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#FanficThursday: Seven Deadly Sins – “En tiempos de paz” (Capítulo 17)

Capítulo 17 — El esperado momento

Ban & Elaine embarazada, Sesshlidia

Aquella noche, Elaine no conseguía conciliar el sueño. Aparentemente, daba igual en qué postura se colocase que Lancelot no estaba dispuesto a darle descanso. A la enésima vuelta, el hada gruñó, hastiada, y se incorporó unos centímetros; mirando la barriga con aire acusatorio. Ban, por su parte, dormía desparramado sobre la hierba, ajeno a cualquier incomodidad. Elaine suspiró. Estar esperando un hijo suyo era una de las mayores bendiciones que podía haber esperado; pero, en parte, el hada empezaba a desear que aquella “dulce espera” se terminase de una vez por todas.

Sin embargo, al ir a echarse de nuevo, Elaine contuvo un jadeo de dolor cuando algo, similar a una corriente eléctrica, pareció ascender por su espalda desde la base hasta la nuca. El hada se quedó paralizada un instante, temerosa de que se repitiese. Cuando comprobó que la molestia remitía, retomó el movimiento de recostarse. Antes de que un nuevo dolor, esta vez bajo el vientre abultado, casi la dejara sin aliento. ¿Qué…?

Un nuevo latigazo en la misma zona, casi a continuación del anterior, provocó ahora un gemido bajo a la mujer, antes de que un nuevo escalofrío, menos molesto y más excitado, ascendiera por su espina dorsal. ¿Era posible que…? En efecto, cuando el dolor en el vientre se acentuó y se repitió, al menos, dos veces más, Elaine tuvo la certeza de que el deseado momento había llegado al tiempo que contenía algún que otro jadeo de dolor.

—Ban… —susurró.

Para su sorpresa, su esposo dio un brinco de inmediato al escucharla. Al parecer, no estaba tan profundamente dormido como parecía.

—Elaine, ¿estás bien? —preguntó, antes de tomarla por la cintura—. ¿Qué ocurre? ¿El bebé está bien?

El hada, algo aturdida, solo atinó a asentir con levedad antes de que un nuevo espasmo la hiciera contraerse sobre sí misma, gañendo de dolor. Ban la sostuvo contra su cuerpo mientras la llamaba de nuevo, angustiado.

—Ban. El bebé… Ya…

El hombre comprendió entonces, sin necesidad de más palabras, al tiempo que sus ojos se abrían de forma desmesurada.

—Voy a avisar a Gerharde —declaró muy serio—. Tú no te muevas de aquí, ¿de acuerdo?

Elaine casi se rio ante aquella ironía, mientras se echaba de nuevo entre las flores y contraía el rostro con una nueva mueca de dolor. ¿De verdad era tan doloroso un parto humano?

—¿Ban? —susurró antes de que él desapareciese por entre el ramaje del Árbol Sagrado.

—¿Sí?

Elaine inspiró hondo.

—Avisa también a Jericho —le pidió en un susurro—. Por favor.

Ban no dudó antes de asentir.

—Está bien. Volveré enseguida, te lo prometo —tragó saliva—. Tú aguanta, ¿vale? Esto se acabará enseguida.

Elaine asintió, confiada y reconfortada por sus palabras. Tras echar un último vistazo, algo angustiado, en su dirección, Ban desapareció del todo durante varios minutos en los que su mujer se afanó en mantener a raya el dolor lo máximo posible. Inspirar y espirar despacio parecía ayudar un poco, pero la joven solo percibía como si su cuerpo fuese a partirse por la mitad de un momento a otro.

—¡Elaine! Ya estamos aquí —se anunció Jericho en cuanto su menuda silueta apareció por la entrada al dormitorio—. ¿Ya viene?

La aludida asintió, tratando de incorporarse sobre los codos a duras penas.

