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Capítulo 8 – Mujeres complicadas

Definitivamente, y no sabía la de veces que se repetiría la misma fórmula, Akhen no tenía ni idea de qué iba Ruth. Esa chica era un auténtico rompecabezas: “me gustas, pero no nos prometemos, vengo a pedir disculpas –al padre de Akhen que no a él; él parecía invisible para todos a su alrededor–, pero me voy sin hacerlo”; y tras haberle mirado como si quisiera arrancarle los pantalones de un mordisco le hacía llegar un mensaje mental lleno de seriedad y de paso de altanería. Se retiró discretamente mientras su padre batallaba con su futura cuñada y se preguntó si aún estaría a tiempo de cambiar de opinión y volver a avergonzar a sus padres rechazando el compromiso.
«¿En qué estás pensando?».
Subió los escalones de tres en tres y se vistió con una túnica sencilla, unos pantalones y unas botas a juego.
A continuación, llevó a cabo una actividad que había realizado desde que empezó a interesarse por el sexo opuesto que no era otra que escapar por la ventana, como un amante pillado in fraganti por un esposo celoso. Soltó una carcajada mientras hacía uso de los salientes de la vivienda y recordó la última chica con la que se había acostado que, por cierto, estaba casada. Maureen, ¿o Marian?, no lo sabía. Desde que había empezado la supuesta conquista de Ruth, mal que le pesara, el resto de mujeres había pasado a un discreto segundo plano. Akhen Marquath ¿comprometido?, el mundo debía de acabar de perder todo su sentido.
Siguió caminando. Sus botas negras resonaban sobre el suelo de piedra y pensó qué le diría a Ruth. Quería dejar las cosas claras entre ellos y no tenía intención de crear malentendidos innecesarios, sobre todo si realmente pensaban empezar una relación, o lo que fuera. Ambos debían tener claro qué esperar del otro antes de seguir con aquello. Akhen había salido “en serio” con un par de chicas, pero nunca llegó a pensar realmente en casarse con ellas, lo que cristalizó en sendas rupturas. Se encogió de hombros: por muy buenas vibraciones que sintiese cuando estaba con Ruth, no había razón para que significase algo. Por todos los dioses del Panteón, la había visto dos veces y se estaba comportando como un idiota; de ahí que cuando vislumbró el Palacio de Gobierno hubiera tenido tiempo de conformar su mejor mueca de serenidad. Había aprendido a hacerlo desde que era pequeño: al principio le había supuesto un esfuerzo, ahora lo controlaba.
Allí estaba ella, frente al palacio de ladrillo amarillo con vetas verdes. Los tejados con forma de pirámide y las tres torres que conformaban el edificio no le parecieron tan hermosas como en anteriores ocasiones porque solo tenía ojos para la joven hija de Júpiter. Estaba encantadora con la túnica morada con detalles turquesas y el pentáculo allí en medio, visible, dejaba volar la imaginación del Hijo de Mercurio. Tragó saliva y se acercó a ella sin alterar el gesto
—Ya estoy aquí —saludó, mirándola con una sonrisa que no dejaba entrever cuáles eran sus verdaderas intenciones.
Si quería hablar, que hablara, él tomaría sus propias decisiones.
* * *
Ruth tenía que admitir que, del palacio de Akhen –o de sus padres, tanto más daba–, había salido con más prisas de las que pretendía. En parte, no estaba segura de qué hacía exactamente en aquella ciudad, en aquel palacio… Donde se encontraba el hombre más atractivo y misterioso que había conocido hasta la fecha. Porque lo cierto era que el resto de todos los pretendientes que le habían presentado alguna vez eran más planos y menos profundos que un disco. Pero Akhen… Ruth reprimió un escalofrío y apresuró el paso mientras atravesaba la pequeña plazuela frente a la que se encontraba el palacio. Zigzagueó sin saber muy bien a dónde iba, casi segura de dónde estaba el Palacio de Gobierno. Para su fortuna, llegó enseguida, aunque algo acalorada por la carrera…
«¿Solo por eso?», susurró una voz maliciosa en su mente.
«¡Oh, cállate!» le gritó a su “yo” interior.
No podía entender qué estaba sucediendo, ni dentro de su cuerpo ni con Akhen. Lo cierto es que cuando había cruzado su mirada con él, el ánimo de escapar para estar solos se había enfriado ligeramente. Puesto que su afilada intuición le había puesto sobre aviso: algo malo sucedía. Akhen no estaba del todo contento por algo, aunque tratase de disimularlo con su expresión corporal de seductor nato. Sin embargo, ¿por qué no lo había percibido hasta que no había estado a apenas cinco centímetros de su piel desnuda? Tragó saliva y procuró distraerse. En ese instante, un lémur descendió por un árbol hasta su posición y posó una mano en su pelo. Tras el susto, Ruth rio y alargó una mano, que el curioso simio olfateó. Pero el momento de paz duró poco… Hasta el momento en que escuchó su voz detrás de su espalda.
