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#FanficThursday: Cars – “McQueen y Sally: One-Shots” (Capítulo 12)

Capítulo 12 — La primera de muchas (I) (Cars)

Veronika Janotová (vjanotovavj) – profil | Pinterest

¡Qué tensión, señores! Campbell está en cabeza, pero McQueen lo sigue de cerca… Se tantean, el 95 intenta rebasarlo por dentro pero el reciente fichaje de Seguros Machina Nova no se deja… Esperen… ¡Sí, McQueen ve un hueco y consigue fintar para ponerse en cabeza!… Queda una curva, los dos se acercan nariz con nariz a la meta… el Rayo acelera y… ¡SIIII! ¡RAYO MCQUEEN ACABA DE GANAR SU PRIMERA COPA PISTÓN!”

El estadio, en un segundo, enloqueció mientras Rayo cruzaba la meta entonando un grito de absoluta felicidad.

—Darrell, por fin McQueen ha conseguido lo que llevaba buscando tanto tiempo.

—Sí, Bob. Realmente es todo un talento natural para las carreras y estoy seguro de que nos dará muchas alegrías en futuras temporadas.

—Ahora vemos cómo, tras la victoria, va a celebrarlo con todo su equipo.

—Sí, Bob. Y fíjate quién le está esperando en boxes…

—Tienes razón, Darrell. Esa Porsche ha dado mucho que hablar este año; pero si de algo estamos seguros es de que hace muy feliz a McQueen.

—Yo creo que ha conseguido incluso que cambie de actitud, Bob…

Mientras los comentaristas seguían su discusión a micro abierto tras su cristalera en lo alto del estadio, Sally miraba las pantallas con una mezcla de euforia y emoción difícil de explicar. Había saltado como todos al ver por fin cómo su amor cruzaba la línea de meta el primero, pero ahora se sentía casi a punto de llorar de felicidad. Solo por ver esa sonrisa que ocupaba casi todo el plano…

—¡Sally!

—¡Pegatinas!

La joven volvió de inmediato al mundo real y rodó hacia él, casi haciendo rugir el motor a la misma intensidad que él de lo nerviosa que estaba. Pero, cuando llegó junto a Rayo y pegaron los parachoques, el mundo podía haberse detenido. La invadió una paz que podría haberse quedado ahí para siempre. Si no fuese porque el resto de sus convecinos emitieron un abochornante “¡oooooh!” que los hizo separarse de inmediato, aunque sin dejar de sonreír como tontos.

—Enhorabuena, chaval —Doc ya había bajado del pedestal y se aproximaba a su pupilo con evidente orgullo—. Por fin has conseguido tu Copa, ¿eh?

—No lo habría hecho sin vosotros —admitió el más joven, mirando con cariño a los que lo rodeaban—. Gracias por ser mi equipo.

—¡Oh! No ha sido nada —repuso Sally con su habitual ironía—. Solo me da casi un infarto cuando vi que Campbell te lo ponía difícil…

—¡Por favor! —Rayo puso los ojos falsamente en blanco—. Ya sabes lo que dicen… No es divertido sacar tanta ventaja a los demás…

Todos se rieron. Daba gusto estar en tan buena compañía. Pero a lo lejos empezaba a verse una inquietante nube de coches con cámaras que se aproximaba. Sally, tras cruzar una mirada significativa con Rayo, le dio un leve empujón con el morro y le susurro:

—Tu momento de gloria. Anda, ve.

Pero él se rezagó un momento:

—¿No quieres venir?

Ante lo que ella sonrió con diversión y respondió:

—De momento, me han visto bastante. Este es tu día, tu momento y tu victoria. No te preocupes —añadió al ver que el retorcía el morro con indecisión—. Seguiré aquí cuando vuelvas. Lo prometo.

El cambio en el rostro de Rayo fue evidente debido al alivio. La besó con suavidad, ella le deseó suerte y el flamante campeón se dirigió a la parte que, últimamente, menos le gustaba de su profesión.

—Estoy orgulloso de ti, Sally.

La joven pegó un bote al escuchar a Doc a su lado. Sin darse cuenta, casi se había quedado apartada de todos los demás, que ya se dirigían hacia el stand de Rust-eze para celebrarlo. Hornet y ella se quedaron un momento mirando al Rayo iluminado por los focos.

—Yo no he hecho nada, Doc —repuso ella con calma, intuyendo a qué se refería—. Eso siempre ha estado dentro de él.

El coche más anciano asintió.

—Es posible —admitió—. Pero ya sabes lo que dicen: “el amor cambia a los coches”. Y es la primera vez que lo compruebo de primera mano.

Sally se sorprendió de aquella declaración, pero no indagó más. Sabía lo celoso que era Doc con sus secretos del pasado.

—Yo también —agregó con sencillez, sabiendo que él no preguntaría a cambio—, pero estoy muy orgullosa de él.

—Yo también.

