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#FanficThursday: Cars – “Una cita con el pasado” (Capítulo 4)

Capítulo 4. Gota a gota.

Cars - Lightning McQueen and Sally - Difference in me - YouTube

El día siguiente amaneció nublado, con un cielo tan plomizo que la lluvia no debería tardar en aparecer. Rayo abrió los ojos despacio; notando cómo una mezcla de dolor, resaca y angustia atenazaba cada circuito bajo su carrocería. Perezoso, bostezó y se resistió durante unos segundos a abandonar la zona de descanso. Al menos, hasta que captó un lejano rumor de agua que lo obligó a aguzar el oído, curioso. Parecía venir del otro extremo de la habitación, oculto su origen por una puerta cerrada. Solo entonces se percató el corredor de que estaba solo sobre el parqué.

Suspiró. Sally debía estar aseándose. Así que, tratando de espabilarse, optó por esperar pacientemente junto a la ventana, observando la ciudad dormida más allá del cristal. Cuando escuchó la puerta del baño abrirse tras él, se volvió despacio. El espectacular traje de su chica había desaparecido bajo el agua y el jabón –era una pintura especialmente diseñada para ocasiones puntuales como aquella, mérito de Ramón–, por lo que su carrocería ahora mostraba un tono apagado, sin rastro siquiera de cera o brillo; a juego con sus ojos verdes. A Rayo se le encogió el corazón cuando sus miradas se encontraron, pero no sabía qué decir.

—Hola —saludó, cauto.

Sally hizo un gesto algo apático hacia él con el morro, sin acercarse.

—Hola, Pegatinas.

Su voz era baja. Su tono, monocorde.

—¿Cómo estás? —tanteó él, sin saber si quería conocer la respuesta.

Sally, por su parte, suspiró profundamente y apartó la vista.

—Ojalá lo supiera —reconoció, antes de girarse y encaminar su carrocería hacia el salón anexo al dormitorio.

Un balcón se abría al otro lado de la estancia, pudiendo observarse desde el mismo toda la ciudad de Los Ángeles. Rayo se lavó con rapidez antes de seguir a su novia con sus dos mitades luchando a muerte: la una optaba por el, “déjala, ya se le pasará. Tienes cosas más importantes que hacer”; y la otra, también tozuda, argumentaba: “habla con ella, pregúntale qué le pasa, insiste. Que sepa que estarás a su lado siempre que lo necesite”.

Sally, cuando llegó frente a la barandilla, se quedó mirando al horizonte. Rayo se situó a su lado, observándola con cierta aprensión.

—Sally… Por favor, háblame —suplicó, dando el triunfo final a la mitad responsable y amorosa de su ser. Ella volteó sus iris verdes hacia él, pero no dijo nada—. Yo… —Rayo dudó, sin encontrar las palabras de buenas a primeras—. Quiero ayudarte. Pero… No puedo si no me dices qué te ocurre —se desesperó, casi sin ser consciente de ello—. ¿Qué tengo que hacer para que confíes en mí?

Por primera vez en aquella mañana y para su ligera tranquilidad, Sally mostró media sonrisa agridulce.

—Lo siento, amor —murmuró con sinceridad antes de girar de nuevo los ojos hacia el océano Pacífico que cubría el horizonte—. Esto no tenía que haber pasado.

Aquella declaración disparó todas las alarmas en el cerebro de Rayo, que aún consiguió reunir valor como para preguntar:

—¿A qué te refieres? ¿Qué… quieres decir?

Sally sacudió el morro y apretó los labios.

—Esta ciudad es donde viven mis demonios —repuso, casi para sí misma—. Y… jamás debí dejar que nos alcanzaran.

Rayo tragó aceite con fuerza.

—Sally —la llamó, para obligarla a mirarlo—. Oye… mentiría si dijese que nunca me he preguntado qué te había pasado antes de llegar a Radiador Springs; sabes que siempre he respetado que no quisieras hablar de ello —se encogió de ruedas—. Pero, con esto, también me he dado cuenta de que, quizá… Debería preguntarte más a menudo qué quieres y qué te sucede —inspiró hondo—. Por ello, respetaré cualquier decisión que tomes. De verdad.

Ahora le tocó el turno a Sally para sorprenderse.

—¿De qué hablas?

Rayo inspiró con fuerza.

—Que si crees que… Ya sabes, tu vida está en otro lugar… o con otro coche… Pues…

Sally bufó, incrédula, lo que hizo que el joven se interrumpiera y la observase con ansiedad.

—Rayo, por favor —le suplicó en un tono que dejaba a las claras lo que opinaba de aquello—. Lo único que quiero es estar contigo —y acto seguido susurró, al borde del llanto—. Solo quiero volver a casa. Que todo vuelva a la normalidad —sorbió antes de repetir—. Contigo.

El corredor expulsó de golpe todo el aire que había estado reteniendo sin percatarse.

—Entonces vámonos —susurró, muy cerca del capó de ella; deseoso de volver a ver su sonrisa, aunque solo fuese por una décima de segundo, y poder borrar sus lágrimas solo con la fuerza de las palabras—. Dejemos atrás esta ciudad infernal y vivamos nuestra vida como queremos vivirla. No más… Mustang. No más fiestas absurdas. Solo tú y yo, solos.

Sally lo observó, emocionada.

—Pero… tienes compromisos aquí —le recordó ella con súbita preocupación, retomando a la “Sally práctica” casi como si fuese un impulso que no podía reprimir, fuese en la circunstancia que fuera—. No puedes irte así como así.

Ante lo que Rayo se puso serio y replicó:

—Tendrían que atarme con un millón de cadenas para impedir que me vaya contigo al único lugar al que pertenecemos. Y no hay más que hablar.

