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#FanficThursday: Cars – “McQueen y Sally: One-Shots” (Capítulo 10)

Capítulo 10 — El bromista (Cars)

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Mater, Cars

Aquella mañana, Sally tocó incrédula el blanco manto que cubría el exterior de los conos, al tiempo que una sonrisa feliz delineaba sus labios azules.

—Nieve —susurró—. ¡Rayo, ven! —gritó encantada hacia su espalda—. ¡Ha nevado!

Pero su novio no compartía su entusiasmo, al menos no de entrada. Por el contrario, con un sonoro bostezo, se desperezó y se levantó entrecerrando los ojos, aún sin despertarse.

—¿Qué ocurre? —murmuró, somnoliento.

Sally, por su parte, se deslizó enseguida hacia el exterior; tanteando, eso sí, para que sus ruedas no derraparan y terminase teniendo que pedir ayuda a Mater para levantarse.

—¡Qué divertido! —exclamó, girando sobre sus ruedas tractoras y trazando un círculo bajo ella. Hacía tanto que no veía nevar que se sentía como una niña pequeña… Con el aliciente de tener un novio que le hacía más dulce cualquier día del año—. ¡Vamos, Pegatinas!

La joven rodó hacia el lobby, pero frenó en seco cuando una figura inesperada cruzó frente a ella, derrapó con elegancia su tercio posterior y le cortó el paso con una sonrisa socarrona.

—¿Qué? —preguntó al ver su cara de sorpresa—. ¿Creías que un rey de la pista como yo no se atrevería con una “capita” de nieve?

Sally mostró una mueca sardónica.

—En realidad, estaba deseando que lo hicieras… —de repente, miró hacia arriba como sin querer y sonrió más ampliamente—. Vaya, qué casualidad…

Rayo la imitó al ver la pequeña rama de muérdago que colgaba de la esquina del tejadillo.

—Esto ha sido cosa tuya, ¿verdad? —quiso saber, mordaz—. Lo tenías todo planeado…

Ella sonrió con falsa inocencia.

—Ya sabes lo que manda la tradición.

Rayo soltó una risita.

—Como si necesitase excusas…

Despacio, los dos coches se aproximaron y cerraron los ojos, anticipando la unión de sus capós. Pero alguien tenía que venir a estropear el momento… Y ese era Mater. Algo que solo averiguaron después de que una considerable cantidad de nieve pareciese caer desde el tejadillo hasta sus cabezas, haciendo que se separasen y sacudiesen de golpe, sorprendidos.

—¡Ja, ja! —se rio Mater a distancia, recogiendo el gancho que había empleado para tirarles la nieve—. ¡Feliz día de los Inocentes, tortolitos!

—¡Mater! —gritaron los dos a la vez, molestos.

Pero el bromista no se dio por aludido y salió en dirección a la gasolinera de Flo, repartiendo bromas por el camino. Cuando Rayo y Sally se aproximaron para preguntar a sus vecinos, se fueron enterando de las diferentes trastadas: a Sarge le había colocado un bidón viejo de aceite en la puerta, que estalló hacia arriba manchándolo entero en cuanto lo quiso empujar; al parecer, tenía un resorte que hacía que el aceite se disparase por la boquilla.

A Fillmore, por su parte, le había cambiado los bidones de gasolina orgánica por gasolina normal, por lo que el pobre Volkswagen casi acabó con una indigestión severa y llevaba ayunando toda la mañana. Pero el colmo fue lo de Flo: al ir a abrir los bidones de gasolina para rellenar los surtidores, se había encontrado, en vez de combustible, confeti.

—¡Si lo cojo se va a enterar! —vociferaba la mujer Buick—. ¡Esto es inaudito!

—Parece que este año Mater viene cargadito —rezongó Sheriff, al cual le habían pintado rayas blancas como si fuese vestido de presidiario—. Y lo peor es que no lo encuentro por ningún lado.

—Algo hay que hacer —dijo entonces Rayo. Y, ante la sorpresa de sus vecinos, agregó—. Sí, lo sé. Es mi mejor amigo. Pero no puede hacer lo que está haciendo y quedarse tan ancho…

—Siento estar de acuerdo, pero Rayo tiene razón —corroboró Sally—. Esto no puede seguir así.

Sus convecinos se quedaron pensativos, aprovechando la momentánea paz. A saber, ¿qué estaría planeando Mater en ese momento allá donde estuviese? Pero no iban a dejar que se saliese con la suya. Y, de repente, Flo tuvo la idea definitiva…

—Creo que ya sé lo que podemos hacer…

***

—¡Mater! ¡Hey, Mater!

Tras un par de horas de búsqueda, Rayo había localizado por fin el escondite de su mejor amigo para preparar sus fechorías en aquella fecha. Las cuevas.

—¡Eh, colega! —se alegró el otro—. Mira, fíjate lo que le estoy preparando de sorpresa a Rojo —se rio entre dientes y le enseñó algo que parecían flores hechas de latas con una especie de pera extraña de plástico escondida entre ellas—. Fíjate, esto lleva un cable que cuando pise este cojín… ¡Plas! Todo lleno de agua. Verás qué risa…

—Ah, qué divertido —fingió interesarse Rayo—. Pero resulta que tengo un plan mejor que ofrecerte…

—Ah, ¿sí? —quiso saber Mater, sin interés real, pero enarcando una ceja irónica—. ¿Qué tienes que pueda sorprender al maestro de las bromas de Radiador Springs?

