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#FanficThursday: Cars – “Una cita con el pasado” (Capítulo 18)

18. No puedo, ¿no lo entiendes?

IMCDb.org: 2002 Porsche 911 Carrera 'Sally' [996] in "Cars 3, 2017"
Sally Carrera, Cars 3

A medida que se aproximaban a la colina de Hollywood, Sally se sentía cada vez más mareada. Las luces y las sirenas de los vehículos de emergencias y policía, el parloteo de los curiosos que se habían acercado al ver tanto revuelo… La muchacha jadeó y se obligó a mantener la vista al frente; en el maletero de Rayo, que era quien la precedía hacia el lugar del desastre.

—Señores, no pueden pasar —les cortó el paso un oficial de policía—. Esto es el lugar de un accidente.

—Pero, ¡somos la familia de la víctima! —protestó Natalia, con los parabrisas cubiertos de lágrimas—. ¡Quiero ver a mi hija!

—Tranquilícese, señora —exigió el policía sin violencia, antes de echar una breve mirada a su espalda y, por fin, abrir ligeramente el cordón para que los padres de Naya pasaran.

Sally y Rayo, por otro lado, tuvieron que quedarse fuera; impotentes al ver cómo el matrimonio De La Vega se alejaba hacia la penumbra. Sally apartó la vista con un sollozo en cuanto sus iris verdes enfocaron a la silueta semi-enterrada entre los matorrales. Rayo la acogió, mimoso, pero con una intensa rabia fluyendo por sus circuitos. ¿Cómo había terminado Naya en ese lugar? Un rápido vistazo a su alrededor le dio una posible pista, pero no sabía si creerla de entrada. Sacudió el morro. «No». No encajaba en el perfil.

Arriba de la colina, casi a la altura del enorme letrero de “HOLLYWOOD”, otra serie de luces azules y rojas iban y venían por la carretera. Un helicóptero examinaba la ladera con una intensa luz, dejando a la vista un gran surco justo debajo de uno de los miradores. El lugar de la caída. Rayo tragó aceite y se apretó más contra Sally, deseando que las teorías dejaran de dar vueltas en su cabeza. Por suerte, en ese instante Naya fue trasladada a la ambulancia más próxima en un estado que McQueen prefirió ocultarle a Sally.

—No lo veas —susurró—. Hazme caso…

Reticente, ella obedeció y terminó hincando de nuevo el capó en su rueda izquierda, sollozando. En ese instante, Natalia y Andrés volvieron junto a ellos con cara de funeral.

—¿Y bien…? —preguntó Rayo, con el alma en vilo—. ¿Está…?

—Viva —suspiró el padre de la víctima, haciendo que Sally levantase de golpe la cabeza—. Gracias al Todopoderoso. Lo cierto es que ha sido una caída importante.

—¿Qué ha podido pasar? —sorbió Natalia, aún en shock—. ¿Y qué hacía allí arriba?

Rayo y Sally, como uno solo, se miraron, entendiendo sin palabras que sospechaban lo mismo. Pero, antes de elucubrar y hacer sufrir más a los padres de Naya, era mejor conseguir las pruebas. Por tanto, sin contestar a aquella candente pregunta, los cuatro siguieron a la ambulancia hacia el hospital. Allí esperaron, durante dos días y turnándose, a que Naya pudiese estar medianamente visible. Se le había incendiado el motor parcialmente, por lo que tenía una fea quemadura cubriéndole toda la mitad derecha del capó, mientras que el resto de su carrocería, debido a los golpes con las piedras y los matorrales, acusaba diversos cortes y agujeros. Aunque, según los médicos, eso era justo lo que le había salvado la vida. Había perdido muchos fluidos, por lo que permanecía conectada a varias bombas de suministro y, mientras tanto, la mantenían sedada. Sally apenas fue capaz de estar allí medio minuto antes de tener que obligarse a salir para tomar el aire. Pero lo peor aún estaba por llegar.

Al segundo día, cuando todos optaron por bajar a la cafetería para distraerse un poco, aconsejados por los médicos en el sentido de que poco más podían hacer por la accidentada, el camarero les trajo enseguida varias latas de aceite; con lo que los congregados empezaron a sorber despacio y en silencio, cada uno sumido en sus pensamientos.

