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#FanficThursday: Seven Deadly Sins – “En tiempos de paz” (Capítulo 7)

Capítulo 7 — Hay que estar preparados para todo

Cuando Elaine se despertó, el sol caía sobre el horizonte, al otro lado de la ventana. El hada, algo asustada, se preocupó y miró a su alrededor. Desorientada al principio, más tranquila cuando reconoció la habitación de la posada.

—¿Ban…? —llamó, insegura.

Pero era evidente que su amado no estaba allí con ella. Confundida, Elaine volvió a otear los rincones del dormitorio, comprobando que la bolsa de viaje de él estaba junto a una de las paredes.

«¿Qué…?», empezó a preguntarse en su mente; justo en el instante en que la puerta se abría y la enorme figura de Ban aparecía por el dintel.

—¡Ah! ¡Qué bien! ¡Ya te has despertado! —canturreó él a modo de saludo, alegre, en cuanto la vio incorporada sobre las sábanas. Después, se acercó para sentarse sobre el borde de la cama—. ¿Cómo estás?

Elaine se frotó la cabeza, sintiendo una ligera vergüenza ascender a su rostro.

—Bueno… —dudó—. Creo que… mejor que antes de dormirme…

Ban sonrió, comprensivo.

—Te harás a este ritmo, te lo prometo —le aseguró, sin acritud alguna y sin hacer alusión directa a la consecuencia número uno de aquella “siesta” improvisada de la joven—. Viajar es lo que tiene…

Elaine le devolvió una sonrisa, algo más relajada, antes de acercarse un poco más a él y, de rodillas sobre el colchón, inclinar la cabeza sobre su hombro.

—Oye, y… ¿qué tienes ahí? —preguntó, curiosa.

***

En efecto, Ban llevaba algunos bultos en las manos que, por otra parte, no dudó en mostrar a Elaine en cuanto ella preguntó. Uno de ellos era una chaqueta de bordado para la muchacha que evitaba las alas, puesto que solo unía una manga con otra mediante una tira de tela en la parte superior. Además, para alegría interna de Ban, le sentaba como un guante. Su entrega devolvió a cambio un intenso beso que el humano hubiese eternizado. Pero Elaine se interesó enseguida por el resto de compras: como, por ejemplo, la chaqueta de piel para él con camiseta a juego, para los días más fríos.

—Creo que con esto estamos preparados para viajar, ¿no? —ironizó ella entonces, pasando la mano por la suave lana interior de la chaqueta.

Ban soltó una risita en respuesta.

—Eso parece —comentó, antes de inclinarse para tomar el último paquete.

Este era de barro, desprendía un ligero calor y, por añadidura, por entre las rendijas de la tapa salía un olor bastante apetitoso. Elaine hizo un gesto interrogante. A lo que Ban, respondió con media sonrisa burlona y un:

—Pensé que, después de la resaca, tendrías hambre…

***

El hada se puso colorada como la grana, pensando en lo embarazoso de haberse emborrachado solo con una cerveza; pero Ban le quitó importancia enseguida antes de sentarse a los pies de la cama, sobre la alfombra, y abrir el puchero frente a sus piernas cruzadas. Elaine lo secundó enseguida, sintiendo las tripas rugir, antes de dejar que el brazo amoroso de Ban la acogiera junto a él.

—¿Lo has preparado tú? —quiso saber ella, curiosa, mientras cataba la primera cucharada.

Ban sacudió la cabeza, esbozando una mueca divertida.

—No. Aunque creo que la próxima vez le diré al cocinero que mejor lo hago yo… —Elaine se rio sin poder evitarlo, haciendo que él se girara como un resorte—. ¡Oye! ¿Qué es tan gracioso?

A lo que Elaine, por chincharlo, le guiñó un ojo y contestó, mordaz:

—¡Vamos, no seas quejica! No está tan malo…

***

Ban entrecerró los ojos, herido sin quererlo en su orgullo de cocinero; justo un segundo antes de percatarse de lo que ella pretendía.

—Vaya, vaya… ¿Estás intentando provocarme, señorita?

Elaine, por su parte, se metió una cucharada con lentitud deliberada en la boca. Sin poder evitarlo, Ban se rio.

—Está bien. Si no estuviera tan hambriento, te ibas a enterar… Pero… —Ban lamió la cuchara con intención, sin dejar de mirar a la muchacha—… por esta vez, te la voy a pasar…

Sin embargo, las provocaciones no terminaron ahí. Mientras seguían comiendo –y aunque Ban lamentara para sus adentros, en parte, no tener una mesa apropiada en la habitación donde su princesa pudiese comer en condiciones–, en un momento dado, el humano vio que Elaine se había manchado la comisura del labio. Con delicadeza, le levantó entonces la barbilla y, ante su sorpresa, el humano besó la zona manchada; para, después, repasarla suavemente con la punta de la lengua.

***

Al hada, por su parte, decir que aquello la sorprendió y la excitó a partes iguales sería quedarse bastante corto. Ante aquel gesto, entre tierno y galante, la joven notó ascender un placentero escalofrío entre las alas que nada tenía que ver con la temperatura ambiente. Ban, por su parte, se apartó como quien no quiere la cosa para abrirse una cerveza, mientras que Elaine tardó un par de segundos aún en reaccionar. Durante los cuales, sin darse cuenta, su mirada se quedó prendada del perfil de él mientras bebía. Sin quererlo, Elaine empezó a notar un calor familiar adueñándose de su cuerpo. Antes de, como si fuera un mero impulso, incorporarse junto a su amado, echar una mano a la botella que él sostenía entre los dedos en el momento en que la bajaba, separándola de sus labios; y, ante su evidente sorpresa, besar su boca húmeda de una forma que a Ban casi se le escurrió la cerveza de entre los dedos.

