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#FanficThursday: Seven Deadly Sins – “En tiempos de paz” (Capítulo 14)

Capítulo 14 — La boda del siglo

Diane & King de boda (Google Imágenes)

El día de la ceremonia amaneció soleado y espléndido. Meliodas se había ocupado de traer a un nervioso sacerdote de Liones que parecía no creerse, todavía, lo que le había tocado hacer.

Los invitados a la boda, la mayoría feéricos y gigantes, se encontraban dispersados por el claro bajo el Árbol Sagrado en diferentes posiciones; los primeros se alojaban en plataformas de ramas, creadas para la ocasión mediante magia de hadas; mientras que los segundos permanecían arrodillados o de pie, pareciendo montañas enormes al lado de los frágiles habitantes del Bosque. Gowther, como primer representante de los Pecados dado que Merlín no había podido acudir, estando ocupada aún en volver a traer Camelot a la vida, se encontraba en una plataforma cercana al altar, pero algo más rezagada que aquellas reservadas para las familias de los contrayentes. Todos los presentes, fueran de la raza que fuesen, se habían esmerado por mostrar sus mejores galas en aquel día tan especial.

King llegó entonces, volando a apenas metro y medio de altura, vestido de blanco y verde claro con sus mejores galas y flanqueado, a pie, por Meliodas y Ban. Estos dos también se habían arreglado para la ocasión. Meliodas vestía con su uniforme militar de Liones, compuesto de chaqueta con galones, túnica corta, pantalones y botas. Su cabeza rubia estaba ceñida por una sencilla banda de oro que apenas destacaba sobre su cabellera rubia y encrespada.

Ban, por su parte, había aceptado por fin la sugerencia de llevar algo “más apropiado” de su futuro cuñado –el cual, ni corto ni perezoso, ante su afirmación de lo “aburrido de los formalismos” había replicado que, en este caso, “en la boda mandaba él”–. Así, en vez de su clásica chaqueta de cuero y pantalón a juego, el humano se había vestido con un elegante chaquetón sin mangas; largo hasta los tobillos, curtido en piel de bisonte del atardecer y ceñido con una banda transversal que iba de un hombro a la cadera contraria, en la parte superior. Aparte, se había enfundado unos pantalones jaspeados en tonos ocres y rojizos para completar el conjunto. En cuanto a los zapatos, a pesar del tiempo pasado, el humano se había negado a abandonar sus queridos mocasines de color burdeos.

Cuando el novio y sus testigos llegaron frente al altar, el primero quedó en el sitio, solo girándose para encarar el pasillo por el que llegaría la novia. Meliodas, por su parte, se subió con agilidad a la plataforma donde esperaba Gowther, mientras que Ban ocupó su plataforma en soledad, también a la espera. En efecto, ninguno tuvo que aguardar demasiado para ver aparecer a la más esperada de la ceremonia.

Diane vestía un conjunto similar al que solía llevar un par de años atrás, con mangas cortas y abullonadas, sin cubrir las piernas y a juego con el de King, aunque con algún tono dorado bordeando sus curvas bajo el pecho y en las caderas. El único detalle que lo convertía en una obra de arte era, primero, la cola de fina seda de araña del Bosque que caía desde la base de su espalda hasta casi tocar sus tobillos; y, por otro, el fino velo del mismo material que cubría, solo parcialmente, su cabello recogido en un moño trenzado con suma delicadeza por Gerharde y otras hadas. Tras ella, avanzaban casi a la misma altura, Matrona a su izquierda y Elisabeth, bajo la estela del vuelo de Elaine, a su derecha.

La giganta, fiel a sus costumbres, vestía con un conjunto de top y pantalón, con las perneras cortadas a diferentes alturas y tejidos a a base de pieles curtidas, con el aditivo de una elegante capa corta que cubría uno de sus hombros hasta la altura del codo. Así, las heridas provocadas casi doce años atrás quedaban disimuladas a la perfección, resaltando además todas las virtudes naturales del cuerpo de Matrona y haciendo que más de un hada se quedara boquiabierta, sin remedio, al verla pasar a su lado.

