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Capítulo 20 – un ansiado momento

Habían pasado varias horas desde que Akhen y Ruth se habían despedido en aquel chiringuito. Ahora, recién caída la noche, la joven bruja se encontraba hecha un manojo de nervios delante del espejo del baño de la habitación de hotel que compartía con Marianne y Carey. No recordaba haber estado tan cerca de la histeria en toda su vida –salvo, quizá, aquel fatídico día en el que no quería pensar– y, de hecho, el armario y la habitación habían sufrido las consecuencias apenas media hora antes. Toda la ropa que había llevado al viaje le parecía o demasiado simple, o demasiado sosa, o excesivamente provocativa. Al menos hasta que había encontrado aquel vestido que no recordaba haber metido en la maleta. Los armarios de la Tierra no eran como los mágicos, no había posibilidad de encontrar ropa cuando la necesitabas; de ahí que dependiese exclusivamente de aquello que había escogido dos días antes en Sídney antes de subirse al coche de Marianne.
Pero, al final, parecía que había encontrado el toque que buscaba. Pelo suelto cayendo sobre los hombros, sus ojos azules apenas destacados por una ligera raya oscura y un toque de rímel y el cuerpo cubierto por un sencillo vestido de color berenjena con adornos de color azul turquesa en las costuras, sin demasiado escote pero que dejaba los hombros casi al aire. La falda cubría dos tercios de sus muslos, aproximadamente, y el pico de la espalda quizá podía considerarse más atrevido de lo que Ruth buscaba en ese instante, pero procuró no pensar en ello mientras se calzaba unas sandalias a juego con un poco de cuña bajo los talones. Bastante poca estatura tenía ya…
Hacía un año aproximadamente que se había comprado aquel vestido. Era de los colores de su Casa y quizá por ello le encantaba, pero hasta ahora no se había atrevido a ponérselo. ¿Por qué? No tenía ni idea; pero, pensándolo bien, quizá era un buen momento para estrenarlo. Por último, engarzó el colgante con el topacio alrededor de su cuello y se puso dos sencillos pendientes a juego. Lista.
En ese momento, escuchó la puerta abrirse y suspiró. Marianne acababa de llegar con la cena para Carey y ella: nada sano, todo delicioso. Ruth no conocía a nadie capaz de resistirse a ese aroma; pero, ella, particularmente en aquel momento, tenía un nudo en el estómago que le impedía pensar en comer nada. De hecho, su rostro debió ser bastante elocuente al respecto un segundo después, porque Marianne dejó de inmediato las bolsas sobre la cama y se acercó a ella.
—Rose, ¿estás bien?
La aludida tardó un instante en darse cuenta de que únicamente la llamaba así porque Carey estaba delante, no por falta de cariño. Con un gesto vago, la bruja rubia meneó la cabeza de un lado a otro. Y entonces, aquella negra gigantesca la estrechó entre sus brazos hasta casi ahogarla. Su mejor amiga.
—Todo saldrá bien —la animó cuando se separó, tras darle un beso en la mejilla—. Nunca dudes de ti misma ni de lo que vales, ¿de acuerdo?
Ruth le devolvió una sonrisa sincera.
—De acuerdo.
Sin embargo, mientras tomaba su bolso y salía al pasillo, un retortijón volvió a retorcer su estómago y tentada estuvo de regresar a la habitación a ver alguna película ñoña en la televisión con sus amigas.
«No, Ruth», se recriminó. «Lo último que te falta es darle plantón». Y era verdad. Porque, aunque inicialmente hubiese intentado convencerse de que, en el fondo, ya no quería nada con él, que aquello sería un puro trámite para disculparse, rápidamente había descubierto que no era así. Ni de lejos. Quería volver a abrazarlo, tocarlo, besarlo… Cuando cerró los ojos, una nítida imagen en la que aparecían los dos fundidos sobre el colchón de una modesta posada invadió su cerebro y se obligó a sacudir la cabeza con fuerza.
«Eso no va a pasar, métetelo en la cabeza».
Cuando el ascensor se detuvo con suavidad en el último piso, Ruth salió casi con prisas y con la cabeza gacha; como si cualquiera, con solo mirarla a la cara, pudiese adivinar sus pensamientos.
«Cualquiera no, pero él sí», le recordó una voz maliciosa en su cerebro.
«Que te den», pensó ella de inmediato, procurando relegarla al rincón oscuro del que había salido.
