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#FanficThursday: Seven Deadly Sins – “En tiempos de paz” (Capítulo 8)

Capítulo 8 — Un pequeño presente

Ban & Elaine, montaje con escenas del manga, PInterest

El vendedor, un anciano de rostro afable, pelo blanco crespo, barba recortada en pico y pequeñas gafas doradas, estaba ordenando varios estantes cuando ella entró. De inmediato, en cuanto escuchó la campanilla, se giró y la encaró por encima de sus gafas. Si alguien más hubiera estado presente, hubiese sido difícil discernir quién se había llevado la mayor sorpresa.

—¿Puedo ayudarla, señorita? —la saludó el anciano sin más preámbulo.

Elaine se mordió el labio, acobardada de golpe. Sin embargo, enseguida percibió que el anciano no tenía mala intención. Solo estaba atónito de tener clientes tan temprano.

—Siento la posible intrusión, buen hombre —se disculpó entonces ella con exquisita educación, tragándose sus nervios igual que si tuviera una bola de hierro atascada en la garganta—. Pero necesito hacer un regalo urgente y no podía esperar a venir más tarde.

La sorpresa del anciano dio entonces lugar a cierta comprensión, al tiempo que una mueca más relajada se adueñaba de su rostro; mientras bajaba de la banqueta y se acercaba a ella, los brazos cargados de libros.

—Bueno, pareces buena chica —dijo, sin acritud alguna—, así que te ayudaré. ¿Qué estás buscando?

—¡Oh, es usted muy amable! —lo agradeció ella sin poder contenerse—. Lo cierto es que estaba buscando… Un cuaderno. Si tiene.

El anciano enarcó una ceja, algo suspicaz.

—Un cuaderno… —repitió, sin saber muy bien qué pensar.

No obstante, Elaine lo detectó enseguida: «¿Qué hace una chica a estas horas por aquí, buscando un cuaderno para regalar?». Pero ella se mantuvo estoica y asintió con total convicción.

—Es para mi novio —agregó con candor no fingido—. Quiero darle una sorpresa. Hace tiempo tenía uno… —explicó, tratando de esconder el dolor de los recuerdos en el fondo de su ser—. Pero lo perdió en un incendio hace años y… Me gustaría volver a regalarle otro. Era muy importante para él.

Ante aquella declaración tan sencilla, como Elaine imaginaba, el corazón del anciano pareció iluminarse a su vez.

«Así que, en el fondo, el amor es capaz de conmover otros corazones humanos», anotó el hada en su mente.

—Es un detalle muy bonito, querida —repuso el anciano, aún invadido de emoción—. Está bien. Ven, acompáñame.

Elaine, sabiendo que el hombre no tenía malas intenciones, obedeció. El librero la guio entonces hasta un mostrador, situado justo al fondo a la derecha del pequeño establecimiento y el hada abrió unos ojos como platos al contemplar lo que había allí expuesto.

No había gran variedad, era cierto. Sin embargo, las libretas estaban cosidas y grabadas con tal esmero que Elaine casi se estremeció, recordando sin quererlo el gastado libro que Ban le había regalado durante su primera semana juntos. Notando el corazón encogerse de emoción, la joven echó las manos hacia delante y, casi sin pensar, escogió uno de ellos. Era de cuero rojizo y tenía una copa grabada justo en el centro de la portada, rodeado por una filigrana sencilla que alcanzaba las esquinas.

—¿Te gusta ese? —preguntó el anciano, afable.

Elaine no respondió enseguida. Antes de eso, como había visto a Ban hacer alguna vez cuando salían a comprar, echó un discreto vistazo al dinero que llevaba. ¿Sería suficiente? Elaine era inocente, pero no estúpida. Y sabía que, a pesar de la importancia del regalo, debía tener cuidado con que no la estafaran. Salir con un ex bandido, en algunas cosas, tenía sus ventajas…

—Es muy bonito, aunque sospecho que se me sale de presupuesto —afirmó el hada con sinceridad. No obstante, al ir a dejarlo de nuevo en la mesa, el anciano la frenó sin violencia; haciendo que la joven lo encarara, extrañada—. ¿Qué ocurre?

El vendedor le devolvió una mirada limpia.

—Si quieres el cuaderno, tuyo es —le aseguró, para su inmediata sorpresa—. Págame lo que tengas y es suficiente.