Rayo mostró media sonrisa confiada.

—Acércate y te lo contaré —la grúa obedeció y el coche de carreras le susurró el plan al oído.

Cuando lo escuchó al completo, Mater no pudo contener su excitación y gritó de júbilo, haciendo reverberar las gemas que decoraban el techo de la caverna.

—¡Yuuuhu! Eso está hecho, colega. ¿Cuándo empezamos?

Rayo reprimió una risita malévola y fingió una emoción que no sentía.

—Cuando tú quieras…

—Oye, ¿crees que Flo se habrá dado cuenta de que le hemos birlado los pastelitos? —preguntó Mater, sin poder contener la risa.

—Apuesto a que no, amigo —replicó Rayo, aparentemente convencido—. Ahora solo tenemos que dejarlos en las puertas, y ya verás qué risa cuando empiecen a estornudar todos a causa de los polvos picantes que les hemos echado…

La primera en la lista fue Sally y Rayo se aproximó a ella con expresión inocente, para ofrecerle uno de los dulces. Ella aceptó con coquetería y lo ingirió delante de Mater, que apenas podía morderse más el interior de los carrillos para no reírse.

Rayo besó a su novia, le guiñó un ojo de espaldas a su mejor amigo y se deslizó con él de nuevo hacia el pueblo, fingiendo contener la risa. Si el plan salía como estaba previsto, Mater no se daría cuenta de nada hasta dentro de un buen rato.

—Chico, no te imaginaba haciéndole esto a tu novia, la verdad —reconoció la grúa—. Espero que estés seguro de esto… —Mater calló en cuanto escuchó los primeros estornudos, al tiempo que dejaba salir todas las carcajadas que llevaba conteniendo durante las últimas dos horas—. ¡Ay, chico! ¡Yo es que me mondo!

La tarde transcurrió igual, portal por portal, broma tras broma y no pararon hasta que no anocheció. Momento en que Rayo optó por excusarse para ir a cenar con Sally y Mater lo aceptó con naturalidad.

—He pasado un día estupendo, colega. ¡Nos vemos mañana!

Rayo se detuvo junto al letrero del Cono Comodín un instante, viendo a Mater alejarse en el atardecer, le devolvió la despedida con la rueda cuando enfiló el camino de su destartalado habitáculo… Y sonrió con malicia cuando desapareció de la vista.

—Bueno, ¿ya se ha ido a dormir? —preguntó Sally a su espalda.

Rayo suspiró.

—Oh, sí. Y no se espera la mayor broma de su vida.

En efecto, unos minutos después, la vieja grúa roncaba como un tronco, ajena a todo. Al menos, hasta que escuchó el primer sonido metálico, como de latas cayéndose y arrastrando por el asfalto. Despejándose sin quererlo, Mater bostezó y abrió un ojo, sorprendiéndose al comprobar que, por algún motivo, todo el pueblo tenía los neones apagados. La grúa se desperezó y giró el morro para mirar el reloj que tenía más cerca. Las dos de la madrugada.

—Habrá sido algún bichillo… —pensó antes de bostezar de nuevo y volver a acurrucarse bajo el tejadillo que le hacía de dormitorio.

Pero, segundos después, volvió a escucharlo. Latas arrastrándose. Abrió los ojos… Y pegó un brinco que casi golpeó el techo del susto. Allí, parado con aspecto de haber recibido una reciente paliza, estaba Sheriff. Solo que no parecía él. Mater, por si acaso, se acercó con cautela.

—Eh, Sheriff… ¿Va todo bien?

A lo que el otro, con una voz que parecía salida del fondo de la Tierra, respondió:

Aaaaceiteee

Mater retrocedió unos centímetros, sorprendido por aquella respuesta.

—Eh… ¿Qué quiere decir, Sheriff?

Ante lo que el anciano coche, impasible, repitió, aproximándose despacio y haciendo chirriar sus ruedas sobre la tierra:

Aaaaceiteee

—Oiga, sheriff. Yo no tengo aceite —trató de replicar Mater, empezando a sentir un desagradable cosquilleo en todo el chasis—. Si eso donde…

—¡AAAACEITEEE!

El grito del sheriff y su embestida lo pilló tan de sorpresa que lo esquivó por apenas un milímetro. Sin pensar, Mater se lanzó hacia el exterior de su recinto, gritando “ayuda” como un poseso. Sin girarse, supo que el sheriff lo perseguía a una velocidad no muy elevada. Como si fuera, como si fuera… Mater abrió mucho los ojos, aterrado. No podía ser. Y sin embargo…

—¡Rayo! ¡Rayo! ¡McQueen! —gritó, desesperado, rodando a toda velocidad hacia el cono comodín—. ¡Rayo! ¿Dónde estás?

—Para, amigo —escuchó la voz del otro coche unos metros más allá. Para su tranquilidad, parecía totalmente normal—. ¿Qué ocurre?

