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#FanficThursday: Step Up (Capítulo 23)

The Only One – Camille&Moose (Step Up Fanfic)

Capítulo 23 – El retorno de Miami (Nueva York)

“George Gordon Byron, poeta inglés considerado uno de los escritores más versátiles e importantes de…”

Resoplo cuando la frase se niega a continuar en mi cabeza. Cierro los ojos, me concentro y repito de nuevo: “George Gordon Byron, poeta inglés considerado uno de los escritores más versátiles e importantes de…”

Ahogo un grito de frustración. Nada. Es imposible. Bufo, cabreada. Llevo intentando aprenderme la biografía de Lord Byron toda la tarde pero, por algún motivo, no soy capaz de pasar de la primera línea. Los exámenes de junio se acercan pero mi cabeza, en vez de estar metida en el libro de “Literatura Inglesa del siglo XIX”, divaga a miles de kilómetros de Nueva York. Concretamente, entre los rascacielos de Miami.

La verdad, no recuerdo si Moose y yo hemos tenido alguna bronca gorda en los casi cuatro años que llevamos juntos pero, desde luego, la de hace unos días ha estado a punto de echar al traste nuestra relación. ¿Por qué ese cabeza de chorlito no es capaz de entender lo que le digo? Desde que empezamos la universidad y a salir, cuando volvimos a bailar después de tanto tiempo –al menos yo–, la vida parecía sonreírnos en todo. Yo avanzaba con mis estudios de Literatura y él en Ingeniería. Aparte de en la pista, hay que decir que es un máquina de las luces y la electrónica, no sé cómo lo consigue.

Pero, de verdad; ¿a quién se le ocurre irse pitando a Miami porque un antiguo compañero te lo pide sabiendo que en unos días empezará la carnicería que suponen los exámenes finales?

Recuerdo que estábamos juntos en Central Park paseando cuando Jason le llamó. Al parecer, le ofrecía participar en un macro-proyecto con The Mob, los reyes del baile protesta de Miami y su nuevo grupo, para tratar de impedir la destrucción del barrio donde todos ellos vivían. Y Moose, que de bueno hay que decir que parece tonto y lo digo con todo el amor del mundo, aceptó enseguida casi sin consultármelo.

Pero no me enfadó tanto eso como el hecho de que parecía no escuchar ni una palabra de lo que le decía. Habíamos intentado hacer todo lo posible para compaginar el baile con la carrera durante aquellos años sin que sus padres se enterasen… ¿E iba a tirarlo todo por la borda por un impulso solidario? Después, cuando me pidió que fuese con él, me negué en redondo. Tenía muy claro que mi vida estaba en Nueva York y tenía que estudiar. Él prometió que volvería a tiempo para los exámenes, pero yo no podía creerle. Por algún motivo, me negaba a creer que el baile dominaba mi vida y mi relación de esa manera.

Sin embargo, no he sido capaz de quitarme esa conversación de la cabeza en los tres días que lleva fuera. Su rostro dolido cuando nos separamos en el parque me ha acompañado todas estas horas, provocando que el dolor de mi corazón y mis remordimientos por haber sido tan dura con él se comporten como una losa sobre mi cabeza y mi concentración. Mis amigas han intentado animarme para que vaya con ellas a la biblioteca, por si el ambiente de estudio me ayuda a aparcar tanta amargura, pero me siento incapaz.

En mi habitación, ahora individual, por algún motivo me siento a salvo del mundo y protegida de todo. No quiero ver a nadie. Solo quiero tratar de estudiar para olvidar que, en el fondo, hace casi dos días que lo único que deseo es volver a verlo y abrazarlo. Quiero que vuelva sano y salvo, puesto que se está metiendo en un cenagal algo peligroso. ¿Y si no sale bien? ¿Y si los detienen? ¿Qué será de su futura carrera? Todo eso da vueltas en mi cabeza y me impide pensar en Byron, a la vez que no puedo reprimir las lágrimas por más tiempo y me derrumbo encima de mis brazos, cruzados sobre la mesa.

Por eso, no escucho la puerta de la habitación abrirse, ni los pasos que se aproximan a la mesa… Solo soy consciente de que ya no estoy sola cuando una mano se apoya en mi pelo y luego baja por mi oreja hasta rozar mi mejilla. De golpe, alzo la cabeza… Y ahí está él. No puedo creerlo. Ha vuelto. ¡Ha vuelto!

–¿Moose? –pregunto, sin embargo, pensando que pueda tratarse de un sueño.

Pero él sonríe a medias y asiente con la cabeza. Por un instante, me parece verlo más guapo que nunca y lo abrazo sin pensar apenas. Él, amorosamente, me recoge entre sus brazos y me besa el pelo mientras yo rompo a llorar de nuevo, esta vez de alegría, sobre su cuello.

–¡Eh, eh! –me da unas palmaditas en la espalda para tranquilizarme–. Si llego a saber que te ibas a echar a llorar no vengo…

Sin poder evitarlo, le doy un suave puñetazo en el hombro a la vez que levanto la cabeza para encararlo directamente.

–Serás idiota… –me río entre lágrimas. Él me mira con una dulzura que sé que no merezco, y por eso le digo–. Lo siento, Moose. Me he comportado como una cría…

Él acaricia mi mejilla con suavidad.

–En realidad, tenías razón en todo lo que me dijiste –reconoce, para mi sorpresa–. Pero sabes que no puedo soportar ver sufrir a nadie… Y por eso me doy cuenta de que no caí en la única persona que realmente quería ver feliz.

Lo admito, su confesión me emociona. Pero también el hecho de que tenga esa capacidad de darse a los demás sin pedir nada a cambio. Es una de las cosas que me vuelve loca de él.

–Yo no debí haberme puesto así… –me sincero, tomándolo de las manos–, pero tenía tanto miedo de que te pasar algo. La policía, yo que sé –me encojo de hombros y bajo la cabeza, avergonzada–. Quiero que seas feliz, Moose, y que hagas lo que te haga feliz de verdad.

Moose me toma el rostro entre las manos antes de besarme despacio, borrando de un plumazo toda mi tristeza.

–Yo también quiero que seas feliz, Cam –me dice, separándose ligeramente–. Y por ello no volveré a tomar una decisión que pueda afectarnos a los dos sin consultarlo contigo, ¿de acuerdo?

Sonrío, emocionada. Esto es un paso más, lo presiento. Pero me da poco tiempo a pensarlo antes de que mis labios se precipiten de nuevo hacia los suyos, buscando algo más que un simple saludo de bienvenida. Y Moose, con el mismo sentimiento corriendo a toda velocidad por sus venas, patea su macuto hacia un lado al tiempo que ambos avanzamos para aterrizar sobre la cama.




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