Elaine dudó, notando cómo el pulso se le empezaba a acelerar. No detectaba engaño en el anciano; más bien, una intención benévola y un deseo de que, por fin, alguien se llevase aquellas obras. Las cuales, como observó el hada a continuación con pasmo, había cosido él mismo. Sin embargo, como también comprobó, aquellos productos no era algo que la gente que iba y venía de Oban buscara llevar consigo, ni siquiera ya los capitanes de barco para sus bitácoras. Había otros métodos más baratos y asequibles donde guardar los registros, por lo que aquellas delicadas libretas cosidas a mano llevaban mucho tiempo allí.

—Yo… —dudó la joven, antes de abrazar el cuaderno casi por instinto—. Es muy amable por su parte —Acto seguido, la muchacha bajó la mano y extrajo del pliegue de su capa las cuatro monedas de plata que había llevado consigo—. Esto es lo que llevo. Espero que sea suficiente.

El anciano, por su parte, abrió los ojos desmesuradamente antes de, con una extraña mezcla de sentimientos, aceptar solo dos de las monedas.

—Pero… —intentó protestar ella.

Él, por su parte, la acalló con un gesto.

—Créeme que no puedo aceptar tanto dinero por un humilde cuaderno —le aseguró, sonriendo un poco más que antes. «Por especial que sea para mí», agregó en su mente, aunque Elaine lo escuchó a la perfección—. Ve y llévale este regalo a tu novio, anda.

La muchacha, tras recuperarse de la sorpresa, asintió con las mejillas arreboladas.

—¡Muchas gracias!

El hombre le devolvió una nueva sonrisa de comprensión.

—Por cierto, tu novio es un chico afortunado, sin duda —Justo antes de salir de la tienda, Elaine se giró, interrogante, al escuchar la voz del anciano. Y su rostro se puso del color de la grana cuando este añadió, con media sonrisa divertida, antes de que ella casi saliera corriendo de la librería—. No todos tienen la suerte de llevar un hada colgando de su brazo, ¿me equivoco?

Cuando una jadeante Elaine llegó, minutos después, a la puerta de su dormitorio de la posada, el sol ya había asomado del todo por el horizonte y el ajetreo de la ciudad iba en aumento minuto a minuto. Los puestos del mercado abrían sus puertas, las mujeres se dirigían con la colada hacia el lavadero y los marineros comenzaban a pregonar su mercancía en la lonja. Elaine inspiró hondo antes de adentrarse por fin en el dormitorio. No sabía si Ban se habría despertado ya; pero, ahora, con el corazón acelerado y con un súbito temor irracional de que, descubierta su identidad, alguien la persiguiera para arrancarle las alas o algo peor, igual que habían hecho en su día con sus compañeros, la joven hada no estaba segura de cómo sentirse ante la posibilidad de que Ban la descubriera antes de tiempo. Sin embargo, el bandido parecía acabar de despertarse en ese preciso instante, dada su cara somnolienta y su forma de parpadear. Al verla aparecer, Ban echó un vistazo a las sábanas vacías junto a él. Después, alzó la mirada hacia ella, desorientado.

—¿Elaine? —preguntó, ronco—. ¿Qué ocurre? ¿Qué… hora es? ¿Qué haces…?

—Está todo bien, Ban. No te preocupes —se apresuró ella a tranquilizarlo, cerrando tras de sí y escondiendo con cautela el libro en un bolsillo interior de la capa—. He tenido que salir un momento antes de que te despertaras, pero ya estoy aquí.

No obstante, debió esperar parte de la reacción de él. Sus ojos se abrieron de par en par, su torso se irguió sobre la cama en toda su longitud y el miedo por lo que hubiera podido pasarle a ella, sola en la calle, cristalizó frente a la mente de Elaine como si leyera un libro abierto. Al tiempo, la joven vio que él abría la boca para decir algo. Pero, como era lógico, Ban volvió a cerrarla y a apretar los labios cuando la ceja enarcada de ella le dio la pista de que, primero, Elaine sabía lo que estaba pensando; y, segundo, no estaba nada de acuerdo con él.

—Sé lo que ibas a decir —le advirtió, sin enfado, antes de echarse las manos a la espalda con fingida inocencia y tomar el cuaderno entre los dedos—. Pero créeme que, en mi opinión, vas a agradecerme que lo haya hecho.