Tres palabras. Secas, sin emoción… ¿O quizá teñidas de algo…? Ruth meneó ligeramente la cabeza y apretó un instante los labios, a la vez que trataba de calmar su corazón. Lentamente, la joven se volvió hacia él mientras aún mantenía los dedos bajo la nariz del lémur.
—Hola —lo sonrió con cierta timidez no fingida—. No estaba segura de si vendrías… —Rretiró la mano en el momento en que el prosimio encontró algo mejor que hacer unas ramas más arriba, y se giró del todo—. Perdona la estratagema del despacho de tu padre. Yo… —Ruth se ciñó el torso con los brazos, sintiendo un frío no solamente provocado por el aire que corría por la plaza en ese momento y, a la vez que se maldecía por haber olvidado su capa con las prisas, optó por ser sincera—. No he sabido nada de ti desde aquella noche y, bueno, aparte de todo… quería verte —Sus mejillas debían estar rojas cual manzanas maduras, pero no se amedrentó al preguntarle, finalmente—. ¿Estás molesto conmigo por algo, Akhen?
* * *
«Verte, verte, verte». La palabra se repitió por triplicado en la cabeza de Akhen mientras este seguía esforzándose por mantener cerradas las compuertas de sus emociones, por permanecer lo más sereno posible. Era capaz de hacerlo, con el tiempo había aprendido. De hecho, estaba dispuesto a permitirse cierta sequedad en la voz, dando a entender que algo ocurría, aunque sin ofrecer ninguna explicación, pero nada más. El hecho que ella reconociese que quería reencontrarse con él de nuevo y que había habido una estratagema en la casa de su padre le suponía un esfuerzo extra, pues –aunque quisiera no darle importancia– aquello lo animaba.
Las mejillas sonrojadas de la chica fueron como si le acabaran de dar una puñalada y no tuviera más remedio que apoyarse para no caer, debido a la pérdida de sangre. Aunque no fue literal, simplemente se mordió el labio en un gesto que pretendía ser casual y acortó la distancia que los separaba para pasar sus manos por los brazos desnudos de la chica. Podría asegurarle que no la entendía, que debía haber alguna razón para que hacía unos minutos se comportase como una tigresa y ahora pareciera un corderito indefenso y tímido. Sin embargo, no lo hizo, sino que optó por frotar su piel con los dedos, con delicadeza.
—¿Tienes frío? —Que él recordase, no era la primera vez que había preguntado algo similar, aunque si la primera que sus brazos la rodeaban para darle calor, pues ahora la envolvía con sus brazos, de un modo que ni él mismo esperaba. «Eres un idiota, Akhen Marquath», se dijo mentalmente mientras abrazaba con ternura a la muchacha que tanto empezaba a gustarle—. Yo también tenía muchas ganas de verte.
Y era cierto; porque por muy enfadado, estafado y utilizado que se hubiera sentido, aquellos ojos claros y aquel rostro encantador le habían hecho olvidarlo por completo. Quizás fuera eso lo que la gente llamaba “amor”; aunque, de momento, él aún no lo había conocido. Muchos interrogantes se le presentaban, sin embargo, en ese momento no le importaba quedarse allí, justo donde estaba.
* * *
Ruth se sorprendió por su reacción, francamente. Por una parte, esperaba un “sí, estoy molesto contigo por equis motivos” y, por otro, deseaba que dijera: “no, no pasa nada”. Pero lo que no imaginó fue que el hecho de dejarse sin querer la capa en casa de sus padres provocase aquella reacción por su parte. Cuando sus brazos la rodearon, apenas se permitió pensar. Su calor era tan agradable que las manos de la joven se apoyaron a ambos lados de su espalda, a la vez que dejaba caer su cabeza con un ajuste perfecto en el hueco de su hombro. Cuando dijo que también quería verla, no sabía si llorar de emoción o saltar de alegría.
«Ruth, ¡que sigue siendo capaz de escuchar tus pensamientos!» se reprendió mentalmente.
No podía dejar que pensara que era una presa fácil, que con un abrazo se iba a olvidar de todo. Le dolía no haber sabido nada de él, y la inseguridad por saber si su padre aprobaba o no su relación –lo cierto es que la última actuación de Ruth no jugaba precisamente a favor– la carcomía por dentro más de lo que quería admitir. Aunque, por otra parte, el lado rebelde de su cerebro le gritaba que ambos ya eran mayorcitos para andarse con aquellas tonterías.
