
La zona donde se alojaban los ocho Sombrero de Paja estaba tranquila en la noche cuando Nami por fin alcanzó la puerta de su cabaña. Resoplando en parte de alivio y en parte de cansancio por la carrera tras huir de la zona de recreo nocturna, sacó la llave del bolsillo del vestido para meterla en la cerradura. Al otro lado, la recibió el orden y el toque femenino que había dejado al irse, y que ahora aliviaba su desazón como una amiga íntima a la que confiar sus penas. Tras soltarse el pelo y quitarse las sandalias, la navegante pelirroja se acercó a la terraza y salió al vallado exterior. Aunque seguía estando a ras de suelo, sin quererlo en aquel pequeño recodo se sentía más tranquila y en paz consigo misma.
Por un momento, pensó en encender el jacuzzi exterior, pero al final desechó la idea al pensar en tener que volver a entrar a la habitación a ponerse el bikini. Además, tras la reciente experiencia con aquellos entrometidos y considerando su reticencia a que ningún hombre indiscreto la viese desnuda, lo último que iba a hacer era meterse sin ropa en la bañera al aire libre y arriesgarse a tener espectadores. Así que, tras dudar una centésima de segundo, se limitó a sentarse en el borde de cerámica más cercano a la baranda para observar la noche.
—Eh, Nami. Estás aquí.
La aludida dio un brinco al escuchar su nombre, alerta, apenas dos minutos después de haberse acomodado; pero se relajó apenas en cuanto vio brillar bajo la luna un pelo verdoso, crespo e inconfundible, acercándose por entre los árboles.
—Zoro… —respondió, antes de ponerse a la defensiva casi sin pretenderlo—. ¿Qué haces aquí? ¿Has venido a regodearte?
Como debió suponer, el guerrero frenó en seco al escuchar aquello y su ceño se frunció más de lo habitual.
—¿Regodearme de qué? —pareció molestarse, señalando a su espalda con elocuencia—. Te recuerdo que te he salvado el pellejo ahí atrás.
Nami apretó los labios, deseando decirle que no necesitaba su ayuda para protegerse, aunque en el fondo lo hubiese agradecido. Al final, este último argumento ganó la partida y la joven suspiró, rendida.
—Lo sé, perdona… —se disculpó de inmediato, pasándose la corta melena por detrás de las orejas y apartando la vista—. En realidad, te agradezco que me hayas ayudado con esos tres…
Él se encogió de hombros con levedad, como quitándole importancia y ya sin rastro de enfado.
—No hay de qué —repuso, más cordial—. Además, pasaba por aquí y quería ver cómo estabas.
Una diminuta sonrisa de ternura asomó a los labios de Nami. Algo le decía que su compañero, en el fondo, había aparecido por allí de casualidad, perdido de camino a su cabaña, pero no lo comentó en voz alta. Además, después de tantos meses navegando juntos, tampoco podía estar enfadada mucho rato con él, menos si no se lo merecía.
—Estoy bien, solo ha sido un susto —admitió, contrita—, pero… no he sabido reaccionar bien y siento haber desaparecido así.
—No te preocupes —le aseguró él, acomodando los brazos cruzados sobre la baranda—. Esos idiotas han salido por patas en cuanto les hemos atizado entre todos, así que no van a volver a molestarnos.
Nami sacudió la cabeza, suspirando.
—Mira que os tengo dicho que no os metáis en peleas… —lo regañó a medias.
Zoro apenas movió los hombros en un gesto displicente, sin asomo de culpabilidad más allá de su ceño algo más pronunciado de lo normal.
—Eres una de las nuestras, no podíamos dejarlo así —decretó, serio, clavando en ella dos ojos duros como el acero.
Conmovida por el halago y sabiendo que la ira no iba contra ella, la joven asintió.
—Gracias —reiteró.
Zoro sonrió entonces apenas con camaradería, pero no dijo nada más. Nami, de hecho, esperaba que en ese instante se retirara y volviera a dejarla sola. Para bien o para mal, el guerrero pareció dudar unos segundos sin moverse del sitio, solo mirando la floresta a su alrededor; justo antes de hacer casi lo último que la pelirroja imaginaba.
—Por cierto, he encontrado esto desatendido en una despensa… —comentó, sacando cuatro botellas de buen tamaño de detrás de la espalda—. Igual te anima.
Nami lo observó sin saber si enfadarse con él por el robo, o reír a carcajadas por lo cómico de verle aparecer con tanto alcohol de repente entre las manos.