Una lágrima indiscreta cayó por el borde del capó de Sally mientras besaba a su novio con infinito amor. Por un instante y mientras él la correspondía sin reservas, la joven Porsche olvidó a Álex, a Naya, la ciudad que los rodeaba y hasta la habitación de hotel. Solo existía el metal y sus lenguas reconociéndose. Al menos, hasta que las primeras gotas de lluvia cayeron sobre sus techados; obligándolos a separarse de golpe y a buscar refugio dentro del dormitorio. Como uno solo, empujaron las puertas del balcón con el parachoques trasero y, tras echar el pestillo, Sally sonrió con sinceridad por primera vez en toda la mañana.

—Venga, vamos a avisar al equipo —dijo Rayo, más animado al ver que la “tormenta” interna de Sally había remitido de momento—. Además, estoy famélico.

Sally soltó una risita y puso los ojos en blanco, como queriendo decir: “eres incorregible”. Pero estuvo de acuerdo y se dirigió hacia la puerta sin despegarse de su costado. Sin embargo, cuando le faltaba apenas medio metro para alcanzarla, ambos frenaron en seco.

Porque habían pasado un sobre bajo el dintel.

Extrañada, la pareja intercambió sendas miradas de incomprensión. Tras acercarse un poco más, comprobaron que la pulcra letra negra dirigía la misiva a “Sally Carrera”, sin dirección de remite. El papel parecía bueno y no llevaba sello. Por un incómodo momento, Sally temió de quién pudiese ser y retrocedió. Pero Rayo la instó a abrirlo.

—¿No quieres saber de quién es? —preguntó, picado de golpe por la curiosidad.

Pero Sally miraba el papel igual que si fuese un cardo asesino dispuesto a reventarle los neumáticos a la primera de cambio si se descuidaba. Ante la muda insistencia de Rayo, no obstante, cedió y se aproximó, despacio. Procurando que las ruedas no le temblasen, rompió el sobre y extrajo un papel de color blanco nuclear en el que se leían unas pocas letras. Pero fue suficiente para que los parabrisas de Sally se abrieran al máximo y dejase escapar un gemido angustiado.

—¿Qué ocurre? —quiso saber Rayo, cuando la curiosidad dio paso de nuevo a la ansiedad por el estado de su chica—. ¿De quién es?

Sally tardó unos segundos en recuperar la voz para responder. Pero, cuando lo hizo, su tono puso todas las bujías de punta al corredor.

—Es… de mis padres.

Por un instante, ambos se quedaron en un silencio mortal. El cerebro de Sally bullía mientras contemplaba la caligrafía que tenía ante sí, mientras se maldecía por no haberla reconocido antes. ¿Tanto tiempo había pasado? Cinco años y tres meses, como le recordase Naya.

—¿Cómo que de tus padres? —fue lo único que atinó a preguntar Rayo, tras reponerse de la sorpresa.

Sally trató de serenarse, sin conseguirlo del todo, antes de encararlo con suavidad.

—Hace cinco años y tres meses que no me hablo con ellos —explicó con cierta amargura mal disimulada—. Pero, supongo que se han enterado de que estoy aquí. No soy precisamente anónima ahora mismo, ¿verdad? —ironizó sin maldad.

Para Rayo, sin embargo, esa era una espina de culpabilidad que ya se había clavado en su alma desde hacía algún tiempo y ahora solo se adentraba más, retorciendo sus entrañas de dolor. Desde la primera mala experiencia con los paparazzi, Rayo había temido el momento en que Sally se cansara de la notoriedad y lo abandonara por una vida más sencilla en el anonimato; en parte, ni podía ni quería reprochárselo. Pero, por otro lado…

—Y, ¿qué vas a hacer? —quiso saber, sin presionarla.

Sally se mordió el labio, meditando la respuesta, con los ojos fijos en la misiva.

—Creo que… —bufó—. En fin, puede que sea una locura —miró a Rayo de nuevo, como si buscara su apoyo—, pero algo me dice que debería ir.

Rayo se irguió, orgulloso de ella. Su decisión y su capacidad de enfrentar cualquier situación, por dura que fuese, era lo que más lo había enamorado de ella cuando la conoció y lo que nunca dejaba de sorprenderlo en el día a día.

—Entonces yo voy contigo —declaró, convencido.

Sally se giró, boquiabierta.

—¿De verdad? —preguntó, aunque luego agregó—. Sé que esto te va a sonar fatal, pero no sé si es una buena idea.

Para Rayo aquella declaración fue como una puñalada en el alma, pero prefirió quitar hierro al asunto.

—¿Qué pasa? ¿Tanto te avergüenzas de mí? —bromeó, con media sonrisa.

Para su tranquilidad, Sally hizo un mohín para dar a entender que había captado el chiste.

—No seas tonto, claro que no —lo besó en el costado, conciliadora—. Es solo que… —suspiró, mirando la carta por enésima vez—. Ellos son muy… —pareció buscar la palabra adecuada—. Particulares. Y no les hizo mucha gracia que abandonase mi vida aquí de la noche a la mañana —resignada, suspiró mientras apartaba el sobre y arrancaba de nuevo, en dirección a la puerta del dormitorio—. Créeme: cuando lleguemos, lo entenderás.

Rayo asintió, conforme, mientras la seguía hacia el pasillo y después hacia el ascensor. Las piezas que componían el rompecabezas que era su novia empezaban a cobrar forma, con sus luces y sus sombras. Pero, como tantas otras veces en el pasado, Rayo seguía sin sentirse capaz de juzgarla por lo que hizo. Cierto que él tampoco había tenido una infancia sencilla, pero… Seguramente Sally exageraba sobre sus padres…

¿Verdad?

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