Akhen y Ruth · rpg · spin-off

#SpinOffSunday: Akhen y Ruth – Una historia agridulce (Capítulo 5)

Capítulo anterior

***

Capítulo 5 – Un completo fracaso

Renée O’Connor

  Sus palabras eran como el bálsamo que el ánimo de Ruth necesitaba y refrenaron ligeramente la necesidad de la joven de acercarse más a él. Al menos, hasta que sus labios se posaron en su mejilla con tanta suavidad como la pluma de un pájaro, como la seda, como… La joven apretó los puños ligeramente mientras se contenía para no darse la vuelta de golpe y atrapar su labio inferior entre los dientes. Sin embargo, se demoró un segundo en aquel maravilloso momento y trató de alargarlo rozando con la mejilla la punta de su nariz.

«Cabeza fría. Cabeza fría», se recordó mentalmente cuando él se apartó para volver a posar la mirada en el azul del mar.

Ruth necesitaba poner en orden sus ideas y, sobre todo, asimilar todo lo que implicaba su ofrecimiento.

—¿La Tierra? —preguntó, cuando por fin consiguió serenarse en mayor o menor medida—. Pero, Akhen… Ese no es un mundo para nosotros. No hay lugar para la magia. Además —rezongó— mis padres se morirían de un infarto si se me ocurriese siquiera ofrecerles esa posibilidad. ¿Su preciada hija pequeña en la Tierra? —Ruth soltó una risita sarcástica que le salió del alma y susurró entre dientes—. Antes me entierran viva…

Aquello era bastante cierto puesto que, desde que tenía uso de razón, había conocido o escuchado de boca de sus progenitores casos de magos que habían partido de Ávalon en dirección a aquel extraño mundo para, la mayoría, no volver apenas a pisar la tierra que les había visto nacer. Y muchos, cuando lo hacían… Parecían otras personas. Como si algo se hubiese muerto en su interior. Cosa que, razonó, no había sucedido nunca con las Provincias Mercantes, las Lunas Gemelas o Las Tierras Lejanas. Ruth se volvió despacio y trató de encontrar los ojos de Akhen, aun sabiendo que acababa de revelarle uno de sus mayores secretos: que jamás había visto más allá de aquella isla.

En ese instante, su intuición le decía que Akhen tenía algún motivo oculto que no le estaba revelando para hacer todo aquello; y su mente elucubraba con todo tipo de posibilidades, tanto buenas como malas para su persona. Rápidamente, trató de olvidar aquellas suposiciones. Puesto que, de todo lo que había dicho, una cosa sí había calado realmente en su alma.

—Akhen —lo llamó—. ¿Decías en serio lo de irnos juntos?

Ruth procuró que no hubiese emoción alguna en su voz o en su rostro, a pesar de que por dentro se moría porque dijese que sí. Y muchas otras cosas. Pero si Akhen, por algún motivo, iba detrás de la dote de aquella rubia princesa –considerable, por supuesto. Era una Derfain– y sus padres se oponían a aquel plan… Esa supuesta pequeña aventura de irse a la Tierra podía terminar muy pronto… Y, probablemente, de forma desagradable.

* * *

Las cosas estaban yendo demasiado rápido para el gusto del Hijo de Mercurio. A fin de cuentas, acababan de conocerse. Pero si quería arrancarle a Ruth algún tipo de compromiso tendría que usar todo su intelecto y en cierta parte, su corazón para lograrlo. Que ella hubiera alargado un poco más de lo necesario el contacto de los labios de Akhen contra su mejilla tampoco es que pusiera las cosas fáciles, pues el chico de ojos azules tuvo que tragar saliva para poder hilar un par de pensamientos coherentes.

«Akhen, céntrate y deja de pensar en eso que llevas pensando desde que la viste.»

La Tierra era un destino al que quería viajar desde hacía mucho. No solo por la razón que había aducido o por el paisaje. Deseaba ir allí por molestar a sus estirados padres, porque quería que vieran que podía tomar sus propias decisiones y no necesitaba la aprobación de nadie para ir y venir por su cuenta. Quizás por eso le diera a la chica la contestación que le dio:

—Claro que sí —Y sonrió, de nuevo con aquel mar de plata que se colaba en su boca cada vez que lo hacía—. Llevo mucho tiempo queriendo conocer ese lugar, ¿cómo será un mundo sin magia, un mundo sin nuestras reglas?

Aunque la había estado mirando mientras soltaba todo aquello no pudo evitar que su mirada volviera a vagar libre, más allá de donde estaban ellos. Dotes, padres enfadados y todo aquel anquilosamiento empezaba a pasar factura al joven. Lo había sufrido toda su vida, siempre lo mismo. Lo que debía hacerse y lo que no. Por supuesto que los contactos y la posición de Ruth eran importantes, si no, no estaría allí, ¿qué haría si ella los perdiese, le seguiría gustando? No tenía ni idea, apenas la conocía y si querían –esperaba que ella también estuviera interesada– que aquello funcionara debían tener paciencia, no podían hacer el tonto en momentos tan delicados y cruciales. Aunque no sabía si ser tan claro le haría bien a ella, que acababa de tener una pequeña crisis por culpa de su cuñado, su mano cayó en la de ella.

«Debemos tener paciencia», le aconsejó a través de sus pensamientos, «solo un poco más».

Y él el primero, pues cada vez que la veía tenía deseos de hacer cosas que, de momento, no eran apropiadas.

* * *

Ruth inspiró hondo, pero no por el motivo que él pudiese pensar. Sí, quería irse con él… Pero a la Tierra. Y, cuando se cansase de la novedad, ¿qué? ¿Qué significaba ella realmente para él? Volviéndose a medias, la joven puso su intuición a funcionar a toda máquina. Aquella nebulosa invisible que cubría parte de su motivación seguía ahí, pero también intuía que en lo que le decía era bastante sincero.