Sin embargo, cuando se separó de él y sus miradas se cruzaron de nuevo, Ruth no pudo evitar sonreír ampliamente. Era tan guapo… Su mano se deslizó casi como si tuviese vida propia para rozarle el mentón, pero en cuanto cayó en la cuenta de que aquel era un acercamiento demasiado intenso para ese momento en concreto, retrocedió lentamente para separarse unos centímetros de él.
—Entonces… ¿no estás enfadado conmigo? —tanteó. Aunque no le dio tiempo a responder puesto que, en ese instante, se dio cuenta de que estaban en medio de la plaza, a la vista de cualquier transeúnte, y decidió recomponerse. Se apartó del todo, aunque aún mantuvo una de sus manos tomada con la suya, y le dijo—. Oye… ¿Qué tal si damos un paseo?
* * *
—¿Debería estarlo? —preguntó Akhen alzando las cejas, mientras se preguntaba si debería compartir con ella sus anteriores preocupaciones: el hecho de sentirse como un caballo al que se iban a llevar a las carreras sin preguntarle su opinión. Nada tenía sentido con esa mujer y Akhen debería ir haciéndose a la idea, aunque no dejaba de sorprenderse. No podía evitarlo, era tan mona y tan contradictoria a la vez que no tenía muy claro qué hacer con ella. Agarrados de la mano comenzaron a caminar; si bien la gente podía verlos de esa guisa, al parecer era menos comprometido que encontrarlos abrazados en medio de la plaza que iban dejando atrás. El joven no tenía muy claro qué diferencia podía haber: a tus amigos puedes aferrarlos contra tu pecho, pero no sueles llevarlos cogidos de la mano, ¿o sí? Los ojos azules del Hijo de Mercurio se aceraron un segundo y volvió la vista hacia ella—. Te invito a tomar algo y hablamos —No sabía exactamente la razón que le llevaba a ello, pero ahora que el enfado había remitido quería ser sincero con ella, quería que supiera cómo se había sentido en todo el asunto. Por todos los dioses, si se casaban las sonrisas, los abrazos y los besos, que aún recordaba con claridad los que habían compartido en casa de Ruth, no iban a solucionar algunos de los problemas que podrían surgir, de manera que lo mejor sería empezar a ser sinceros. Tragó saliva, ¿una relación seria, él? Cuando fue a Ávalon para conocer a la pequeña de las Derfain no esperaba meterse en aquello, en realidad solo quería un matrimonio anodino como el de sus padres y seguir con su vida. Ir con las manos entrelazadas o decir toda la verdad no entraba en el plan, pero las cosas no son siempre como uno quiere. Además, había leído los pensamientos de Ruth y, al parecer, esa era la mejor opción para llegar a su corazón y él… Por todos los infiernos, ¿qué le pasaba? Quería ser sincero. Siguieron caminando hasta que se detuvieron frente a un sencillo local que servía unas bebidas exquisitas—. ¿Quieres que entremos?
* * *
Ruth tenía que admitir que lo abrupto de su proposición, cuando llevaban un rato caminando sin decir una palabra, la pilló ligeramente desprevenida; por lo que se encogió de hombros con levedad, hizo un asentimiento vago y se dejó llevar hacia dónde él dijese. La brisa fresca que corría a su alrededor no era demasiado fresca, invitaba a pasear; pero, si quería hablar… qué mejor que un lugar más privado. Y, al fin y al cabo, era su ciudad, la conocía mejor que ella, que hacía ni sabía los años que no pisaba sus calles. Ya ni siquiera recordaba el motivo de su visita anterior.
Si tenía que ser sincera, no eran muchas las veces que había salido de viaje a las demás ciudades de Ávalon en sus casi treinta años de vida; sin quererlo, se sintió estúpida, a la par que vulgar. ¿Cómo cualquier hombre querría estar con alguien como ella, si no era por la cuantiosa cantidad de monedas de oro que acarreaba detrás? Suspiró. Con cada pretendiente, se había sentido como una vaca camino del sacrificio ritual. Pero con Akhen… Ruth lo observó de reojo. Sí, sentía algo nuevo por aquel hombre alto, rubio y apuesto. No podía negarlo. Pero, ¿sería capaz de amar a alguien como ella?
Cuando se detuvieron frente a un lujoso local, situado cerca de la avenida principal de Tribec, y él adelantó una mano para cederle el paso, la joven trató de recomponerse lo más rápidamente posible, aunque sabía que esa vez –y las últimas– no se había esforzado un ápice en que no conociese sus pensamientos. Al fin y al cabo, a pesar de que era el primer candidato que le había atraído realmente en toda su vida, no estaba dispuesta a mentir sobre su verdadero yo.
«Ya conoces el refrán», se recordó a mí misma, «mejor sola…»


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