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#FanficThursday: Cars – “McQueen y Sally: One-Shots” (Capítulo 36)

Chapter 36 — Y ahora ¿qué? (Cars 3)

Cars 3' deleted scene shows the betrayal against Lightning McQueen
Cruz y Rayo, Cars 3

La noche era brillante, cubierto el cielo de estrellas hasta el infinito. La Vía Láctea jugaba entre ellas hasta esconderse más allá de las montañas que rodeaban el condado de Carburador. Cruz inspiró hondo mientras absorbía aquella paz desértica y dejaba que la fresca brisa de una noche que empezaba a despedir el verano, la envolviera y transportara a un rincón de su subconsciente que casi había olvidado.

«¿Cómo he podido estar tan ciega todo este tiempo?»

En su día, dejó que el terror la paralizara. Pero nunca más. La noche. El viento cortando su estructura. Sentirse volar. Era lo que siempre había deseado y ahora, por fin, sería una realidad. Con un suspiro, movió las ruedas y enfiló la carretera que subía la montaña. ¿Quién hubiese dicho que alguien como su ídolo de infancia la empujaría de esa manera, sacrificando su propia carrera, para que cumpliese sus sueños? ¿Cómo era posible que Rayo McQueen la conociese mejor que ella misma?

«Bueno», reflexionó, «Smokey también parecía conocerlo mejor que él mismo».

Sentía un cosquilleo al pensar en todo lo que había sucedido y le encantaba la perspectiva de que alguien como McQueen dirigiese su futura carrera, valga la redundancia… Cierto que tendría que volver a enfrentarse a Storm; pero por ello debería aprender a superar su aversión hacia él y su forma de tratar a todos los demás, como si estuviese siempre por encima.

Rayo en su día había sido así y todas sus fans admiraban su seguridad, su superioridad… Hasta que, para bien, o eso creía Cruz, habían descubierto parte de su verdadero ser. Y Cruz sabía a quién se debía ese cambio. Resopló al recordar a Sally, su elegancia, sus ojos verdes cargados de experiencia y sabiduría. ¿Encontraría ella alguna vez a una mujer así para ella, alguien que apoyara sus sueños y su forma de ver el mundo pasara lo que pasase? Ojalá. Aunque en el mundo de las carreras era una tarea ardua. Y más si alguien se enteraba… ¿qué harían los periodistas si lo supieran? ¿Si se filtraba que…? Tragó aceite y sacudió el morro, procurando concentrarse en las curvas que iba ascendiendo. De momento, y esperaba que, por mucho tiempo, siguiera siendo un secreto escondido bajo su chasis. El mundo aún no estaba preparado para ese tipo de cosas, podía verlo cada día en las noticias…

Las luces de La Rueda aparecieron en ese instante, apenas un kilómetro más allá de donde se encontraba. Cruz inspiró hondo, pasó por debajo del vapor que despedía la enorme cascada junto al puente y ascendió el último centenar de metros. No creía ser la última en llegar, algo que confirmó ver solo a Smokey, el nuevo Rayo –vestido con el azul de su querido Doc Hudson– y Sally a su lado; la grúa que, según tenía entendido, era el mejor amigo de Rayo –¿Mater? – y otros dos o tres miembros del equipo de McQueen. O su equipo, según se viera. Lo cierto es que a Cruz le hubiese gustado poder tener a Luigi y Guido a su lado –su rapidez cambiando ruedas era demasiado prodigiosa como para pasar desapercibida–, pero no sabía si contaría con la aprobación de Tex para ello. Este también se encontraba allí, hablando con el experto grafitero mexicano… ¿Ramón? Por el Todopoderoso, se le daban fatal los nombres.

—¡Eh, Cruz! ¡Ya has llegado! —la saludó entonces su nuevo jefe, haciendo que todos se volvieran hacia ella.

—Hola, señor Tex —repuso ella con timidez, mientras se acercaba a los congregados. Una sonrisa de aliento por parte de Rayo y Sally consiguió que se relajara un poco más y observase con detalle lo que tenía delante. Dos o tres mesas redondas pegadas, con latas de aceite, copas de queroseno y bidones de gasolina repartidos sobre ellas y alrededor. Apenas habían encendido algunas de las tiras de bombillas que pendían siempre sobre la terraza del restaurante—. Wow… Esto está precioso.

Oyó a Sally reírse tras ella, con cierto orgullo mal disimulado.