—¿Qué es eso? —preguntó, curiosa sin remedio.
Zoro se encogió de hombros y miró las botellas entre sus dedos, como si en realidad ni siquiera supiera lo que eran.
—No sé, pero huele a alcohol que mata —declaró, convencido—, así que estoy muy tentado de catarlo.
Nami se rio sin poder evitarlo.
—Eres lo peor, Zoro.
Él hizo una mueca en su dirección.
—Dijo la sartén al cazo —repuso, para cierta vergüenza de la joven pelirroja, pillada en falta—. Dime que a ti no te pica la curiosidad…
Nami sacudió la cabeza, sin confirmar lo que los dos sabían, y oteó la etiqueta sin disimulo.
—No reconozco lo que es, será alguna especialidad del Grand Line —aventuró.
Acto seguido, echó la mano hacia delante para coger una de las botellas y Zoro, sin oponer mucha resistencia, le dejó hacer mientras dejaba las otras en equilibrio sobre la baranda. La joven destapó el licor con los dientes y dio un trago sin más dilación. Sabía mucho a alcohol, como aventuraba el espadachín, pero tenía un interesante toque especiado de cardamomo y canela que gustó a Nami de inmediato.
—Pues está bueno, la verdad.
Su compañero pareció sonreír con apreciación antes de imitarla y llevarse otra de las botellas a los labios. Nami observó los músculos de su brazo brillando a la luz de la luna, mientras veía cómo su nuez subía y bajaba, con una sensación cálida y poco familiar en la boca del estómago. No le gustó no saber identificarla y prefirió no ahondar en ello, algo a lo que no pareció ayudar mucho el hecho de ver cómo él se relamía con expresión concentrada tras dejar de beber.
“¿Qué demonios estás pensando?”, se amonestó para sus adentros, casi con diversión.
—Pues… sí que está bueno —admitió Zoro, sin mirarla y sin percatarse, por tanto, de su súbito nerviosismo—, aunque diría que no es sake…
Nami sacudió la cabeza, tratando de ignorar por segunda o tercera vez aquella extraña punzada en el esternón cada vez que él se movía en su campo de visión, al tiempo que aquel extraño alcohol empezaba a hacer efecto en su cuerpo. Sin duda, aquello era más fuerte de lo que ambos estaban acostumbrados desde que se conocían. Por un instante, Nami estuvo tentada de no dar otro sorbo de aquel extraño licor que le hacía pensar y sentir cosas tan extrañas, pero su cuerpo pareció protestar solo de pensarlo y la navegante optó por no resistirse más.
“Estamos de vacaciones”, se recordó. “No es un pecado dejarse llevar un poco. Menos aún si la persona que está contigo es alguien en quien confías desde hace tiempo, ¿verdad?”
Y era cierto: a pesar de sus piques diarios, apreciaba a aquel espadachín tímido y algo seco de la forma que se querría a un familiar algo arisco, con el que riñes de vez en cuando. Sin embargo, no manifestó nada de aquello en voz alta, y en cambio susurró:
—De cualquier manera, esto siempre ayuda a pasar los malos tragos, así que te agradezco el detalle.
Para su sorpresa, o no tanto, el espadachín la encaró en ese instante con una ceja levantada y media sonrisa mordaz.
—No me des tanto las gracias, a ver si me voy a acostumbrar a que me trates bien.
—¡Yo siempre te trato bien! —lo rebatió, ofendida y boquiabierta.
Aunque, siendo honestos, una diminuta parte de su ser sabía que él tenía parte de razón. De hecho, sus siguientes palabras dieron justo en esa diana:
—Claro, que… nunca me gritas, es cierto…
La joven bufó, pillada en falso y sin querer admitirlo.
—Tú eres idiota —rezongó, a la defensiva.
—Ahí lo tienes —anotó él, señalándola apenas con la botella antes de dar otro trago.
Nami abrió la boca para replicar, pero se encontró sin argumentos por primera vez para rebatirlo, por lo que se limitó a torcer el morro y beber a su vez en silencio. Así, estuvieron un par de minutos en los que no hicieron otra cosa que no fuese mojarse la garganta de alcohol, terminando su primera botella en tiempo récord antes de atacar la segunda, casi al mismo tiempo. La noche estaba despejada, con la luna en cuarto menguante y apenas una suave brisa agitando las palmeras a su alrededor. A lo lejos, hacia la playa, Nami oteó la silueta de alguna que otra pareja escabulléndose en las sombras para disfrutar de un poco de pasión entre la arena y el mar. Sin quererlo, aquella visión le trajo recuerdos no del todo agradables, que de hecho creía enterrados en el fondo de su alma.
