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#FanficThursday: Step Up (Capítulo 32)

The Only One – Camille&Moose (Step Up Fanfic)

Capítulo 32 – El chico es mío (Las Vegas)

Resultado de imagen de alyson stoner the boy is mine

 

Para Gloria

Camille:

Esto es como vivir un sueño. Ni siquiera me parece que las luces, la comida o el sofá sobre el que estoy medio sentada con las piernas apoyadas en las rodillas de Moose, sean auténticos.

El subidón de adrenalina tras haber ganado, con todo el confeti cayendo a nuestro alrededor, la música sonando y todo el mundo bailando, continúa palpitando en mis venas como una melodía sin final. El champán corre de mano en mano y hay comida de todo tipo frente a nosotros. Y Moose y yo, como si tuviéramos diez años menos, no hacemos más que dirigirnos miradas furtivas que cuando se encuentran, hace que estallemos en carcajadas y de vez en cuando nos besemos con algo más de energía de lo normal; al menos, cuando estamos en público.

Obviamente y aunque no somos la única pareja presente, cada gesto apasionado hace aflorar los silbidos y el jaleo. Pero hoy, esta noche, tampoco me importa. De repente, empiezo a ser consciente de algo en la nebulosa de euforia que envuelve mi cerebro: esto supondrá un cambio en nuestras vidas. Y al contrario de lo que suponía, o de lo que evaluaría mi parte más severa y reflexiva, no me preocupa; más bien es una especie de escalofrío de anticipación el que me recorre la espina dorsal.

En ese instante, sin embargo, mi ánimo se enfría cuando veo por el rabillo del ojo moverse una silueta desgraciadamente conocida. La mandíbula se me tensa ligeramente cuando la rubia que hace apenas dos noches intentó robarme a mi chico me devuelve la mirada; una mirada cargada de sorpresa y algo de desafío. Moose, cuando se percata de su presencia, la mira con aparente tranquilidad mientras bebe de la copa de champán que tiene en la mano izquierda, apoyada sobre el respaldo del sofá. Y yo siento estremecerse mi cuerpo con un extraño placer cuando, al mismo tiempo, ciñe su brazo derecho alrededor de mi espalda, aproximándome a él de forma poco inocente. Los ojos de la rubia, para mi triunfo, se abren aún más y yo no puedo evitar –no sé si por el champán o por el éxtasis de la victoria en The Vortex– lanzarle una falsa mueca de disculpa. En este momento suena sobre nuestras cabezas el tema “The girl is mine” de Michael Jackson y Paul McCartney y no puedo evitar pensar con diversión: “El chico es mío”.

Su reacción ante mi gesto no se hace esperar. Su rostro pasa del desdén al enfado en un instante y enseguida sugiere a sus acompañantes que se vayan a otra parte. Pero, cuando lo hacen, Moose me sorprende besando la parte baja de mi mandíbula y susurra en un tono que conozco bien, apenas un ronroneo:

–Vámonos de aquí.

Moose:

No sé si es el hecho de haber ganado o qué narices me pasa esta noche. Lo único que noto es que mi cabeza bombea como si mi corazón se hubiese salido de mi pecho e hubiese invadido el rincón donde debería estar mi cerebro. Veo las luces brillar, me tiemblan las manos y solo tengo ojos para una persona. O más bien, una criatura celestial de ojos oscuros que parecen invitarme al paraíso cada vez que se giran hacia mí. Está aquí, ambos estamos aquí; hemos ganado. No solo The Vortex, sino algo más. Nuestro sueño y una unión más sólida entre los dos. Un vínculo que jamás volveré a permitir que se debilite de forma tan absurda.

Cuando nos levantamos y me toma de la mano para llevarme al ascensor, me dejo conducir. Creo que alguien silba a nuestra espalda, pero me da igual. Cuando las puertas se cierran tras nosotros, en la soledad de este pequeño espacio que nos hace ascender, la esquina parece un sitio más que perfecto para darnos rienda suelta y olvidar la contención. Nuestras bocas se enlazan con furia, noto su cuerpo contra el mío…

Segundos después, una sacudida brusca nos hace salir momentáneamente del sueño idílico en el que nos encontramos y la puerta se abre a nuestra espalda. De golpe, nos separamos como si no sucediese nada cuando dos parejas más entran en el ascensor. Pero hasta que llega nuestro piso no hacemos otra cosa que mirarnos y reírnos como idiotas por lo bajo.

De los nervios y parcialmente por culpa del champán, ninguno atina a la primera a meter la llave en su sitio. Pero cuando la puerta se cierra violentamente tras mi espalda y entramos en el dormitorio a oscuras, es como si nos adentráramos en otra dimensión. Una reservada para nosotros dos. Ni siquiera nos quitamos la ropa antes de que nuestros cuerpos se encuentren de la forma más dulce posible. Mis manos suben su falda y las suyas sueltan mis tirantes. Ella queda contra la pared, en mis brazos, con sus piernas rodeando mi cintura y la cabeza echada hacia atrás; lo que permite que, después de que su mano lance lejos la gorra que he llevado para bailar, mis labios saboreen su cuello y las zonas cercanas con total libertad. Nos sentimos bien, eufóricos, y cambiamos de posición mil veces antes de llegar al deseado final.

Qué le voy a hacer. La amo. Y por ello, en esta nebulosa de felicidad sé qué es lo que tengo que hacer a continuación.

Camille:

El frío del cristal es un curioso contraste con mi piel, encendida tras hacer el amor con Moose. Sus manos aún están rodeando mi cintura y siento su cuerpo apoyado contra mi espalda, temblando por el esfuerzo. En ese momento, él apoya la barbilla en mi hombro y me susurra toda clase de cosas preciosas al oído. Yo le respondo en el mismo tono. A nuestros pies, al otro lado de la ventana, Las Vegas se extiende como un mapa de luces multicolores. Habrá quien piense que estamos en una posición muy expuesta, pero la altura y la desinhibición de esta noche hace que apenas nos importe que alguien pueda vernos. Era lo que necesitábamos hacer, y hoy nadie en el mundo podría negarnos nada. Ni siquiera nosotros mismos.

Pasan unos minutos en los que ninguno de los dos nos movemos: sus brazos siguen rodeando mi cintura, su respiración y la mía se tranquilizan y se hacen casi una sola, en completa armonía. Sí; así es como siento que debe ser. Él y yo, una sola unidad.

En ese instante, sin embargo, su cuerpo se aleja ligeramente del mío y me susurra que espere un segundo, que ahora vuelve. Yo obedezco sin dejar de mirar hacia el exterior. ¿Qué me pasa esta noche que todo lo que veo me parece magia pura? No lo sé, pero desde luego la presencia repentina de una cajita con un anillo frente a mis ojos, sin esperarlo, contribuye a hacer que la situación se vuelva todavía más sorprendente.

–Sé que quizá debí pedírtelo hace mucho. Sé que me he comportado como un idiota estos días. Pero también sé que es el momento ­–me susurra por la espalda mientras yo intento asimilar lo que me está diciendo, sin creérmelo del todo y procurando no echarme a llorar de la emoción–. Cásate conmigo, Camille Anne Gage.

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