—Pues espera a verlo algún día lleno de gente —aseguró, aproximándose por su costado izquierdo y mirando hacia arriba, con algo que parecía cariño y nostalgia mezclados a partes iguales.

—Tiene razón —apostilló Rayo—. Ahora empieza la época tranquila, pero en verano… ¡Paw! Es todo un espectáculo.

—Y lo dice el que solo pasa aquí los veranos… —lo chinchó Sally.

Su marido, por toda respuesta, rio y la besó en el costado. Cruz sonrió con ternura y cierta envidia sana mientras seguía avanzando y contemplando las vistas desde allí. Ahora las estrellas se difuminaban en la luz artificial, pero el valle era una postal perfecta.

—Bonito, ¿eh? —era la dueña de la gasolinera, a la que Cruz solo había visto de pasada. Pero cuando le tendió una rueda amistosa, la aceptó con naturalidad—. Soy Flo, creo que no nos han presentado.

—Encantada —respondió la corredora—. Soy Cruz. Ramírez.

—Sí, el nuevo ojito derecho del chaval —pronunció Flo, aunque no había asomo de reproche en sus palabras, sino una sincera simpatía que Cruz agradeció—. Supongo que te lo habrá dicho; pero, si vas a estar por aquí, tienes la gasolinera a tu disposición para lo que necesites. De acuerdo, ¿nena?

Cruz sonrió y asintió, aunque de repente un curioso pensamiento pasó por su mente. Si Rayo era el «chaval»… ¿Qué edad tenían los demás? ¿Y en qué se convertía ella?

—Oye, Cruz. Sé que mi señora esposa puede abrumar, pero no es para que pongas esa cara, manita.

Era Ramón e hizo pegar un brinco a la novata, que enseguida rio, nerviosa. No estaba acostumbrada a tantas atenciones, ni a tener gente alrededor que no la juzgara, por el motivo que fuese. Desde el colegio: ni sus padres, ni sus compañeros ni sus profesores entendían su pasión por las carreras. Todos decían que podía llegar a ser algo más, pero ella no quería eso.

«Y, finalmente, mira cómo acabaste por hacerles caso y no tragarte el miedo a tiempo», reflexionó con cierta amargura.

Pero el ofrecimiento en ese instante de una copa por parte de Sally hizo que aquello se evaporara de su mente, como una nube tras la tormenta.

—Me ha encargado Rayo que te la traiga —dijo la señora de McQueen con naturalidad, y Cruz aceptó con una sonrisa agradecida—. ¿Estás bien?

La más joven asintió.

—Sí… Es solo que… Bueno, son… muchas emociones que asimilar de golpe —confesó, tímida.

Para su sorpresa, Sally pareció entenderla.

—¿Sabes? —le indicó, mientras la guiaba sin brusquedad hacia la mesa central—. Cuando yo entré en el mundo de las carreras apenas entendía lo que estaba pasando —cruzó una mirada significativa con Rayo, que las escuchaba unos metros más allá; mientras no perdía el hilo de lo que comentaba Smokey con Sarge, recién llegado a la reunión—. Ya ves, una joven fiscal de un pueblo que ya no aparecía en los mapas se encuentra de repente metida debajo de los focos y sin siquiera pisar el circuito como tal…

Wow… —se sorprendió Cruz—. Debió ser…

No encontraba las palabras, pero Sally lo hizo por ella.

—¿Chocante? ¿Abrumador? —y, ante el asentimiento de la pupila de su marido, la secundó—. Mi mundo dio un giro de ciento ochenta grados, tengo que confesarlo.

—Pero tenías a alguien en quien apoyarte —apuntó Cruz, consciente de que Rayo las miraba de reojo.

Para su enorme sorpresa, Sally soltó una risita burlona.

—Como suponía. Rayo aún no te ha contado cómo nos conocimos, ¿verdad?

Cruz abrió la boca, sorprendida y queriendo decir algo; pero, al final, negó con la curiosidad pintada en el rostro. Momento en que el citado ex corredor apareció en escena.

Bueeeeno… —fingió meditar—, supongo que, si voy a entrenarte, hay algunas cosas de mí que debes saber de antemano —Cruz se inclinó para escuchar más con más atención—. Primero, nunca he sido el humilde y entregado corredor que soy ahora.

Los acompañantes se rieron por lo bajo, a la vez que Sally ponía los ojos falsamente en blanco. Cruz, sin poder evitarlo, se unió a la chanza enarcando un parabrisas.