Al menos, hasta que aparecieron los Wheathers por la puerta.

—¡Natalia! —sollozó Lynda, uniéndose en un silencioso abrazo con Natalia, consistente en juntar sus guardabarros con tristeza—. ¿Cómo estáis? ¡Es horrible!

—Pero, ¿qué ha sucedido? —preguntó Strip, tras saludar a Rayo y a Sally con tristeza y dirigirse a los afligidos padres—. ¿Cómo está Naya?

—Bien, gracias al Todopoderoso —admitió Andrés de la Vega—. Pero seguimos sin entenderlo. Naya siempre ha sido cuidadosa…

—Lo peor es que, esa noche, salió con el ayudante de Mustang —confesó Natalia acto seguido, sorbiendo y haciendo que al otro matrimonio se le pusieran las bujías de punta.

—Natalia, no creerás que ese muchacho… —arrancó Lynda, insegura.

—Quién sabe —rezongó Andrés—. A estas alturas, ya no me creo nada…

—No —reaccionó Natalia de golpe—. No, no puede ser él, si fue el que llamó para avisarnos de que había caído por el terraplén —aquello fue una revelación del todo sorprendente, pero nadie comentó nada. Las hipótesis flotaban en el aire como un mal presagio. Al menos, hasta que la señora De la Vega volvió a hablar—. El juicio… —recordó, cerrando los ojos con fuerza y tratando a la vez de serenarse, sin lograrlo del todo—. ¿Qué pasará ahora? Señor, mi pobre niña…

—Sin Naya, Tex no tiene muchas opciones… —arguyó Strip con cautela, antes de volverse hacia Andrés para evaluar su reacción—. ¿Tenéis algún sustituto en mente? ¿Alguien del bufete?

—Lo cierto es que, con todo esto, ni siquiera nos ha dado tiempo a pensarlo —replicó el padre de Naya, abatido y sin considerar aquella conversación una falta de tacto. Había que alegrarse de que lo de su hija no hubiese sido mortal; los médicos habían dicho que se recuperaría con tiempo, amor y paciencia y que, por la rapidez con la que la habían atendido, era probable que no tuviese grandes secuelas. Pero el tiempo no se detenía por nadie y pensando como abogado, no solo como padre, sabía que ninguno de ellos podía permitir que aquel asunto tan turbio terminase igual de mal. Por su hija, debían terminar lo que ella empezó—. Aunque… quizá…

Andrés se calló de golpe, cayendo en la cuenta de algo. Despacio, se giró ciento ochenta grados y los demás siguieron su mirada… Que, tras unos angustiosos segundos, se quedó fija en Sally. La cual, al adivinar lo que se mascaba en aquel tenso silencio, sintió un desagradable escalofrío recorrer todo su chasis. «No, no, no». No podía ser cierto.

—¿Por… qué… me miráis todos a mí? —inquirió, no obstante, en un hilo de aguda voz, preocupada.

Nadie contestó enseguida, acrecentando su ansiedad a cada segundo que pasaba. Pero, cuando Andrés inclinó el morro y abrió el capó, Sally deseó que se la tragase la Tierra.

—Sally, eres su mejor amiga —explicó en el mismo tono, aunque todos lo escucharon a la perfección—. Eres… nuestra mejor baza.

La joven notó un nudo atenazando su garganta que por poco no le impedía respirar.

—Yo… ¿qué…? Andrés, yo… —balbuceó, insegura—. ¿Por qué?

—Cielo, necesitamos que seas tú —argumentó entonces Natalia, con un extraño brillo rielando en sus ojos oscuros—. Nadie conoce… bueno, el caso mejor que tú.

Sally tragó aceite y miró a su público, uno por uno. Las ruedas le habían empezado a temblar. Puesto que, a pesar de que Natalia lo había intentado camuflar, la muchacha había entendido mejor que nadie lo que había querido decir:

“Nadie conoce a Álex Mustang mejor que tú”.

—Yo… —articuló, insegura—. Necesito un minuto. Por favor. Disculpad.

Y, sin que nadie pudiese detenerla, la joven azulada se giró y enfiló la puerta de la cafetería; espirando con fuerza en cuanto estuvo en el desierto pasillo. No podían pedirle aquello.