—Esto es horrible —declaró sin ambages, al tiempo que Jericho se arrodillaba frente a ella y le levantaba la falda.

¿Sabes hacer esto, Jericho? —preguntó entonces Ban, sentándose junto a Elaine y pasando una mano amorosa por su espalda.

La humana, para su sorpresa, hizo una mueca bastante confiada antes de declarar:

—He visto algún parto que otro. Seguro que más que Gerharde. Sin ofender.

Un extraño gesto pareció contorsionar el rostro del hada en un milisegundo antes de replicar:

—No me ofendo. Solo dime qué necesitas.

Jericho inspiró hondo.

—Luz, agua y cosas suaves para limpiar. Lo antes que puedas.

—Enseguida —aceptó Gerharde, despareciendo de la vista en un instante.

—Ban, sostén a Elaine por la espalda —ordenó Jericho.

—Sí —obedeció él, de inmediato. 

—Ban… —gimió Elaine, aferrando su mano—. Duele…

«Lo sé», respondió él en su mente, besando su cabecita rubia. «Pero… Esto es normal, ¿vale, Elaine? Esto solo es un momento y luego tendremos a nuestro hijo en los brazos. Ya lo verás».

El hada suspiró y sonrió a medias, aunque su mueca se contorsionó unos minutos después por una nueva contracción.

—Vale, estás dilatando muy bien, Elaine —dijo entonces Jericho—. Ahora necesito que te concentres en mí, ¿de acuerdo? —Algo aturdida, Elaine atinó entonces a enfocar a la espontánea matrona antes de asentir despacio—. Bien —la imitó Jericho, justo en el momento en que Gerharde volvía con todos los materiales que aquella le había encargado y las luciérnagas siguiendo su estela. Estas iluminaron la estancia mientras Jericho volvía a hablar—. Elaine, necesito que, cada vez que te duela una contracción, empujes hacia fuera con todas tus fuerzas. ¿De acuerdo?

El hada volvió a mover la cabeza en sentido afirmativo, firmemente aferrada por Ban a su espalda.

«Podemos hacerlo, ¿de acuerdo, mi amor? Puedes hacerlo»

«Ban», repuso ella en su mente. «Estoy asustada».

«Eh. No lo estés, ¿vale? Yo estoy contigo y estaré contigo siempre. No lo dudes nunca».

Elaine esbozó una nueva sonrisa.

«Te quiero»

«Lo sé»

«Yo…»

Una nueva contracción cortó el hilo de pensamiento del hada, al tiempo que se oía la voz de Jericho.

—¡Elaine! ¡Ahora! ¡Empuja! —El hada, apretando los dientes, obedeció sin rechistar. Notando cómo todos sus músculos se tensaban mientras Jericho mantenía sus piernas abiertas y manipulaba entre ellas. Por primera vez, a Elaine ni siquiera le importó que fuera otra criatura aparte de Ban quien estuviera ahí. Y la situación era todo lo contrario a algo erótico.

Cuando la contracción pasó, Elaine se relajó y jadeó con intensidad, derrumbada contra el pecho de Ban.

—Muy bien, Elaine. Lo estás haciendo bien —la felicitó Jericho. Aun con la vista nublada, Elaine atisbó su sonrisa de ánimo—. Algo me dice que la cabeza está ya de camino, así que creo que el pequeño estará aquí en nada, ¿de acuerdo?

Elaine, mareada, solo pudo asentir de nuevo. De repente, incluso su garganta parecía haberse cerrado a hablar. Pero no hacía falta. Tenía a Ban enviándole pensamientos de ánimo de forma constante, todo mientras sostenía su cuerpo con una mano y sus dedos libres con la otra. Cuando llegó la nueva contracción, Elaine empujó de nuevo como por instinto, sin poder evitar que un grito largo y profundo saliera de su pecho. Jericho la felicitó de nuevo, después siguió instándola a empujar y el hada obedeció. 