En el fondo, a Elaine la conmovía aquella preocupación rayana en la locura que Ban tenía por ella; pero, por otra parte, se sentía algo constreñida. Era una adulta, ¿no? Y tenía bastante más poder que la mayoría de los que la rodeaban. Un simple gesto de la mano y problema resuelto. Arrinconando la sensación de unos minutos antes de sentirse observada y perseguida, el hada se situó junto a la cama y aguardó la reacción de él.

Ban, por su parte, aún parecía algo reticente a no dejar salir sus pensamientos más allá de la simple visión interior de Elaine. Sin embargo, en cuanto la joven sacó el regalo de su espalda con una extraña timidez, casi opuesta a la seguridad que mostraba un segundo antes, a Ban se le desencajó el rostro de golpe y olvidó, sin esfuerzo, cualquier posible reproche o regañina que hubiese rumiado en el último minuto.

—Elaine… —balbuceó, cuando se creyó capaz de volver a vocalizar, alternando sus ojos escarlatas entre el cuaderno de piel y el rostro de ella—. ¿Qué…?

La joven, por su parte, le puso dos dedos en los labios con dulzura antes de que dijera nada más y sonrió, sintiendo cómo sus mejillas se encendían sin poder evitarlo.

—Digamos que ayer vi una pequeña librería y pensé… No sé —algo avergonzada de súbito, Elaine se mordió el labio e inclinó el rostro hasta casi ocultarlo bajo su melena rubia—. Cuando nos conocimos, era algo importante para ti y conseguiste que yo me interesara… Así, creí que… Bueno, te gustaría… Que tú y yo…

Elaine fue incapaz de terminar la frase; de un momento a otro, se vio atraída hacia Ban y sus labios quedaron bloqueados con un beso que la hizo estremecer entera. Sabiendo que no necesitaba más palabras, Elaine se dejó besar y aferró los dedos sobre la nuca nívea de él, casi cohibida por la intensidad de sentimientos que percibía corriendo por el cuerpo de Ban en aquel instante. Agradecimiento, pasión, deseo, conmoción…

Elaine —susurró él al cabo de un largo minuto, cuando se separaron para coger aire, al tiempo que enfocaba el reluciente cuaderno rojizo sin creérselo aún—. Ay, diosas. Sin duda, eres el mayor tesoro de mi vida —susurró junto a su oído—. Gracias, mi amor.

Ella sonrió con dulzura antes de separarse y enfrentar su rostro emocionado.

—¿Quieres que empecemos con las cervezas de ayer? —sugirió entonces, mirándolo con intensidad.

Ban se rio sin dejar de abrazarla.

—Claro que sí. Pero, antes… —Sin avisar, el humano tiró en ese instante de ella hacia las sábanas; Elaine tan solo emitió un gritito de sorpresa para, después, echarse a reír a carcajadas. Todo antes de que cualquier sonido fuese silenciado por un nuevo baile de sus labios entrelazados; Ban estaba emocionado, pero también ansioso por devolverle el favor de una forma que hizo temblar de anticipación a la muchacha de pies a cabeza—. Permíteme agradecerte el regalo como es debido, ¿no? No pienso degustar solo cerveza en este viaje…

La única respuesta del hada ante aquello fue aferrar su nuca, sintiéndose arder, antes de atraerlo de nuevo hacia sí y dejarse desnudar sin pega. Los dos amantes enredaron entonces sus cuerpos sobre el duro colchón entre dulces y tiernos jadeos, gemidos y besos apasionados. El amor duró varios minutos que se hicieron demasiado cortos antes de que ambos cayeran rendidos, desnudos y relajados entre las sábanas, casi igual que habían empezado la mañana. Sin prisa, hablaron y rieron abrazados hasta que sus estómagos protestaron de hambre. Solo entonces, ambos decidieron que había llegado la hora de desayunar. Sin apenas dudarlo, Ban se vistió y bajó a la taberna casi antes de que Elaine se decidiera a levantarse de la cama, volviendo cinco minutos después con una cesta llena de comida bajo el brazo. Entre las viandas, además, asomaban otras dos botellas relucientes de cerveza.

Así, los dos amantes desayunaron en la cama en su tercera mañana de viaje mientras bebían cerveza, recobraban fuerzas y, de paso, colocaban las primeras etiquetas al reluciente cuaderno de viaje. Al mismo tiempo, los dos pensaban en la ruta a seguir para conseguir todas las pegatinas posibles y, así, rellenar el preciado volumen. Porque, ahora, estando juntos y felices después de tanto tiempo… ¿Quién tenía prisa por volver a la rutina?

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