«No después de…»

—¡Eh, Sally!

Maldita sea. Rayo la había seguido.

—Hola, Rayo.

Él escrutó su rostro con preocupación.

—Oye, ¿qué ha pasado ahí dentro?

Sally torció el gesto.

—¿Tengo que explicártelo? —replicó, con cierta acidez que escamó al corredor.

—Sally… —ella se quiso retirar un poco, dándole la espalda; pero él no se dio por vencido y le cortó el paso con suavidad—. ¡Eh! Vamos, ¿qué te ocurre?

Sally se mordió el labio, buscando contener el torrente que se acumulaba tras sus parabrisas.

— No puedo sustituir a Naya —gimió.

—¿Cómo… que no puedes? —inquirió Rayo, extrañado.

Sally inspiró hondo.

—Que no puedo. Una cosa es ayudarla y otra muy distinta, sustituirla —expuso, temblorosa—. Hace mil años que no hago esto y, además…

De golpe, Rayo entendió cuál era el verdadero motivo de la negativa de su chica.

—Esto no será por Álex, ¿verdad? —ante su elocuente silencio, el joven bufó y puso los ojos en blanco—. Sally, escúchame: ni se te ocurra pensar que ese plasta de Mustang tiene algo que hacer, con pruebas o sin ellas. Tú le das mil vueltas.

—No es cierto. Él siempre ha sido y será mejor fiscal que yo —protestó, herida—. Nunca podré vencerlo en un juicio y no quiero ser la culpable de que Tex acabe entre rejas. ¿Te ha quedado claro?

Rayo no podía creer lo que estaba oyendo; de ahí que, poco a poco, algo se fuese calentando en su interior de manera muy desagradable y, finalmente, estallara sin poder evitarlo.

—¿Sabes cuál es tu problema, Sally? —la encaró con violencia—. El problema es que le tienes tanto miedo por “eso que te hizo” que, si no lo superas de una vez, aunque pongas medio país entre los dos, siempre sentirás que vives a su sombra y su fantasma te perseguirá, allá donde vayas —bufó—. Y no estoy dispuesto a convivir con eso —ante la estupefacción de la muchacha, que lo observaba como si fuese la primera vez que lo veía, agregó—. Aunque me duela admitirlo, esta no es la Sally que yo conozco. La Sally de la que yo me enamoré no dejaría a ningún ser querido en la estacada, ni a nadie que lo necesitara de verdad.

Tras reponerse, la acusada apretó los labios y se echó hacia atrás, mirándolo con dolor infinito. A Rayo lo mataba verla así, pero necesitaba que despertase. Y lo necesitaba ya.

—¡No puedo! —gritó ella entonces, acorralada—. ¿No lo entiendes?

—¡No! —repuso él en el mismo tono— ¡Y de verdad que me gustaría, porque sé que tú no eres así! —y agregó, rechinando los dientes a causa del intenso enfado que tenía—. ¡Dímelo, Sal! ¡¿De qué tienes tanto miedo?!

—¡De volver a fracasar! —su novia, derrotada, lloró sin poder evitarlo y se giró hacia la ventana más cercana, sin importar quién pudiese verla—. No quiero… volver a pasar por algo igual —sollozó—. No puedo…

El silencio cayó entre los dos entonces como una losa, solo roto por los sollozos intermitentes de ella. Pero Rayo, enquistado como estaba en aquel rencor y aquella preocupación, dormidos y guardados durante tanto tiempo, no se acercó a consolarla. Se sentía traicionado y, de paso, muy solo.

—No solo Naya depende de ti, ¿sabes? —la acusó, con la voz rota por el dolor.

Para bien o para mal, aquello hizo reaccionar a Sally; la cual se volvió para mirarlo, confundida.

—¿Qué quieres decir? —susurró.

Y Rayo, impasible, replicó:

—Me has entendido perfectamente.

Sally abrió los parabrisas, comprendiendo casi sin querer; pero no fue capaz de moverse mientras Rayo desaparecía por el pasillo en dirección a la salida del hospital. Se quedó allí, plantada, hecha un mar de dudas y con el corazón roto en mil pedazos.