«Ojalá tuviese poderes de Hijos de Saturno en este momento», pensó, asegurándose de que él no lo escuchase mediante una barrera.

Sin embargo, también se dio cuenta de que aquel podía ser el billete que necesitaba para salir de Ávalon. Cierto que nunca lo había hecho, pero ya era mayorcita para saber lo que se hacía, ¿no? Y a lo mejor la Tierra no era tan mala idea para poner distancia entre su cuñado y ella. Cierto que no vería mucho a Morgana, pero… Apretó los labios. Ella había tomado una decisión, aceptando quedarse con Gregor y, a pesar de amarla con todo su corazón, después de lo de Vivianne, Ruth había descubierto que no era la santa que todos creían. Y eso, sin que lo admitiese, le dolía.

Pero ahora tenía cosas más urgentes en las que pensar. Akhen había pedido paciencia, cierto, pero Ruth necesitaba saberlo. Necesitaba sentir que había algo más aparte de una mera transacción comercial en aquella conversación.

«No quiero esto», reflexionó. «No quiero seguir viviendo en una jaula de oro, ni matrimonios concertados… quiero mi libertad».

Y si tenía que apostar fuerte para conseguirlo, lo haría. Akhen no era el único que sabía jugar a seducir. De ahí que la cabeza de la joven se girara del todo hacia él y realizase el movimiento que estaba deseando hacer desde que le había visto por primera vez. Sus labios se unieron a los de él un instante, sin alargarlo demasiado ya que no quería parecer una lanzada, e inmediatamente se apartó y se tapó la boca, desviando la mirada. En su mente, libre de barreras, focalizó un único pensamiento:

«Qué vergüenza».

—Perdona —le pidió al Hijo de Mercurio—, lo siento, no sé… Qué me ha pasado —Ruth se giró entonces para mirarlo y mostró una sonrisa entre satisfecha y decidida—. Pero si estás dispuesto a que nos vayamos juntos a la Tierra… de acuerdo. Vámonos.

* * *

Si hubiera sabido lo que iba a ocurrir, probablemente se hubiera quedado igual de desconcertado. Pero la subida y bajada de barreras por parte de Ruth le estaba obligando y retirarse o acercarse a su mente alternativamente, de manera que los labios de la chica sobre los suyos lo dejaron completamente en shock, porque estaba en uno de esos momentos de “bajamar mental”.

Por puro impulso le devolvió el contacto y cuando ella se retiró apenas entendió lo que le estaba diciendo si se iban… ¿Adónde? Negó con la cabeza, concentrándose lo máximo para entender a qué se estaba refiriendo ella: vergüenza, por haber sido tan lanzada, pero también resolución, para ir a la Tierra; para aceptar, o eso entendía él, su compromiso. Akhen se quedó callado un momento, sin contestación de pronto, casi sin habla. Y algo debía decir, aunque fuera una estupidez. Se mordió el labio, inseguro durante un instante y, finalmente, negó con la cabeza; había empezado ella.

—Iremos —dijo, con voz ronca, y en esta ocasión fue él quien se inclinó y atrapó la boca de ella con la suya.

Había sido capaz de ser un caballero cuanto había podido; pero, después de que la chica tomase la decisión de cruzar la línea, no podía esperarse que él no hiciera otro tanto. Si alguien hubiera comparado ambos besos, habría podido considerar el de Ruth “casto”.

No es que el hijo de Mercurio pretendiese hacer un examen bucodental tan detallado a la muchacha que esperaba pronto fuera su prometida, pero las cosas habían salido así y no pensaba dar marcha atrás. Estaba hecho y para cuando abrió los ojos y la observó, sintió que el deseo aguijoneaba su estómago, pero se obligó a dar un paso atrás y cruzar los brazos sobre el pecho, pues había estado apretando el cuerpo de la joven de un modo excesivamente apasionado. No podían ir más lejos, aún no. Notaba las mejillas coloreadas por el fogoso intercambio de saliva, de ahí que su mirada hubiera vuelto al mar, aquella divina masa de agua salada que se extendía a su alrededor.

* * *

Ruth tenía que confesar que, cuando la volvió a besar, la pilló ligeramente por sorpresa, a la vez que todas las posibles tácticas que hubiese podido maquinar hasta el momento se derrumbaban en su mente como un castillo de naipes. Cuando la atrajo hacia él y la joven sintió su lengua enredada con la de ella, alzó los dedos hasta hundirlos en sus rizos rubios. Aunque aún estaban ligeramente húmedos, eran suaves y espesos y pensó que jamás sería capaz de soltarlos.

Pero el hechizo acabó algo bruscamente cuando él se apartó y retiró los brazos. Parecía algo avergonzado, pero Ruth tampoco pudo comprobarlo del todo, puesto que su cuerpo tenía como prioridad recuperar el oxígeno perdido. Había sido una sensación increíble, la cabeza le daba vueltas y notaba los labios húmedos e hinchados.

—Vaya… —fue lo único que atinó a suspirar, a la vez que alzaba la vista hacia él.

Su mirada había vuelto a posarse en el horizonte y, por un instante, la joven cayó en la cuenta de todo lo que podía implicar lo que acababa de suceder. Si ahora ascendían de nuevo hacia la fortaleza y se encaminaban al salón… Tendrían que…

«¡Oh, maldita sea!», exclamó mentalmente sin poder evitarlo a la vez que se levantaba de golpe.

La simple idea de verse atada a alguien con aquel lazo tras un beso la aterraba, pero… volvió a bajar la mirada para observarlo. Era demasiado guapo…


Capítulo siguiente