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#FanficThursday: Cars – “Una cita con el pasado” (Capítulo 12)

Chapter 12. Frente a frente

Brian Fee: "En 'Cars 3' Rayo McQueen se enfrenta a coches mucho ...
Rayo McQueen

—¡Ah! Estas vistas son espléndidas, ¿no te parece, Rayo?

El fiscal los había conducido a una elegante terraza sobre el Pacífico desde donde solo se veía una enorme extensión azulada, hasta el horizonte. Para tranquilidad de Rayo –que, a pesar de la seguridad con la que había asegurado a Sally que todo saldría bien, no las tenía todas consigo–, era un lugar bastante concurrido, donde todas las mesas estaban ocupadas. Algunos de los comensales se giraron con curiosidad al verlo pasar, sin poder evitar cuchichear entre ellos aun cuando él todavía podía oírlos. Suspiró. Ojalá aquello terminase rápido.

Cuando los vio llegar y a una seña de Álex, un maître solícito los condujo hasta una mesa con sombrilla preparada junto al gran balcón; en una zona más apartada, pero no fuera de la vista del resto de presentes. Rayo procuró mantener los nervios a Rayo mientras ambos pedían y quedaban frente a frente, sin decir nada. El corredor dirigió la vista hacia el océano, sintiéndose cada vez más incómodo. ¿Qué era lo que quería Álex? Y, ¿por qué parecía tan tranquilo?

—Bueno, chico —prosiguió entonces Álex, dando un sorbo a su bebida—. Creí que jamás aceptarías quedar conmigo. No sabes lo mucho que me emociona estar con un héroe de las carreras como tú…

Rayo entrecerró los ojos.

—¿Qué quieres exactamente, Álex?

El otro coche abrió los parabrisas al máximo, como si aquella respuesta cortante lo sorprendiese de veras. Pero fue solo un segundo, apenas un espasmo, antes de recuperar su actitud de aparente relajación.

—¿Aparte de conocer mejor al mejor corredor de los últimos cincuenta años, quieres decir? Exceptuando a Hudson Hornet—brindó con una rueda y mostró media sonrisa indefinida—. Por supuesto.

Rayo frunció los labios, procurando evitar la repugnancia que le inspiraba aquel abogado con pretensiones.

—Me halagas, Álex —replicó con frialdad—. Pero los dos sabemos que no has venido a buscarme por eso.

Mustang enarcó un parabrisas, pero no lo desmintió. Se limitó a dar un lento trago antes de responder.

—Directo a la meta, ¿eh, campeón? —murmuró, casi como para sí mismo—. Dime, ¿hace cuánto que conoces a Sally?

Rayo sintió un escalofrío recorriendo su chasis.

—Tres años. ¿Por qué?

Álex asintió.

—Y, ¿qué sabes de su pasado como abogada?

Rayo chasqueó la lengua. No le gustaba el rumbo que estaba tomando la conversación. De hecho, empezaba a no creer que fuese tan buena idea haber ido hasta allí. Debía andarse con cuidado.

—Me ha hablado de lo que le hiciste —mintió, buscando que Mustang diese un paso en falso—. Pero estoy seguro de que ella era mejor que tú.

Bingo. Fuera lo que fuese que sucediera cinco años antes, pareció provocar a Álex lo suficiente como para tensarse ligeramente.

—Por supuesto —replicó entonces, recuperando su eterna sonrisa pedante como si nada hubiese sucedido—. ¿Sabes? De tus dos amiguitas podía esperar algo así. Serían capaces de implicar a cualquiera en sus asuntos con tal de ganar…

—Eso no es cierto —saltó McQueen sin poder evitarlo.

Por desgracia, era lo que Álex buscaba y lo demostró con una sonrisa aún más amplia y maliciosa.

—No creas conocer tan bien a tu novia, McQueen. Es ambiciosa y manipuladora.

—Ya veo cuánto la echas de menos que ya ni recuerdas su nombre —apuntó Rayo con acidez, recordando la conversación escuchada a escondidas en el juzgado.

Álex, por su parte, ni se inmutó ante aquel ataque.

—Un trofeo perdido no merece la pena ser llorado —declaró—. Es mejor tener la vista puesta en el siguiente. Seguro que eso lo entiendes…

—Yo nunca seré tan rastrero como tú —escupió Rayo—. Y, ¿sabes? Creo que lo mejor será que me vaya. Al fin y al cabo —sonrió con sarcasmo—. Yo soy testigo del bando contrario, ¿verdad? No sería conveniente que nos vieran juntos nunca más. Así que, ciao, Mustang.

El corredor estaba cansado de aquello. Fuera lo que fuese lo que buscaba Álex, si era provocarlo, lo estaba consiguiendo. Pero no iba a permitírselo más. Y, sin embargo, antes de poder retroceder para irse, lo sorprendió ver cómo el fiscal suspiraba profundamente y le dirigía una nueva mirada cargada de resignación, como si se rindiera.

—Está bien, Rayo. No quería ofenderte. Tu vida privada es asunto tuyo y no tendría que influir en el asunto que nos ocupa. Tienes razón, perteneces al otro equipo y no deberíamos estar teniendo esta conversación. Solo quería tener la oportunidad de conocerte mejor como corredor. Como coche —Rayo se relajó un tanto, y ambos se quedaron mirando al océano antes de que Álex volviera a abrir el capó—. Aunque, lo que sí me interesaría saber es… —hizo una pausa para dar otro sorbo de bebida, como con aire distraído—. ¿Por qué implicarte en el caso de un competidor? ¿Te lo has planteado de verdad? No te lo pregunto como fiscal, sino como coche y amigo. ¿Has pensado en lo que podría suponer para tu carrera?