Elaine, por su parte, se había dejado agasajar por Gerharde y compañía igual que Ban, vistiendo en su caso un vaporoso vestido verde cosido en varias capas, cuyo cuello y falda remataban en varios picos de diferentes tonos del mismo color. Sobre su cabello rubio y suelto, ciñendo sus sienes, habían depositado una corona muy sencilla de ramas entrelazadas y cubiertas de pequeñas florecillas

Elisabeth, por último, portaba un vestido azul, de torso ceñido y falda de vuelo, con adornos en el cuello de barco que simulaban diminutas y brillantes estrellas de hielo. Sobre su cabeza, al igual que su marido, llevaba una banda de plata de diseño intrincado y diamantes engastados, perteneciente en su día a la esposa de Bartra: la diadema de la reina de Liones.

Cuando la comitiva de mujeres llegó a su destino, las damas de honor se dirigieron de inmediato a sus posiciones: Elisabeth junto a Gowther y Meliodas, al lado izquierdo; y Elaine junto a Ban, al lado derecho del altar. Matrona se dispuso arrodillada al lado izquierdo del altar junto a su familia humana de adopción, representando el lado de Diane. ¿Quién mejor que la persona a la que sus difuntos padres la habían dejado a cargo para que se convirtiera en una gran guerrera?

En cuanto todos estuvieron situados en sus posiciones, el sacerdote de Liones, hecho un manojo de nervios, ascendió a la plataforma que hacía las veces de altar y, tras carraspear un par de veces o tres, dio comienzo a la ceremonia. Esta fue sencilla, sin grandes alardes, pero muy sentida. Diane y King, como buenos estudiantes de prácticas humanas, habían memorizado una serie de votos que recitaron con nerviosismo y casi al borde de un llanto de emoción que ninguno casi pudo evitar. El marido de Matrona parecía estar haciendo lo posible por contener alguna lagrimita a su vez, mientras que Puora era sin duda el invitado más estridente, llorando a moco tendido. Ban y Elaine permanecieron abrazados todo el tiempo, compartiendo lo que sentían en la intimidad y solo a través de la mente. En el fondo, a los dos los emocionaba presenciar aquel momento, cada uno por sus motivos. En un momento dado, tras sentir sin esfuerzo la emoción alojada en el pecho de Ban por ver a dos de sus compañeros de vida compartiendo un momento tan especial, Elaine casi no pudo reprimir la sonrisa enamorada que asomó a sus labios, siempre encarando a los contrayentes.

«Por mucho que Diane proteste al respecto, no conozco a casi nadie con la pureza de corazón de Ban», pensó el hada para sí, casi al tiempo que el sacerdote pronunciaba la consabida fórmula del “yo os declaro marido y mujer” e invitaba a los novios a besarse.

Mientras lo hacían, supieran que era lo habitual o no, todos los invitados aplaudieron, jalearon y algunos silbaron. Meliodas no pudo evitar gritar el famoso “¡Viva los recién casados!” antes de que medio Bosque pareciera corear sus palabras, para el azoro del Rey de las Hadas y su flamante reina. Con timidez evidente y mucha emoción contenida, la pareja se giró entonces para recibir todos los saludos y las enhorabuenas de los presentes.

Sin embargo, cuando, en un momento dado, recién terminado el intenso abrazo entre Elaine y su hermano mayor, mientras Diane y Ban bromeaban con una extraña y agradable naturalidad –que el humano achacaba a los nervios del momento y de la que no pensaba abusar, por si acaso, tras perder la inmortalidad–, este último sorprendió una curiosa mirada cómplice entre Diane y Elaine. Fue justo antes de que la novia se alejase a recibir nuevas felicitaciones, seguida de su consorte, pero hizo al único mortal presente enarcar una ceja interesada en dirección a su mujer. Esta le devolvió el gesto; sabiendo bien qué le iba a preguntar, pero no dándole el placer de confesar de buenas a primeras.

—¿Qué? —preguntó ella, mostrando media sonrisa que camuflaba toda su diversión.

El humano soltó una risita bronca, incrédulo y jovial al mismo tiempo, antes de preguntar, ladino:

—¿Qué ha sido ese gesto entre Diane y tú?

El hada ensanchó su misteriosa sonrisa.

—¿Qué ocurre, Ban? ¿Es que las chicas no podemos tener secretos entre nosotras?

Él rio de nuevo, por lo bajo, antes de tomarla por la cintura y acercar sus labios a los de ella.

—Puede… —aventuró, en un dulce susurro que casi hizo estremecer a Elaine de pies a cabeza—, pero algo me dice que yo tengo algo que ver en esos secretos…

Elaine sintió cómo sus mejillas se tornaban de un rojo nuclear al tiempo que apartaba la mirada, pillada en falta.