***

Rayo rodaba a una velocidad digna de su mejor carrera. Sin apenas mirar atrás, esquivando coches casi por instinto y sin una dirección concreta. Pero, por algún azar macabro, sus ruedas lo llevaron hacia la colina de Hollywood, hasta uno de sus miradores. Cuando fue consciente de dónde estaba, Rayo se alejó como por instinto del borde y boqueó, tratando de recuperar el aliento y poner en orden sus ideas. Despacio, su corazón y la gasolina en sus manguitos recuperaron un ritmo normal, haciendo que la niebla que había ocupado su juicio desde hacía un buen rato remitiera, permitiendo ver la situación con algo más de perspectiva. Aunque también supuso dar rienda suelta a un intenso dolor que hizo al corredor encogerse sobre si mismo y gemir, impotente.

Cuando Andrés lo había propuesto en la cafetería, Rayo había pensado que el hecho de que Sally sustituyera a Naya era, sin duda, la mejor opción. Sin embargo, jamás hubiese imaginado que su pasado con Mustang la acobardase tanto. Y eso daba paso a una rabia sorda que McQueen no era capaz de acallar por ningún medio. ¿Qué le había hecho ese malnacido para que ni siquiera fuese capaz de enfrentarse a él en un tribunal?

«Esto solo confirma mis sospechas», rezongó para sus adentros, con derrota. «La clave para derrotar a Álex está en el pasado de Sally».

Pero ella no parecía dispuesta a cooperar al respecto. Bufó. Después de aquello, pasara lo que pasase, estaba claro que las cosas no iban a volver a ser iguales nunca más. Sin embargo, cuál no fue su sorpresa cuando retornó al hospital y los padres de Nayara, que se habían desplazado a un rellano próximo a la habitación de su hija, le dijeron en un comedido hilo de voz que Sally estaba dentro con Naya.

El corredor, se volvió hacia la puerta, indeciso. ¿Debía entrar? ¿Volverían a discutir? Inspiró hondo. Por su parte, después de la explosión, estaba dispuesto a mantenerse en tregua. Y, aunque lo pensara, no podía dejar de sentir una ligerísima vergüenza por haberle gritado así a Sally. Jamás lo había hecho… y esperaba no volver a hacerlo jamás.

El interior del dormitorio estaba en penumbra. Bajo la suave luz de las farolas que se filtraba por la ventana, Rayo adivinó la silueta dormida e intubada de Naya. Pero, efectivamente, había alguien más en el dormitorio. Un coche que, a pesar del cuidado que puso el corredor en entrar, se giró en cuanto traspuso el umbral y atravesó la doble hoja.

—Hola, Pegatinas.

—Hola, Sally.

Tras el saludo ambos se quedaron en silencio, sin saber bien qué decir. Pero, esta vez, fue Sally la que rompió el hielo con una frase que Rayo no esperaba escuchar.

—Voy a aceptar el caso.

Aunque por dentro podía estar dando pequeños saltos de alegría, su novio mantuvo la serenidad de puertas hacia afuera, al tiempo que se acercaba a la silueta dormida de la enferma.

—¿Qué te ha hecho cambiar de opinión? —quiso saber, sin acritud.

Sally pareció dudar, antes de atreverse a susurrar:

—Tú. Tienes razón, tenías razón en todo —inspiró hondo mientras él sonreía, aliviado y enamorado hasta la médula de aquella preciosa Porsche con tanto carácter—. No puedo seguir dejando que mi miedo a Álex controle mi vida, mi pasado y, mucho menos, mi futuro —sonrió tenuemente—. Así que… siento todo el daño que te he podido hacer con esta situación. Espero que me puedas perdonar algún día.

Él se acercó sonriendo con dulzura y la besó en el guardabarros.

— Sally. Yo estaré contigo pase lo que pase, ya lo sabes —le aseguró—. Y, si a ese prepotente de Mustang se le ocurre intentar algo, nos ocuparemos de ello —acto seguido le levantó el morro con una rueda—. ¿De acuerdo?

Ella asintió, agradecida, pegando su morro al de él.

—¿Cuándo has aprendido a ser tan convincente? —preguntó entonces, con media sonrisa irónica.

A lo que él la imitó y repuso en tono misterioso:

Bueeeeno… Quién sabe. Igual es que he tenido una una gran maestra…

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