***

Por suerte, la cordura le duró al antiguo bandido lo suficiente para, en vez de lanzar su brazo lejos, ceñirlo en torno a la cintura de Elaine y obligarse a no hacer una locura, con la cerveza aún en la mano. No obstante, estaba claro que ella no se lo iba a poner fácil. Sin percatarse, ambos acababan de cruzar una línea por la que, de momento, ninguno estaba dispuesto a retroceder. Desde que se habían acostado por primera vez y, todavía más, desde que la paz era un hecho en Liones, la chispa entre sus cuerpos surgía con más rapidez en cada ocasión que estaban juntos en la intimidad. Cuando se separaron, además, el hada susurró, antes de que él fuese capaz siquiera de hilar un pensamiento coherente y verbalizarlo:

—¿Me das un sorbo de eso, Ban?

Por toda respuesta, el humano alzó la mano como un autómata y le entregó la botella.

***

Elaine, sin pararse casi a pensar en lo que hacía, alzó su brazo y dio un trago intenso de cerveza, notando sus ojos escarlatas clavados en su rostro en todo momento. Mientras bebía, la joven a punto estuvo de atragantarse cuando a su mente llegó, con claridad cristalina, el pensamiento tan rudo, a la par que erótico, que Ban acababa de tener sobre ella.

Sin embargo, la joven se obligó a terminar el movimiento, tragar y volver a bajar la botella con lentitud forzada. Sabía lo que podía pasar después de aquello; no, lo que iba a pasar. Y era consciente de lo que él pensaba al respecto. Por todo esto, en cuanto pasó una décima de segundo, las miradas se cruzaron y todo sucedió tan rápido que Elaine ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar. En el fondo, tampoco quería hacerlo.

Primero, Ban atrapó sus labios con los de él, repasando cada curva con la lengua para llevarse todo resto de cerveza y provocando un gemido involuntario al hada; después, le quitó la botella de la mano y la alzó en sus brazos, esquivando el estofado de la noche por muy poco. Y, antes de lanzarla sobre la cama, pensó de forma audible:

«A la mierda la cena, mi amor. Esto no ha hecho más que empezar»

***

A la mañana siguiente, Elaine se despertó cuando el sol apenas empezaba a asomar por el horizonte. Las gaviotas sobrevolando el puerto hicieron que abriera los ojos, somnolienta, antes de estirarse, bostezar con discreción e incorporarse, mirando hacia el exterior con relajada curiosidad. Después, sus ojos volaron despacio hacia su acompañante en la cama, lo que provocó una sonrisa abochornada a la joven hada. Ban dormía boca abajo, desnudo como un bebé, apenas tapado por el revoltijo que constituían las sábanas y casi rodeando la almohada con los brazos. Mientras observaba sus pestañas aletear en sueños, Elaine juraría que nunca había visto su rostro tan libre de tensión. La muchacha se mordió el labio. Era el momento perfecto para llevar a cabo su plan.

Con mucho tiento, así pues, el hada se deslizó con el mayor de los cuidados fuera de la cama; sabiendo por intuición que Ban no se despertaría fácil, pero por si acaso. Sin hacer ruido, Elaine se vistió con el traje del día anterior, se abrigó con su chaqueta nueva y, con el corazón en un puño, se acercó a la ropa de Ban para coger algunas monedas de la faltriquera. Sabía que quizá, en parte, estaba obrando mal. Que aquel dinero, aunque él lo usara para ambos, ella no tenía derecho a cogerlo. Pero, tras respirar hondo tres veces, la joven se convenció de que sus intenciones merecerían cualquier posible reprimenda.

Cuando Elaine consiguió salir por fin del dormitorio, abrigada con su capa y con el dinero a buen recaudo, Ban seguía dormido como un tronco y no se había movido un milímetro de su posición anterior.

«Casi mejor», suspiró el hada para sus adentros, con ternura. «Esperemos que siga así cuando vuelva».

El aire del pequeño pueblo, aun a aquella hora temprana, era frío y húmedo hasta calar en los huesos. Elaine se arrebujó de nuevo en su capa, deseando por un instante volver al calor de la cama y el cuerpo de su amante; sin embargo, una sola imagen de lo que podría resultar de su pequeña escapada fue suficiente para seguir empujando sus pasos hacia delante, uno a uno, hasta llegar a su objetivo.

La pequeña tienda, para su alivio, ya estaba abriendo. La había atisbado el día anterior mientras paseaban, antes de llegar a la taberna donde comieron; pero, en aquel momento, Elaine no había tenido valor de pedirle a Ban que entraran. Ahora, sintiéndose más lúcida y tras haber rumiado la idea durante la parte de la noche que había pasado en vela, solo observando la espalda de Ban mientras él dormía, acunada por la luz de la luna y el suave ajetreo nocturno del pueblo, Elaine estaba totalmente convencida de que tenía que hacer aquello.

Al fin y al cabo, ¿acaso algo los había unido más que aquel pequeño diario plagado de etiquetas de cerveza? Para Ban había sido un tesoro, más que cualquier cosa… Y, ahora, viajando para degustar aquella dorada bebida, Elaine veía una oportunidad única para hacerle aún más feliz. Así que, tras inspirar hondo de nuevo para reunir valor suficiente, el hada decidió dar un paso más y empujar la puerta del establecimiento.

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