Ambos se quedaron en silencio, observando al protagonista de la noche desde su rincón, hasta que Doc vio por el rabillo del ojo como tres figuras se aproximaban despacio, charlando animadamente, pero con la vista clavada en ellos dos. Con un gesto, Hornet indicó a Sally que lo siguiera.

—¡Hudson Hornet! —saludó Tex—. Genial carrera la de tu chico. Como siempre.

—Gracias, Tex —aceptó Doc con un asentimiento. Desde que se habían cruzado por primera vez tras los boxes, presentados por Rayo, ambos habían congeniado bastante bien—. Lo cierto es que lo del chaval es innato. No tengo mucho mérito.

Tex se rio; pero cuando Strip Weathers, el “Rey”, se acercó con su esposa, la atención de Doc se desvió. Siete Copas. Una carrera más flamante incluso que la suya propia. Si hubiese tenido cincuenta años menos, Hornet estaría corroído por la envidia. Pero ahora casi estaba orgulloso de que otros hubieran podido superar su récord. Era lo que hacía haber dejado de soñar con ganar Copas y haber encontrado otro sentido a la vida.

—Es un chico con mucho talento, señor Hornet —le felicitó—. Y un gran corazón.

Hudson sonrió con orgullo.

—Sin duda.

—¿Y esta jovencita es quien creo que es? —intervino entonces Tex sin maldad, señalando a Sally.

Esta, con el morro bien alto, se asomó desde el costado de Hornet y se adelantó para decir:

—Sally Carrera. Encantada.

Tex hizo una reverencia.

—El placer es mío. Con lo veleta que era el chico hace un año, dicen que has llevado a Rayo por el buen camino… —bromeó guiñando un ojo.

—Tex, deja de pinchar a la pobre muchacha —intervino Lynda Weathers, la esposa del “Rey” mientras se acercaba a una Sally que ya iba a responder—. Ven, cielo; hablemos tú y yo de mujer a mujer y dejemos a los hombres con sus asuntos.

Tras un segundo de duda entre seguirle el juego a Tex o hacer caso a la ranchera azul, la joven Porsche siguió a la otra dama hasta unos metros más allá.

—No le tengas en cuenta esos comentarios a Tex —la tranquilizó Lynda—. A mí también me los hizo cuando Strip entró a competir en Dinoco, pero no tiene mala fe. Es su forma de alabar a los demás…

—Ya…

Sally, de repente, no sabía que decir. Ante aquel aparente juego de voluntades entre los veteranos se sentía algo abrumada y, por un segundo, solo quiso conducir lo más rápido posible lejos de los focos y el interés de todo el mundo por conocerla… Por suerte, Lynda parecía comprenderla mejor que nadie en el circuito y así se lo hizo saber.

—Tuviste mucho valor en Atlanta, cielo —la alabó—. Cuando yo salía con Strip y él corría todo el año, siendo más famoso cada temporada que pasaba, reconozco que fue difícil. Pasamos épocas muy duras, discutíamos… Y la distancia no ayudaba.

—Y, ¿qué hicisteis? —preguntó Sally con un escalofrío, pensando que sus temores se harían realidad en un futuro cercano.

Pero Lynda sonrió con cariño y contestó:

—Apoyarnos el uno al otro. Respetar las decisiones y la vida que queríamos llevar. Yo me dedicaba a los derbis de demolición y él a las carreras. Pero cuando estábamos juntos, era solo para nosotros. Nos queríamos y eso era lo único que importaba. Ni las cámaras que nos seguían, ni los rumores, ni las tonterías que la gente se inventa para estar ocupada en sus vidas vacías… —la más veterana dirigió a Sally una mirada intensa—. Nunca lo olvidéis, ¿vale?

La más joven, recuperada de la sorpresa, asintió con convicción.

—Así lo haré.

Lynda asintió con aprobación; pero, antes de que ninguna pudiese decir nada más, una figura de color rojo brillante se aproximó desde la zona donde estaban los hombres hablando.

—Anda. Hola, Rayo —saludó la mujer azul con desenvoltura, como si tal cosa.

—Hola, Lynda —saludó él en respuesta, bajando la voz ligeramente cuando se dirigió hacia Sally—. ¿Todo bien, cielo?

Y ella, encantada de tenerlo de nuevo cerca, sonrió con convicción.

—Mejor que bien —cruzó una mirada significativa con Lynda—. ¿Ya has conseguido huir de los periodistas?

Rayo soltó una risita.

—Solo temporalmente —admitió. Pero, al ver la complicidad evidente entre las dos mujeres, agregó, extrañado—. ¿Interrumpo… algo?

Para su tranquilidad, ambas sacudieron la cabeza negativamente.

—Os dejo —dijo entonces Lynda—. Creo que me reclaman.

En efecto, Strip ya estaba agitando una rueda en su dirección. Y, de hecho, empezaba a sonar la fanfarria que anunciaba la subida del ganador al podio. Rayo y Sally suspiraron a la vez y se miraron.

—Llegó el momento —dijo Sally—. ¿Preparado?

Él le dio un intenso beso en el costado.

—Más que nunca.

(Continuará…)

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