—Bueno… Lo cierto es que solo le he dado… —se encogió de hombros como si se excusara—… algunos trucos para… ya sabes…

Ante su sorpresa, Ban se rio con más fuerza antes de que terminara, interrumpiéndola. Después, para mayor estupor del hada, la besó con intensidad, sin importarle quiénes los rodearan. ¿Qué había dicho ella para que él reaccionara así?

—Ban —suspiró cuando se separaron—. ¿Qué ocurre?

Él, para su mayor asombro, sonreía con una ternura que Elaine creía casi reservada solo para ella y en privado. Pero, ahora, estaban rodeados de gente. ¿Qué estaba pasando?

—Mi hermosa y dulce Elaine, ¡solo te estaba tomando el pelo! —dijo él entonces.

El hada, como era evidente, se puso aún más colorada ante aquello y casi se enfadó con Ban por hacerla pasar por aquel trance. Sin embargo, ambos tuvieron que abandonar por un instante aquella conversación cuando los novios indicaron que podían desplazarse todos hacia el banquete. La pareja, ignorando su conversación por un instante, obedecieron hasta terminar sentados, por protocolo, a la izquierda del novio.

—Oye, cariño —prosiguió entonces Ban, en un susurro; ignorando el rostro acalorado sin disimulo de Elaine y aprovechando que, si lo miraba a él, la joven daba la espalda a su hermano mayor. Además, la música que habían empezado a tocar algunas hadas ayudaba a que, de alguna manera, su conversación quedase en privado—. No te pongas así, anda. Solo me ha resultado curioso que Diane necesite algo así, nada más…

Elaine se pasó el pelo por detrás de las orejas antes de darle un sorbo a su bebida, tratando de recobrar la compostura cuanto antes y algo más tranquila después de aquello.

—En el fondo, Diane es más joven de lo que aparenta —explicó Elaine, con un aire de seriedad que parecía como si ella no se hubiera encontrado en un trance similar, más de un año antes— y estaba muy nerviosa…

Ban, para su tranquilidad, continuó sonriendo, natural y ya sin asomo de burla; ni por dentro ni por fuera, como observó Elaine enseguida.

—Bueno —se encogió él entonces de hombros, tomando la barbilla de ella con un dedo acto seguido—. Lo cierto es que me conformo con que la fuente de esos trucos no llegue a King —ironizó entonces en apenas un susurro, haciendo enrojecer a Elaine en cuanto vio en su corazón a qué se refería—. O me arrancará la cabeza por, ya sabes, “haberte corrompido” …

Tras el par de segundos que tardó en recuperarse del estupor, Elaine sacudió la cabeza y rio sin contención, casi hasta que parecieron saltársele las lágrimas. King y Diane la observaron, curiosos por aquel repentino ataque, mientras que Ban le siguió la corriente y casi acabó tumbado junto a ella en la hierba, ambos agotados de risa.

—¿Qué ocurre, Elaine? —quiso saber King, sin asomo de reprimenda—. ¿Qué es tan gracioso?

Tras reponerse en un instante, su hermana menor sacudió la cabeza, quitándole importancia.

—No es nada, hermano —aseguró, aún con lágrimas de risa en los ojos—. Un chiste entre Ban y yo, nada más.

El Rey Hada frunció el ceño unos milímetros, como si aquello no lo convenciera ni agradara del todo. Pero al comprobar el rostro neutral de Ban y cómo su hermana se pegaba a él un segundo después, casi como si King no existiera más, este se limitó a menear la cabeza con un suspiro y a devolver la atención a la fiesta y a su flamante esposa. Al comprobar, todavía de espaldas, que el Rey había dejado de prestarles atención, Elaine soltó a su vez el aire de sus pulmones y llamó a Ban para que inclinara la cabeza hasta su altura. Él obedeció sin pega. Elaine alzó entonces los labios hasta su oído y susurró, solo para ellos dos:

—Lo que tú y yo hagamos en la cama, se quedará entre nosotros, mi amor—y antes de que él pudiera replicar o protestar, añadió—. Y… lo que mi hermano y Diane hagan en la cama, créeme: ella se asegurará de que se quede en la suya…

«Las mujeres somos así, ¿no?», agregó en su mente, acompañándolo con un pícaro guiño.

Ban, por su parte, ante aquel mensaje tranquilizador decidió olvidar cualquier preocupación. Atrajo a Elaine con un brazo rodeando su cintura; la besó con recato, pero con intención y se dispuso, como ella, a disfrutar del banquete.

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