—Sorpréndame, señor McQueen —lo pinchó, usando en broma el apelativo que menos le gustaba a él.

—Digamos que la llegada de Rayo a Radiador Springs fue… —Sally hizo una mueca como si buscase las palabras para describirlo— un tanto accidentada. ¿No es así?

Y así fue como Cruz descubrió la manera en que Rayo McQueen había aterrizado en el que sería su hogar de por vida. Quince minutos después, larga anécdota mediante, Cruz estaba tan boquiabierta que no sabía ni qué decir. Ni si reír, ni si llorar. Estaba… anonadada.

—¿De verdad hiciste todo eso? —atinó finalmente a preguntar, conteniendo una carcajada a duras penas.

Rayo, casi secundándola, replicó:

—Ya te digo. Y reconozco que el pobre Stanley fue el que lo debió pasar peor.

—Uy, no te creas —intervino Sally, guiñando un ojo—. Cuando empezaste a tirarme los tejos yo sí que no sabía dónde meterme. Pusiste patas arriba el pueblo y a todos sus habitantes.

—Y tú fuiste directa a que se amotinaran contra Doc, para darme un escarmiento —salió rápido al paso su marido, haciendo que Sally se avergonzara con dulzura—. Ahí fue exactamente donde te metiste.

Todos volvieron a reír de buena gana, incluida una recuperada Cruz; al menos, hasta que Sally agregó:

—Yo aún me acuerdo de ese momento de Doc: «Sheriff, le quiero fuera de mi sala, y fuera de mi pueblo». Ojalá te hubiese visto la cara a ti en ese preciso instante…

Rayo sonrió con melancolía al tiempo que las risas cedían despacio, dando paso a la nostalgia. De repente, todos quedaron mirando a las estrellas, sumido cada uno en sus pensamientos y en el recuerdo de aquel ilustre vecino perdido hacía ya seis largos años.

Al menos, hasta que Cruz murmuró:

—Era un gran coche, ¿verdad? —y, antes de que los demás respondieran, puesto que casi era una pregunta retórica, agregó—. Lo cierto es que me hubiese gustado conocerlo.

Rayo sonrió con ternura, volviendo a la realidad, antes de aproximarse a ella y musitar:

—Lo harás. Y harás honor a su número, estoy seguro.

***

Cruz ya se había acostado en su cono, al igual que Tex. El gran magnate había optado por abandonar el lujo por una noche y dejarse agasajar por el matrimonio McQueen-Carrera. Pero el mencionado corredor aún no tenía sueño. Con tranquilidad, observaba la noche más allá de las luces del motel.

—¿En qué piensas? —preguntó Sally a su lado.

No la había escuchado llegar, pero no le importó. Como de costumbre, sus costados se acoplaron enseguida, disfrutando juntos de aquella paz momentánea.

—Quién sabe. Quizá en mi próxima entrevista como director de equipo de Cruz —fingió pavonearse, pero ante el empujón entre risas de Sally, decidió ponerse más serio y fijó la vista sin querer en el silencioso museo de Hudson Hornet—. Quiero estar a la altura, Sal. Quiero hacerlo tan bien como lo hizo Doc.

Ella le acarició el guardabarros con el morro, amorosa.

—Doc tenía una forma de hacer las cosas, Pegatinas. Y sé que, sea como sea, tú lo harás bien… Pero a tu manera.

Rayo la miró con intensidad.

—¿Qué quieres decir?

Ante lo que Sally sonrió y replicó:

—Cómo te dije, Cruz ha tenido un gran maestro. Pero eso no significa que sea solo mérito de Doc —lo tocó con la rueda en el costado—. Tu grandeza siempre ha estado aquí, fuese dentro o fuera de la pista —lo miró a los ojos—. Eso fue lo que me enamoró de ti desde el primer momento en que te vi.

Rayo mostró media mueca socarrona.

—¿Desde que me quitaste la gasolina en aquel desguace? —bromeó.

Ante lo que Sally rio entre dientes y respondió, misteriosa:

—Pegatinas… Eso es algo que nunca sabrás a ciencia cierta. Y, ahora, vámonos a dormir —lo apretó con cariño—. Mañana hay que madrugar. Tienes una pupila a la que entrenar y no me gustaría que llegaras al circuito más tarde que ella, ¿no estás de acuerdo?

Ante lo que Rayo la empujó y Sally se dejó perseguir hasta el cono que ambos compartían; entre risas y el amor que llevaban once años profesándose.

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