Sin embargo, el eco de aquella frase la persiguió mientras salía del hotel, cogía un taxi, pagaba y se bajaba enfrente del local.
«Ávalon», pensó con cierta amargura.
Allí era donde se habían conocido, donde había empezado todo. ¿Una broma macabra del destino? Bueno, solo había una forma de averiguarlo. En la puerta había cola, pero no le importó. Con un floreo de la mano, dirigido hacia el guardia, Ruth pasó la primera de la fila sin despeinarse siquiera. Respiró hondo un par de veces, trató de tranquilizarse lo suficiente y cuando creyó que lo había conseguido, empujó la puerta del local y se adentró en él.
* * *
Sus manos volaban por las teclas. Sentía que la melodía se metía en lo más profundo de su ser y debía sacarla al exterior. Daba la sensación que aquello que ahora era el sonido ambiente del bar de copas naciese directamente desde el fondo de su alma. Y era lógico, pues esa melancólica canción la había escrito cuando tenía el corazón hecho pedazos; diseminados y diferenciados, pues cada uno parecía gritar una nota diferente de agonía. Había tocado desde que era muy pequeño, era una de las únicas cosas que su madre le había pedido y había tenido a bien hacer. Durante años había pasado horas delante del piano que tenían en su casa en Tribec y, aunque al principio solo lo había hecho para contentar a la estirada que lo había traído al mundo, con el tiempo llegó a convertirse en algo que realmente adoraba.
De vuelta a la canción que interpretaba, se llamaba “Del cielo al infierno” y se había dedicado en cuerpo y alma a ella, prácticamente desde que llegó a la Tierra. Después de pasar noches en blanco, bebiendo o perdiéndose en el cuerpo de cualquier mujer que le resultase atractiva, había vuelto a tocar; y, aunque su coraza de escarcha se había ido fijando poco a poco, aquello había sido una pequeña alegría. Eso y el local que se había comprado.
Ser un Hijo de Mercurio y saber justo lo que la gente quería había convertido el Ávalon en un sitio muy de moda en la zona. Había colas interminables para escuchar jazz en directo, al jefe tocar el piano y beber los suculentos cócteles que allí servían. Haber importado algunos desde su lugar de origen era rizar un poco el rizo, pero solo era un juego. No había nada de malo, además le seguía encantando el vodka con mora. Un caluroso aplauso hizo que Akhen sonriese y cerrase la tapa del piano, Ruth estaría pronto allí y no había necesidad de que descubriese aquella faceta suya. No antes de tiempo.
Se jaló de las mangas de la chaqueta azul marino que llevaba, a juego con sus pantalones tejanos de diseño y la elegante camisa blanca desabotonada y tuvo que saludar a algunos de los clientes más selectos, entre ellos algunas damas más que interesadas en hablar con él. Se dirigió entonces a la barra y le sirvieron un whisky con hielo. El camarero, su amigo Joe, le señaló lo elegante que iba para tratarse de un día normal y él le confió que tenía una cita
—Debe ser importante, porque desde que te conozco has tenido muchas citas, jefe; y nunca te había visto tan elegante.
Akhen rio de buena gana y dio un trago de su bebida. Sí, habían pasado tantas mujeres por su cama que era hasta obsceno, pero ninguna había significado nada. Sabía que con Ruth debía ir con tiento, pero no dejaba de ser ella, de manera que iba como un pincel. Se pasó una mano por el rizado cabello rubio y reflexionó, pensando cómo había llegado hasta allí.
Ese mismo día por la mañana se había encontrado con Ruth Derfain en la playa y habían tenido una charla de lo más intensa, en la que ella la había confesado que hacía tres años que lo amaba y que sentía mucho como se había comportado con él. Akhen había comprobado su sinceridad de primera mano; sin embargo, era incapaz de perdonarla. Había habido cierto acercamiento entre ellos, se habían abrazado, tomado de la mano y se habían despedido con un tierno beso en la mejilla. Pero eso no significaba que fueran a lanzarse uno en brazos del otro, Akhen no estaba preparado. Lo de la cita, si es que podía ser calificado de tal, lo cogió tan desprevenido que se vio a sí mismo dándole la tarjeta de su local antes de poder pensar en lo que estaba haciendo. Suspiró, preguntándose si había hecho lo correcto y paseó la vista por el Ávalon.