—¿Lo echas de menos?
Para cuando quiso darse cuenta, las palabras ya habían salido de su boca y no había vuelta atrás. Como suponía, Zoro la miró de inmediato con una ceja levantada.
—¿Eh?
Nami se removió en el sitio, tratando de ignorar la sensación gradual de languidez y relajación que se estaba adueñando de su cuerpo a cada segundo que pasaba.
—Ya sabes. Estar con alguien —aclaró, sin mirarlo.
Por supuesto, debió esperar el gesto ahora extrañado de su compañero y su inmediata contestación cargada de dudas:
—Eh, pues… No sé. ¿A qué… viene la pregunta?
Nami suspiró, sin atreverse a mirarlo a la cara y jugueteando con su botella entre los dedos.
—No sé, he recordado la conversación de antes con Sanji y me he dado cuenta de que a pesar de los meses que llevamos navegando juntos, hay cosas que no sé de muchos de vosotros —confesó, dándose cuenta en un segundo de que era verdad.
Zoro, por su parte, pareció quedarse pensativo unos instantes, como si meditara qué decir a continuación.
—Bueno, yo… En fin, si te interesa saberlo… diría que para mí el romance nunca ha sido una prioridad de vida.
Quizá la respuesta no le sorprendía del todo, pero Nami no podía creerlo más que a medias y bufó de forma acorde.
—Qué frialdad —lo provocó.
Como debió imaginar, eso incomodó todavía más al taciturno espadachín.
—Es la verdad —la rebatió, sin alzar la voz y sin mirarla tampoco a la cara en esta ocasión—. Mi única pasión desde hace mucho es ser el mejor espadachín del mundo, ya lo sabes —recordó, acariciando sus espadas con aire distraído mientras lo decía—. Y, bueno… Ahora también vivo dedicado a impedir que a Luffy le arranquen esa cabeza de goma que tiene —agregó, dando un corto trago a su bebida y carraspeando nada más tragar, como si en efecto estuviera profundamente afectado por la conversación—. Así que, en resumen, nunca he dedicado mucho tiempo a otras cuestiones. —Sin poder evitarlo, Nami se rio entonces por lo bajo cuando un estúpido pensamiento cruzó por su mente, aunque trató de ocultarlo con un trago. Como debió suponer, Zoro se puso todavía más nervioso con ello, pero salió al paso con una exclamación que ella de hecho no esperaba—. ¡Eh, oye! Creo que sé lo que estás pensando y no es así…
Conteniendo apenas la diversión, y sin creer tampoco del todo esa teoría en su cabeza que él decía intuir, Nami respiró hondo y se giró hacia él.
—Y ¿qué estoy pensando, exactamente? —le preguntó.
En esa ocasión, Zoro pareció ponerse de un rojo todavía más nuclear en la noche.
—Crees que nunca he estado con una mujer —musitó, bajando la barbilla y enfocando la arena a sus pies con atención—. ¿Es eso?
La pelirroja apretó los labios; conteniendo la risa con más ganas si cabía cuando comprobó que, en efecto, aquel había sido su último pensamiento. Siendo honestos, su parte más femenina era del todo consciente del físico imponente de su compañero, por lo que jamás hubiera concebido que fuese virgen a sus diecinueve años; al menos, hasta ese momento, pero Nami estaba segura de que sólo eran divagaciones absurdas por culpa del alcohol. De cualquier forma, prefirió no confesar lo que pasaba en realidad por su cabeza y se limitó a responder:
—No cuestiono tus preferencias, ni lo que hayas hecho o dejado de hacer en la intimidad.
Zoro, en esta ocasión, frunció los labios en una mueca algo más sardónica.
—Sí quieres acusar a alguien de virgen díselo al cocinitas, me apuesto mi mejor espada a que ese sí que no ha pillado nunca —criticó a Sanji, haciendo reír a la pelirroja sin remedio y con ternura.
—Bueno, ahí es posible que estemos de acuerdo —admitió, pensando que en el fondo Sanji no era tan mal chico; sólo tenía poca puntería y cero picardía para acercarse a las mujeres de una forma exitosa. Zoro coreó su risita, seguramente por motivos muy diferentes, y Nami decidió devolver la conversación al terreno que de verdad le interesaba en aquel momento—. Aun así, no tienes que darme detalles si no quieres. Cada uno con lo suyo.
