#FanficThursday: Cars – “McQueen y Sally: One-Shots” (Capítulo 31)

Chapter 31 — Sí, quiero (II) (Cars 2)

Cars - Disney / Pixar Movie Poster (Characters: Lightning Mcqueen & Sally...)  - Walmart.com

Al observar a los dos recién llegados, Sally fue la primera que dejó escapar un jadeo de incredulidad.

―¡Vosotros! ―le espetó, sin etiqueta alguna―. Ya sabía que apareceríais por aquí…

El matrimonio Carrera, por su parte, se adelantó hasta estar a escasos cinco metros de distancia de los contrayentes. Sólo entonces, Sarah Carrera respondió, con el gesto torcido:

―Qué sorpresa. Puesto que, si mal no recuerdo, ni siquiera nos invitasteis…

Sally apretó los labios, conteniendo una dura réplica a duras penas. Sin embargo, fue el novio el que intervino de inmediato con cara de pocos amigos:

―Quizá porque no habéis dejado de criticarnos desde que nos conocimos… ¿Me equivoco?

―Rayo, déjalo ―lo interrumpió su pareja entonces, sin violencia, pero haciendo que él retrocediera y obedeciese en un solo movimiento. Justo después, Sally inspiró hondo y se giró hacia sus padres―. Mamá, papá. No sé qué estáis haciendo aquí, pero no es el momento ni el lugar…

Por los rasgos grises metalizados de Sarah Carrera pareció cruzar un extraño gesto de dolor, no exento de cierto despecho apenas velado.

―Sally… Mi pequeña… ¿Cómo puedes hacernos esto?

La aludida meneó la cabeza.

―Vamos a hablarlo a un lugar más tranquilo, ¿os parece? ―sugirió. Y, ante la perplejidad de todos los presentes, tras dirigir una mirada confiada a su futuro marido, la fiscal de Radiador Springs alegó―. Sólo será un momento. Vamos a solucionar esto de una vez por todas.

Durante apenas un segundo, los antes furiosos padres de la novia parecieron dudar, mirando asimismo a su alrededor con aire indeciso. Sin embargo, y con toda probabilidad al sentir las miradas pétreas de los pocos asistentes a la boda, optaron por seguir a su hija al exterior de la sala principal sin decir esta boca es mía. Sally, por su parte y al ver que avanzaban a escasos metros tras su maletero, resopló apenas para sí antes de guiarlos a una pequeña sala anexa del juzgado. Era muy sencilla: apenas ocho metros cuadrados con una estantería, una especie de mesa baja situada bajo la ventana que daba al sur y algunos cachivaches de papelería amontonados contra una pared. La novia dejó pasar a sus padres y, cuando cerró a su espalda, pronunció:

―Bueno, ya estamos a solas. Ahora, ¿vais a decirme lo que hacéis aquí?

Walter Carrera la encaró de inmediato, sus ojos grises cargados de oscuros presagios.

―¿A ti esto te parece normal, Sally? ¿De verdad?

La joven trató de mantenerse lo más estoica posible mientras observaba como rotaba los ojos ante su asentimiento.

―Nunca habéis aceptado mi relación con Rayo, aparte de que intentasteis apartarme de él por todos los medios en Los Ángeles y no os importó dejar que Álex Mustang quisiera hundirme ―les recordó. Y, antes de que de sus escandalizadas bocas pudiese salir una sola nota, agregó―. No tengo nada que explicaros. No a vosotros. Y menos sobre mi futuro matrimonio.

―¡Ja! Pero… ¡Serás estúpida! ―se mofó entonces Sarah, para dolida sorpresa de su hija. De todas las cosas, no esperaba que pasara al ataque tan pronto. Pero, claro… Estaban solos, ¿no? Ahí podían ser como realmente eran con ella, sin testigos de por medio―. Así que… ¿Te crees que iba a dejar que mi hija se casara con un famoso a escondidas? ¿Eso creías?

Sally se quedó rígida en el sitio, observándola como si no hubiese entendido una palabra.

―¿Disculpa? ¿De qué estás hablando?

Sarah Carrera hizo un gesto como si fuese obvio, pero fue su padre el que respondió.

―Vamos a ver, Sallita. ―El coche más joven contuvo una mueca de asco ante aquel apelativo de siempre de sus padres. Ahora mismo, no podía soportarlo. Pero su padre la ignoró y continuó―. Oye, sé que no hemos sabido aceptar tu relación con Rayo y tus decisiones… Pero, en fin… ―El coche verdoso se encogió de ruedas con aparente disculpa―… ¿No crees que al menos deberíamos estar presentes en tu boda?

Sally apretó los labios. Era una decisión que le había costado tomar, sin duda. Ni siquiera Rayo le había dicho nada para que lo hiciera o no. Como siempre, consideraba que lo que ella decidiese sería lo correcto. Pero Sally no podía contemplarlo sin pensar en todo lo ocurrido más de tres años antes…

―Está bien ―aceptó al cabo de unos segundos, ignorando la ligerísima mueca de satisfacción que esbozaron ambos parentales al escucharlo―. Os permitiré quedaros a la ceremonia. Pero después… No os quedaréis en Radiador Springs. ¿Estamos?

Walter asintió con sequedad; Sarah, con algo más de alegría.

―Ay, sí. Verás lo genial que va a ser cuando vengan todos los paparazzi…

Al escuchar aquello y ya con una rueda sobre la madera de la puerta, Sally frenó en seco y se quedó quieta como una estatua. Por un segundo, esperó no haber oído bien.

―¿Paparazzi? ―preguntó, vocalizando muy despacio mientras se giraba hacia su madre con la sospecha rielando en sus ojos verdes―. ¿Qué quieres decir con “paparazzi”?

―Oh, por favor, Sally. ―Su madre meneó la cabeza como si fuera evidente―. ¿Qué esperabas? ¿Qué dejase que te casases con un famoso sin que nadie lo supiera? ¡Eso es impensable!

La joven Carrera trató de inhalar con todas sus fuerzas, sintiendo que le faltaba el aire. No, no podía ser. Aquello no podía estar pasando. Rayo y ella querían una ceremonia privada, no un espectáculo circense. Y ahora, esos dos que se hacían llamar padres de la muchacha, querían convertirlo en una pasarela de fotos y frivolidad. No estaba dispuesta a consentirlo. De ahí que sólo se le ocurriese una salida posible.

En efecto, cuando sus ojos verdes cargados de terror se clavaron en la ventana y susurró un “Oh, no” espantado, sus dos padres se giraron de inmediato hacia la ventana para intentar otear más allá de los edificios. Sarah parecía tan emocionada y Walter la seguía tan de cerca que, cuando la puerta se cerró con fuerza a sus espaldas, ninguno pudo reaccionar a tiempo. Cuando quisieron alcanzar la madera, esta ya estaba cerrada con llave. Y Sally aún dudó un doloroso momento, agachada al otro lado y lamentando sin quererlo que todo hubiese tenido que acabar así, antes de girarse y dirigirse a toda velocidad hacia el exterior del juzgado. Una vez allí, tardó un par de segundos en salir cuando vio un tropel de paparazzi pasar por la puerta. En efecto, su madre los había llamado para cubrir su boda. Pero, en cuanto Sally comprobó que todos corrían hacia el desierto en pos de una sombra cubierta de blanco y con un velo enorme ondeando al viento, supo lo que tenía que hacer mientras bendecía mentalmente a Nayara de la Vega en todos los idiomas que conocía…

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