Era un local bastante bonito: estaba revestido por entero de madera, con grandes ventanales desde los que se veía el mar y el cielo. Tenía un pequeño escenario, donde solían tocar grupos de jazz locales; un apartado para su piano y un sinfín de mesas que solían estar siempre llenas. La luz era cálida y daba pie al recogimiento, aunque también había una pista de baile para quien prefiriera otro tipo de diversión. La puerta del local era de cristal y el nombre se veía desde fuera en luces de neón rojas, con una caligrafía exquisita; desde dentro, se insinuaba un leve brillo rojizo que hacía el pub un poco más acogedor. No era el tipo de lugares a los que solía ir en su vida anterior, pero no estaba nada mal: le daba suculentos ingresos. Siguió paseando su mirada por la sala hasta que sus ojos se fijaron en una chica que resaltaba en la multitud como un faro y cuya mirada cruzó con la suya un segundo después.
—¿Alex? —le dijo Joe.
Él se volvió un segundo para encararlo y se dio cuenta que debía haber puesta un gesto demasiado revelador, de modo que se recompuso y, con un movimiento de la mano, se despidió de su empleado para pasar entre la multitud y dirigirse hacia Ruth Derfain, a la que saludó con un suave beso en el dorso de la mano. El vestido color berenjena con toques turquesas que le quedaba perfecto y que llevara el colgante que él le había regalado hizo que sintiese una agradable sensación en el estómago. Seguía produciéndole esa sensación a pesar de todo lo que había ocurrido. Aquello era aterrador.
—Estás preciosa —dijo, para luego añadir, como cambiando de tema–. Bienvenida al Ávalon, mi pequeño negocio.
* * *
Cuando sus miradas se cruzaron, fue como si el estómago de Ruth se hubiese tirado desde lo alto de una atracción de esas que parecían estar tan de moda en la Tierra –montaña rusa, la llamaban–. Solo se había subido una vez con Carey y había sentido tal sensación de pánico que había jurado que nunca se subiría de nuevo a otra igual. Sin embargo, la sensación al observar a Akhen, tan elegantemente vestido y con aquel brillo tan suyo en la mirada, fue exactamente la misma. Un vértigo que casi la obligó a retroceder, salir de allí y correr hasta quedarse sin aliento.
Pero, en ese instante, él se aproximó lentamente. Cuando le besó la mano y la halagó, en la mente de Ruth comenzó una batalla encarnizada entre la parte más racional y su opuesta. La cual, tras salir disparada de su rincón de reflexión, fue recibida por una llave digna del mejor luchador de Marte por la primera. Y así, tras dejar a su irracionalidad, la cual se moría por cogerle de la nuca y hacer locuras con la lengua dentro de su boca, cayendo rendida a sus pies, bien amordazada y sollozando atadita a una silla imaginaria para que no se moviese, su racionalidad, y con ello la mayor cortesía que había desplegado jamás, se abrieron paso a través de sus venas y su lengua.
—Gracias —una tímida sonrisa se abrió paso en su rostro ligeramente acalorado—. Tú… también estás muy guapo —“para comerte”, hubiese sido una expresión más adecuada, pero la joven consiguió retenerla en su subconsciente antes de meter la pata hasta el fondo. Sin embargo, para tratar de disimular su turbación y dejar de temblar, de paso, la mujer recorrió con los ojos el local, curiosa—. ¿Este lugar es tuyo? —preguntó, con un silbido admirativo que no pudo contener—. Es… increíble. Y muy bonito.
No preguntó cómo lo había conseguido; al fin y al cabo, era un Hijo de Mercurio y aquello era argumento suficiente para hacerse una idea de lo que podía haber sucedido. Cada palabra parecía costarle horrores a Ruth si su mirada se cruzaba con la de él, pero la rubia se negaba en redondo a perder la compostura, algo que también le estaba consumiendo gran parte de su energía. Quizá por ello, decidió soltar una frase bromista:
—Bueno, señor Maxwell —sonrió con sarcasmo—. ¿Y qué tiene que hacer una chica de fuera como yo en este local para que le pongan un Firework?
Ruth sabía que conocía aquel cóctel. No en vano, era él quien se lo había presentado. Y podía ser que se emborrachase, llevaba tres años sin beber; pero creía que no sería capaz de soportar aquella noche sin un poco de alcohol que disipara su nerviosismo. Sus ojos, sin embargo, dejaron de moverse por la estancia para clavarse en los de Akhen. Y, esta vez, sin barreras.


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