El guerrero terminó otro trago, sin encararla.
—Tampoco hay demasiado que contar —reconoció, sucinto, mirando sus manos y la playa de forma alternativa—. Sí que hubo una chica… hace tiempo, pero no duró demasiado. ¿Y tú?
Sin quererlo, Nami se tensó ante la pregunta. Por supuesto, debió saber que ella no era la única que iba a poder indagar en el pasado de su compañero. Sin embargo, tras varios segundos de duda, se rindió a la posibilidad de confiar en él. Al fin y al cabo, ¿no era ella la que había dejado caer que quería saber más sobre los demás? No era justo, y era consciente de ello, si no estaba dispuesta a ofrecer algo a cambio. “Es Zoro”, se recordó. “Tampoco es un dechado de emociones por norma, pero… ¿Qué tienes que perder?”
Por si acaso, la pelirroja dio un nuevo trago a su botella, cuyo contenido bajaba a velocidades alarmantes, antes de atreverse a contestar con vaguedad:
—¿Yo? Bueno… No es algo que me guste recordar, la verdad.
Como debía suponer, Zoro enseguida alzó una ceja intrigado.
—¿Y eso por qué? —quiso saber.
No había juicio ni presión en su tono, solo aparente curiosidad; pero Nami tragó saliva al sentir la indecisión anudada sobre su estómago en un instante. Fuera como fuese, esa noche el alcohol estaba soltando su lengua más de lo deseable y no conseguía pararlo, pero también había algo en el fondo de su alma que se desvivía por compartir aquella negrura con alguien en algún momento. Aun así, de entrada, prefirió desviar el tema aludiendo a algo que para Zoro era sagrado:
—Creo que con tu sentido del honor no es algo que aprobarías.
Para su sorpresa, él negó enseguida con la cabeza.
—No tengo por qué juzgar lo que hayas hecho en tu vida pasada, Nami —le indicó, sin alzar la voz—. Solo me importa de verdad lo que pueda afectar ahora a la tripulación.
La aludida resopló, sin poder evitar que una leve y tierna sonrisa asomase a sus labios.
—A eso me refiero —indicó.
—¿A qué?
La pelirroja sonrió con suavidad.
—Eres demasiado estricto a veces —lo acusó sin acritud.
Ahí sí que Zoro bufó apenas y enseguida la miró a los ojos, tan serio como en Water 7 cuando hablaron de Usopp.
—Alguien tiene que serlo o no duraremos mucho como banda ni llegaremos a ningún sitio —decretó, monocorde—. Aprecio a Luffy, pero a veces es un poco tarado como líder.
Nami reprimió una risita a duras penas, divertida por su sinceridad a pesar de todo.
—Supongo que sí.
—Aun así, nada te obliga a hablar conmigo de algo delicado de tu pasado como parece ser el caso —indicó entonces Zoro, girándose de nuevo hacia la playa—. Sí que es cierto que, por ejemplo, me costó perdonarte algo como lo de Escualo porque podía acabar con nuestro grupo, pero ya tiene que ser muy gordo lo que hicieras en cuestiones íntimas en su día para que nos salpique en la actualidad.
Nami suspiró para sus adentros, observándolo apenas y sintiendo una gratitud que hacía más de una década que creía olvidada.
—No, tienes razón, no creo que esto pueda tener más repercusiones —reconoció, sintiendo que era verdad. Aun así, todavía le costó un par de segundos atreverse a descargar lo que pasaba por su mente, con voz temblorosa—. Pero… si quieres saberlo, digamos que lo hice por la misma razón que todo lo demás por aquella época —admitió, apartando la vista de inmediato y notando cómo un nudo más fuerte si cabía se apoderaba de sus entrañas, solo de recordar aquel cuartucho apestoso y mal iluminado donde todo sucedió—. No me siento del todo orgullosa.
Como suponía, él no respondió enseguida. De hecho, la joven comprobó con cierta vergüenza involuntaria cómo los ojos de él se abrían de par en par en la noche, al tiempo que su mandíbula parecía caer ligeramente y sus rasgos se volvían más afilados de lo normal a causa de la sorpresa.
—Nami… —susurró Zoro entonces, entrecortado—. Tú…
La navegante tragó saliva e hincó todavía más la barbilla hasta ocultarla entre sus mechones pelirrojos.
—¿Vas a juzgarme? —preguntó, en un hilo de voz cargado de temor.