McQueen se irguió, al tiempo que aquel término, “amigo”, le revolvía las tripas. Jamás confiaría en semejante personaje, pero tenía que mantenerse alerta.

—Tex es un buen coche —declaró con sinceridad—. Y me resulta imposible imaginar que quiera arruinar su reputación y el sueño de toda su vida por algo tan absurdo.

—Imagino que te refieres a la Copa Pistón… —apuntó Álex.

—Sí, por supuesto que me refiero a eso —repuso Rayo—. Dinoco es el patrocinador más grande de las carreras ahora mismo y todo porque Tex ha trabajado duro por sacarlo adelante, cuando estaban de capa caída hace treinta años —expuso, convencido. No en vano, se conocía la historia de la Copa de memoria desde antes de empezar a correr—. Todo el mundo lo sabe.

Mustang pareció medirlo unos segundos con la mirada, meditando qué decir a continuación.

—Si me aceptas un consejo, campeón… No creas conocer a los empresarios tan de cerca y menos a los millonarios —le advirtió con calma—. Tex, al final, es como todos: si puede pagar gasolina adulterada a proveedores más barata y venderla al mismo precio, lo hará. Créeme, llevo muchos años trabajando con gente como él —Rayo se quedó en silencio, sin saber qué decir. Lo cierto era que creía conocer a Tex, pero también tenía que admitir que Mustang llevaba muchos años en aquella profesión. Habría tratado con todo tipo de gente. Sin embargo, después de aquello Álex le hizo una pregunta que no esperaba—. ¿Puedo preguntar quién facilitó tus análisis para el juicio?

Rayo sospechó, pero decidió ser sincero.

—Mi equipo, ¿quién si no?

Mustang enarcó los parabrisas.

—¡Ah! Eso explica muchas cosas.

Rayo se estremeció sin poder evitarlo. ¿A qué se refería Álex?

—¿Qué quieres decir? —preguntó, cauto.

—Lamento ser yo quien te dé esta noticia, Rayo. De hecho, creí que lo sabías —el fiscal analizó la expresión de su interlocutor antes de añadir, eufórico por dentro—. El equipo Rust-Eze tiene una enorme deuda con el htB desde hace tres años… Pensé que lo sabrías.

Rayo se había quedado tan petrificado que apenas atinó a preguntar, con todas sus señales de peligro internas encendidas a todo motor:

—¿Qué…? ¿Cómo…? ¿Qué quieres decir?

Álex, por su parte, compuso un gesto apenado.

—Lástima, creí que te habrían informado. Pero temo decir que, si las cosas siguen así, no llegarán a la próxima temporada.

—Pero, no lo entiendo —se rebeló Rayo, aún aturdido—. El producto Rust-Eze está siendo un éxito —de hecho, sus victorias habían contribuido a ello—. Estamos facturando lo que nunca soñamos. No —se plantó—. No puedo creerte. Debe haber algo más.

Entonces fue cuando Álex le tendió un sobre cerrado con expresión compungida.

—Compruébalo tú mismo. Creí que era mi deber avisarte.

Rayo tomó el papel, lo rasgó y analizó el documento que salió de su interior. En efecto, la deuda era más de lo que la venta de pomada medicinal podía cubrir. Tragó aceite y, furioso, se encaró con Álex.

—¿Por qué me cuentas esto, Mustang? —rechinó—. ¿Qué ganas con este caso, en realidad?

El abogado clavó en él sus ojos grises sin atisbo de sentirse culpable; más bien al contrario.

—Quiero ayudarte, Rayo —susurró entonces, conciliador—. Eres un gran corredor y no te mereces que todos estos asuntos te salpiquen. ¿Dopaje? ¿Impagos? ¿Triquiñuelas? Eso déjaselo a los de abajo. Tú te mereces estar en un gran equipo. Y yo puedo ayudarte a conseguirlo.

Aquella propuesta hizo que a Rayo le diese vueltas la cabeza, pero hubo dos palabras en concreto que fueron las que lo hicieron despertar. Puesto que una imagen fugaz, pero veloz como su propio nombre, de un stand revestido de azul le reveló que, de todo lo que le había dicho Mustang, la mitad era mentira y falso halago.

—Estoy bien dónde estoy, gracias —replicó, gélido—. Y tienes razón, no quiero saber nada de deudas ni de estafas. Pero —agregó, cuando veía que ya Álex sonreía con malicia, haciendo que su gesto cambiara a uno de absoluto estupor—, si la gente a la que quiero y en la que confío está en peligro por tu culpa, o por la de cualquier otro, me ensuciaré las ruedas hasta los bajos por ayudarlos. ¿Me he explicado?

Mustang parecía a punto de estallar, pero se controló a tiempo y compuso un gesto impasible al tiempo que siseaba:

—Tú verás, McQueen. Pero, recuerda mis palabras: si las cosas siguen así, no correrás el año que viene. Piénsalo.

El corredor, que sentía todo su interior hirviendo de rabia, miedo y preocupación, rechinó un “gracias por la copa” antes de darse la vuelta y salir lo más dignamente que pudo de la terraza. Pero, una vez en el asfalto, las ruedas escogieron por él. Trazando el camino a toda velocidad hacia la mansión De La Vega. Tenía alguien con quien hablar. Urgentemente.

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