más… ¿es compasión lo que veo? Antes de entrar conmigo en un pequeño despacho hasta arriba de papeles. La mujer hojea unos cuantos hasta que al final dice-. Ah, sí. Gage. Ya sé a dónde tienes que ir.

Su comentario me hace tensar los músculos, asustada, pero su actitud sigue sin ser amenazadora. Al contrario, sin perder la sonrisa me acompaña por mil pasillos hasta que nos detenemos frente a una puerta y llama con los nudillos. Una voz de hombre dice: “adelante” y yo noto cómo empiezo a sudar. “Tranquilízate, Camille”, me exijo. “No vas a dar el espectáculo el primer día de clase, ¿no?” Así que, mientras la mujer me presenta a mi profesor, el señor Travis, mis nuevos compañeros me saludan y este me hace subir a la tarima para presentarme, siento como si estuviese en un sueño. De hecho, cuando tengo que presentarme las palabras se niegan a salir de mi garganta y me atraganto varias veces antes de conseguir vocalizar mi nombre. Noto cómo algunos de los niños se ríen y contengo las ganas de llorar apretando los puños. Si ellos supieran…

Como es obvio, no cuento todo. Estaré asustada, pero no soy tonta. Si se me ocurriese decir en voz alta todo por lo que he pasado en mi corta vida, la mayoría de compañeros saldrían asustados de la clase… pero luego comenzaría un infierno para mí. Ya lo había vivido y no pensaba repetir la experiencia.

Sin embargo, cuando acaba la clase y salimos al pasillo, tengo que ir al baño aunque sea a lavarme la cara. Siento que mi piel arde y respiro muy rápido. Por desgracia, alguien me corta el paso.

-Vaya, vaya -dice un niño con el pelo oscuro grasiento y ojos de un azul helador. Lo reconozco, está en mi clase- si es la niñita adoptada…

Tratando de no asustarme y sintiendo la sangre hervir, alzo la cabeza y lo taladro con la mirada.

-¿Tienes algún problema? -le espeto. Como comentaba, no es la primera vez que me enfrento a una situación así, pero sigo odiando que no me dejen en paz.

Él, por su parte, me mira con la boca abierta de arriba abajo antes de reírse con un sonido que me pone los pelos de punta.

-Fíjate -dice cogiéndome del brazo antes de que pueda enterarme y apretando-. Si la mosquita muerta sabe responder…

Me retuerzo con fuerza para que me suelte.

-¡Suéltame! -grito, intentando retroceder. Pero su mano es más fuerte que la mía y me ignora. A la vez, sus dos amigos me rodean por la espalda y temo lo que puedan hacerme. Sintiéndolo mucho, estoy indefensa-. ¡SUÉLTAME! -grito más fuerte, como si sirviera de algo.

Ellos siguen riéndose mientras los dos secuaces del jefe se acercan más y más. Pero, entonces, alguien grita tras ellos.

-¡Eh, Mulligan! -mis captores se vuelven a la velocidad del rayo y el tal Mulligan me suelta, haciendo que me sujete el brazo sin poder evitarlo. Me duele mucho-. Déjala en paz -vuelve a decir la voz.

-Tú… -escucho sisear a Mulligan, claramente cabreado-. ¿Siempre entrometiéndote, príncipe Alexander? -se mofó, aunque estoy segura de que he notado una pizca de miedo en su voz.

Mi salvador, por otro lado, se hace visible en ese momento y me quedo estupefacta. Tiene apenas mi estatura y, a pesar de la camiseta holgada que lleva, puedo comprobar que es más bien esmirriadito. Su cabeza poblada de rizos negros está cubierta por una gorra con un alce cosido en la parte delantera, por lo que apenas le veo los ojos. Y sin embargo, de alguna manera, su presencia hace que los matones parezcan pensarse dos veces seguir atormentándome. Mi ángel guardián, al comprobarlo, se mete las manos en los bolsillos como si tal cosa.

-Sabes que si mi madre se entera de que estás martirizando una alumna sin que haya pasado un mes desde el comienzo de clase se lo contará a la tuya, ¿verdad?

Estoy tentada de llevarme las manos al rostro, incrédula. ¿Acaso ese mequetrefe redentor se piensa que eso funciona con los matones? Para mi sorpresa, en este caso parece surtir efecto. Aunque Mulligan aprieta los puños un instante antes de dirigirle una mirada de odio a su oponente.

-Algún día se te acabará la suerte, principito -lo amenaza-. Vámonos, chicos.

Sus secuaces, silenciosamente, lo siguen pasillo abajo. Solo quedamos mi salvador y yo, frente a frente. En ese momento, él se levanta la visera de la gorra y veo por fin sus ojos: dos pozos marrones en una cara infantil que parece preocupada.

-¿Estás bien? -me pregunta mientras se acerca.

Algo más recuperada del susto de verme acorralada en mi primer día por los matones de turno, sonrío agradecida.

-Sí, gracias por echarme una mano.

Él se encoge de hombros como si no tuviese importancia.

-No pasa nada -asegura-. Mulligan es un matón pero en el fondo, tiene más miedo que vergüenza de lo que su madre pueda decirle si sabe que ha hecho algo en el colegio que no debería…

Me río sin querer, aunque de golpe me callo al recordar mi propia experiencia. Miedo a los padres. Algo con lo que siempre he convivido. Mi nuevo y primer amigo en este colegio parece notarlo.

-Perdona, igual he dicho algo que…

-No te preocupes -lo corto yo esta vez, volviendo a la realidad de golpe-. Gracias.

Él entonces me tiende una mano.

-Robert Alexander, para servirte -me guiña un ojo.

Ante lo que yo sonrío y murmuro:

-Camille Gage. Encantada.

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