Fuera como fuese, no quería oír sermones. Sabía que no era algo aceptable para la mayoría de la sociedad, pero lo había hecho por necesidad y estaba dispuesta a defenderlo con uñas y dientes si era necesario. Sin embargo, lo que provocó la inmediata y categórica respuesta del espadachín fue una ola de afecto y alivio a partes iguales, que recorrió todo su cuerpo en un instante con la energía de un huracán.
—No, aunque no pueda ni imaginarte haciendo algo así.
Conmovida, ella sacudió la cabeza, sin atreverse a mirarlo todavía y conmovida en lo más hondo de su ser.
—Es lo que hay —resumió, a pesar de todo.
Zoro sacudió la cabeza con más energía.
—No, me niego a creerlo —insistió, tozudo.
Ahí, la joven sí que alzó la barbilla, intrigada y con el corazón extrañamente acelerado.
—¿Qué quieres decir? —indagó, sin saber si quería o no conocer la respuesta en realidad.
Zoro, por su lado, inspiró con fuerza y jugueteó con su botella durante unos instantes que se hicieron eternos.
—Que… por mucho que quieras escudarte en que lo hacías por conseguir el dinero para Escualo…
En ese momento, él también negó con la barbilla y apretó la mandíbula, como si de verdad no pudiera creerlo. Sin embargo, nada agitó tanto el alma de la muchacha como el hecho de sentir sus ojos grises alzándose al pronunciar:
—Nami, por favor, tú vales mucho más que eso. ¿Cómo pudiste… rebajarte a…?
Zoro no parecía capaz de terminar la frase. Sus rostros de repente estaban muy cerca, más de lo que nunca hubiesen consentido estando sobrios, y la joven se quedó embobada mirándolo durante un par de segundos. Ahora el guerrero parecía sereno, pero la levísima tensión alrededor de sus rasgos morenos indicaba que de verdad no podía ni concebir algo así.
—Zoro… —susurró ella—, yo…
Nami quería excusarse, justificarlo como siempre había hecho. A pesar de lo que le había dicho, no temía sus reproches; los conocía de sobra, pero esta vez no había ni rastro de reprimenda en sus ojos grises. Por primera vez en mucho tiempo, Nami creyó ver preocupación… Incluso afecto, más allá del que se solían demostrar en el día a día. De golpe y quizá por el efecto de aquel extraño alcohol y sus halagos, a la muchacha pelirroja aquel rostro moreno y anguloso se le antojó de lo más irresistible. Así, durante un par de segundos, el tiempo pareció detenerse en aquel balcón frente al mar. Sin darse cuenta, trago a trago, el alcohol había hecho que se fuesen aproximando de nuevo hasta que sus rostros estuvieron a una distancia impensable en otras circunstancias.
Cuando sus labios se rozaron, Nami contuvo la respiración apenas, con su parte más racional esperando que Zoro se retirara y eso devolviese la cordura a aquella situación. Sin embargo, incluso contando con el rechazo habitual del guerrero ante cualquier contacto físico cercano, el lado de Nami que parecía haber tomado el control gracias a la bebida estuvo a punto de saltar de alegría cuando él no solo no se apartó, sino que sus brazos la rodearon un instante después por encima de la baranda, como si tuvieran voluntad propia, mientras los de ella se deslizaban alrededor de su cuello. De golpe, un impulso escondido durante años en su interior, más después de su única y terrible experiencia, pareció resucitar con la fuerza de un tifón mientras los besos cobraban más intensidad con cada segundo que pasaba. En la nebulosa de la borrachera, ninguno parecía ser capaz de retroceder una vez cruzada la línea, de ahí que Nami ni siquiera se parase a pensar en lo que iba a suceder a continuación cuando le susurró a su acompañante que entrasen al dormitorio.
Este, por su parte, solo pudo asentir con lentitud justo antes de saltar la baranda y encontrarse ambos del todo frente a frente. Cuando sus fuertes brazos rodearon de nuevo su cintura y sus labios aterrizaron primero en su boca, luego en el borde de la mandíbula, para después empezar a bajar por su yugular, toda sensación de rebeldía ante aquella situación pareció diluirse junto al etanol en algún punto alejado de su cerebro. Tanto que, apenas medio minuto después, Nami decidió arrastrar a Zoro al interior tirando del cuello de su camisa; dando un fuerte portazo a sus espaldas que reverberó por todo el edificio y pareció sellar el destino de aquella noche sin que ninguno hiciese nada por evitarlo.
Continuará…