A la cuarta contracción, sin embargo, esta empezó a sentir que las fuerzas le fallaban y se creyó incapaz de seguir. Pero en ese instante, la voz de Jericho se escuchó por encima de sus gritos y jadeos como un alarido de triunfo:

—¡Ya está! ¡Está saliendo la cabeza! ¡Ay, diosas! ¡Gerharde, ayúdame!

Como en un sueño, Elaine notó entonces cómo algo se terminaba de deslizar fuera de su cuerpo, recogido por cuatro manos inexpertas pero deseosas de ayudar, antes de que un alarido estridente rompiera la repentina quietud del bosque de las hadas. Elaine escuchó jadear a Ban, al tiempo que casi veía en su mente cómo el corazón se le iluminaba hasta el punto de ser cegador. Despacio, el hada trató de alzar la cabeza y enfocar lo que tenía más allá a través de la nebulosa de agotamiento. Y creyó que también se iba a desmayar de alegría.

Recortadas contra el cielo nocturno, Jericho y Gerharde se afanaban en limpiar y arropar entre hojas enormes y flores suaves a un bultito que no dejaba de manotear y lloriquear. Elaine, por su parte, tardó un segundo en asimilar lo que era; pero, justo después, casi como un reflejo, echó los brazos hacia delante. No entendía bien por qué, pero necesitaba abrazarlo de inmediato. Sentirlo.

Jericho y Gerharde, por su parte, al verla solo intercambiaron un mudo gesto cómplice antes de obedecer al hada y acercarse para depositar al pequeño en su regazo. Tenía una mata de pelo claro y los ojos de color caramelo oscuro, al tiempo que sus manitas se agitaban al aire como si buscaran algo a lo que aferrarse. Solo cuando la primera lágrima cayó sobre la hoja, Elaine fue consciente de que estaba llorando de felicidad.

—Lancelot… —susurró, emocionada.

Entonces, una mano enorme pasó también bajo sus brazos para acunar al pequeño. Despertando del ensueño de su hijo, Elaine miró entonces hacia arriba; cayendo en otro nuevo sueño precioso como eran los ojos escarlatas y brillantes de Ban. Los dos amantes se miraron durante varios segundos que parecieron horas; antes de, como dos idiotas, soltar una risita emocionada a la vez y besarse con ternura.

—Lo hemos hecho —susurró ella.

—Sí —repuso él, antes de enfocar al bebé y acercar un dedo a su manita—. Eh. Hola, campeón. Bienvenido al mundo.

De repente, aun en su nube de felicidad ambos fueron conscientes de que había alguien más alrededor. Jericho y Gerharde contenían las lágrimas a duras penas, mientras otras hadas indiscretas se asomaban por entre las ramas, buscando ver aquel fenómeno sin precedentes.

—Gracias, Jericho. Gracias, Gerharde —susurró entonces Elaine.

—Sí. Gracias a las dos —corroboró Ban, también emocionado como pocas veces en su vida.

Jericho, por su parte, se limitó a enrojecer de orgullo.

—No ha sido nada —admitió, colorada como un tomate—. Lo que sea por vosotros dos, ya lo sabes.

Elaine sonrió de nuevo en agradecimiento.

—Creo que vamos a dejaros solos un momento para que disfrutéis del pequeño —dijo entonces Gerharde—. ¿Vamos, Jericho?

La humana se levantó con cierto esfuerzo. Jamás hubiese imaginado que hacer de matrona fuese tan duro.

—Claro. Nos vemos luego —les indicó a los dos nuevos padres—. Me pasaré a ver cómo estáis.

—Muchas gracias, Jericho —repitió Ban—. Nos vemos luego.

La joven hizo un gesto de aceptación, antes de salir del rincón que hacía las veces de dormitorio para el humano y el hada y dejarlos solos. Estos, por su parte, creían que nunca iban a poder dejar de mirar al pequeño bultito que se movía entre los brazos de Elaine. 

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