—Es… Es… —a Mater no le salían las palabras, pero aún menos cuando vio una sombra deslizarse por detrás de McQueen—. ¡Colega, detrás de ti!

El aludido se giró de golpe, asustado, pero su rostro se congeló en una mueca de absoluto terror cuando comprobó quién era el nuevo zombi.

—Sal —gimió—. No, tú no…

Pero ella no reaccionaba. Se limitaba a mirarlos y a balbucear, mientras avanzaba lentamente en su dirección:

—Aceite… Aceite…

—¡Tío, hay que buscar refugio! —Mater intentaba hacer reaccionar al corredor de todas las maneras posibles, sin éxito—. ¡Vamos! —lo empujó.

Tras el golpe físico, Rayo pareció volver a la realidad y huyó tras la estela de Mater, sintiendo a Sally correr tras ellos como una posesa. Al igual que Sheriff, ella había empezado también a aullar la misma cantinela.

Los dos amigos corrieron hacia la avenida, donde dos enajenados Ramón y Flo intentaron cortarles el paso. Por suerte, ambos tenían suficientes reflejos como para esquivarlos. Se separaron un instante, cada uno por un lado de la vía, y corrieron a refugiarse en el ayuntamiento.

Por desgracia, Rojo también había sucumbido y trató de alcanzarlos con la manguera, pero un giro brusco a tiempo a la derecha logró hacer que los fugitivos enfilaran la carretera cubierta de nieve que subía hacia La Rueda. Rayo, con la respiración entrecortada, se fiaba de la luz de la luna y los faros de Mater, que los llevaba encendidos a pesar de todo.

Al menos, hasta que llegaron a La Rueda y se refugiaron bajo su sombra, que la grúa apagó las luces y se agazapó en un rincón, temblando.

—Aquí no nos seguirán, ¿verdad? —quiso saber Mater, buscando a Rayo en la penumbra. Al no encontrarlo, sin embargo, su miedo aumentó—. ¿Rayo? ¿Colega?

Temeroso, Mater se quedó un instante escuchando, en silencio, antes de decidirse a encender de nuevo los faros para buscar a su amigo. Y cuando lo vio, gritó. Pero no de alegría. Puesto que Rayo ya no era Rayo. Era otro coche dispuesto a abalanzarse sobre él.

—Lo siento, Mater — murmuró el corredor—. Creo que… los dulces… probé…

Para angustia de la grúa, no fue capaz de articular más palabras antes de empezar a susurrar: “aceite… aceite…”.

Además, por desgracia, el resto de motores ya se escuchaban ascendiendo por la carretera. Mater salió a la explanada nevada y dirigió una mirada derrotada hacia la carretera que continuaba montaña arriba. Con aquella nevada y su edad jamás lo conseguiría.

Sus hasta ahora vecinos ya habían llegado, todos con el mismo aspecto enajenado y mirándolo con locura pintada en sus parabrisas. Su susurro continuo era como el zumbido de un panal furioso. Entonces, Mater lo entendió. Los dulces. McQueen había dicho que… Tragó aceite, desesperado por encontrar una solución y sintiéndose cada vez más acorralado. No había escapatoria. Por lo que, resignado a terminar así su existencia, se encogió sobre sí mismo y gritó:

—¡Lo siento! ¡Lo siento! Jamás debí daros esas galletas, ¡pero no me chupéis el aceite!

Dicho lo cual, la vieja grúa se quedó a la espera, anticipando el final. Un final que nunca llegó. De hecho, lo siguiente que escuchó fue varios murmullos y risas y, cuando abrió los ojos, vio cómo sus vecinos habían vuelto inexplicablemente a la normalidad, aun teniendo algún resto de pintura en sus carrocerías. Mater no entendía nada.

—¿Qué…? —se atrevió a preguntar—. ¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué no sois zombis?

Ante lo que Rayo meneó el capó y respondió, hablando por todos.

—Todo ha sido una broma, Mater —le explicó—. Así también sabes cómo nos sentimos nosotros cuando tú nos haces bromas pesadas.

El otro coche pareció comprender y se avergonzó.

—Yo… lo siento mucho.

Rayo le tocó el costado con la rueda.

—Está bien, amigo. Pero, para la próxima vez, prométeme que lo pensarás antes de gastar una broma pesada, ¿vale?

***

—Bueno… ¿Crees que Mater habrá aprendido la lección? —preguntó Sally, detenida junto a la recepción y mirando hacia la residencia de la grúa.

—Desde luego, yo diría que esto no se le va a olvidar. Menos mal que sabemos que en el fondo es un miedoso… —se chanceó Rayo antes de avanzar, seguido por Sally, como si hubiese escogido la trazada por casualidad. Sin embargo, en cuanto pasaron bajo la esquina trasera del lobby, sonrió con ironía—. ¡Oh, vaya! He pasado por debajo del muérdago. ¡Qué despiste! ¿Verdad?

Ante lo que Sally compuso una mueca divertida y se acercó hasta colocarse frente a él.

—Anda, déjate de tonterías y bésame. No tenemos todo el día…

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