Sentirse protegido (Egghead-Elbaf)

La huida de Egghead había sido una de las más difíciles y angustiosas que Nami recordaba haber sufrido en mucho tiempo, salvo todo lo ocurrido en Whole Cake para escapar de Big Mom, con la diferencia de que en este caso estaban todos juntos y ni así había sido más sencillo. La joven suspiró mientras se adentraba en el aseo del Thousand Sunny después de festejar durante horas en compañía de todos sus camaradas, decidida a darse un buen baño relajante y olvidarse por unas horas de toda ansiedad y estrés. También estaba algo borracha, quizá por culpa de esa extraña bebida que les habían dado en el Erik y que llamaban el «Hada Verde», pero algo en ella disfrutaba como nunca en mucho tiempo de aquella languidez sin preocupaciones.
Aun así, al acercarse a la puerta entreabierta del baño, vio algo que agitó de nuevo su ánimo, aunque de forma nada desagradable: tres catanas de diferentes colores estaban apoyadas contra el muro unos metros más allá, lo que indicaba que Zoro estaba dentro. Nami sonrió para sí, pensando que tenía que haberlo imaginado. Sin ser un acuerdo real entre los dos, era cierto que en los últimos tiempos ambos parecían tender a realizar sus abluciones a las mismas horas… y eso era tan excitante como arriesgado considerando su relación.
«Teniendo la escolta de los gigantes, hoy no nos hace falta hacer guardia», razonó, sin que la lógica rebajara ni un ápice el frenético latido de su corazón, «así que supongo que por eso está él aquí».
Por otra parte, era extraño que Zoro estuviera allí en vez de seguir bebiendo hasta reventar en el barco gigante, pero Nami prefirió no darle más vueltas. También sabía que al guerrero le gustaba la soledad más que a ningún compañero. De hecho, reflexionó con malicia, era posible que incluso estuviese disfrutando de un barril de absenta para él solo dentro de la bañera.
Suspirando y sin saber por un segundo si realmente quería interrumpirlo, al final optó por empujar la puerta y adentrarse sin hacer ruido en la sala. Fuera como fuese, si había un compañero con el que no le importaba compartir intimidad, era justamente Zoro.
Como suponía, Nami lo encontró ya bañándose, en apariencia tranquilo y dándole la espalda. No había más bebida a la vista, pero eso no tranquilizó el ritmo de su corazón al ver su silueta en la penumbra. El vapor llenaba la habitación procedente del agua caldeada que cubría su cuerpo, aunque él solo tuvo que girar la cabeza para que sus miradas se cruzaran en cuanto escuchó la puerta cerrarse a espaldas de la joven.
—¿Nami?
—Hola —saludó ella, cordial—. No sabía que estabas aquí.
—Bueno. Tengo el mismo derecho que el resto a usarlo, ¿no?
Nami no respondió, sabiendo que no era la primera vez que tenían aquella conversación. Además, aún estaba nerviosa por la batalla reciente y quería convencerse de cualquier manera de que seguía enfadada con él por anteponer sus peleas a huir de la isla. Aunque, en el fondo, una voz le decía que el guerrero había hecho lo que debía para protegerlos. Sobre todo, después de que se hubiera enfrentado a Nusjuro sin dudar. Además, una voz interior le decía que, en el fondo, lo que temía era dejarlo atrás o perderlo para siempre.
De todas formas, en aquella ocasión decidió dejar de pensar en ello por un rato. Fuera como fuese, tener ratos a solas con Zoro era uno de esos placeres culpables a los que no podía resistirse en los últimos tiempos. Confiando también en la discreción de su compañero, la joven se desnudó rápidamente a sus espaldas y usó su Clima-Tact para crear una nube que le permitiera ducharse. Zeus pareció querer despertarse al notar movimiento, pero la navegante le dijo que estaba todo bien para que se volviera a dormir.
—¿Te preocupa que se vaya de la lengua?
Nami esbozó una sonrisa sarcástica a espaldas de Zoro, siguiendo el tono usado por él.
—No lo hará —aseguró.
Sin poder evitar que cierta malicia se filtrara en sus palabras al añadir:
—Me tiene suficiente miedo como para saber qué pasaría si lo hiciera.
—Qué relación más sana… —respondió Zoro con el mismo humor.
Nami resopló con cierta diversión mientras el agua caía sobre su piel.
—A veces es necesario para mantener a algunos hombres a raya —apuntó, sin girarse.
—Yo no te tengo miedo —aseguró él, inalterable.
—Lo sé, aunque todavía estoy algo enfadada contigo —le recordó Nami.
—¿Y eso por qué? —preguntó Zoro, sonando intrigado.
—Pues no sé… ¿Por andar peleándote en el quinto pino con Rob Lucci cuando teníamos que huir? —replicó Nami, dejando que la irritación se filtrara en su voz.
Zoro pareció encogerse de hombros en la penumbra, con las manos debajo de la nuca en actitud relajada.
—No voy a disculparme por eso —declaró, impertérrito.
—También lo sé —repuso ella, sin acritud.
Zoro suspiró con aire rendido, pero no dijo nada más. Tampoco se giró para mirarla en ningún momento, algo que Nami agradeció incluso a pesar de su estrecha relación. Aquella silenciosa muestra de respeto solo reforzaba su opinión y la comodidad de poder ser ella misma con él sin tapujos. No era idiota: sabía que su cuerpo era capaz de excitar y manipular los instintos de Zoro hasta límites inimaginables para ella hasta hacía dos años. Sin embargo, Nami apreciaba que él fuese el único hombre del barco con impulsos capaz de mantener sus deseos y cualquier intención erótica en privado, sin acosarla ni decir tonterías a la menor oportunidad.
Quizá por eso, cuando acabó de ducharse, saltó al interior de la bañera sin que él hiciera nada por impedirlo. De hecho, se mantuvo tranquilo incluso cuando la joven decidió recostarse directamente contra su cuerpo, apoyando la cabeza en el hueco bajo su brazo.
—Gracias por no girarte —murmuró Nami, cerrando los ojos por un momento mientras sentía el agua y la cercanía de Zoro como dos cálidos bálsamos para su ánimo.
—No necesito mirar para saber dónde estás —contestó él en voz baja y sin abrir los ojos—. Además, no quiero tener que pagarte.
Nami sonrió con socarronería, sabiendo a qué se refería y apreciando, a la vez, la eterna consideración de su compañero. Sabía también que con él no tenía ni siquiera que agradecerle algo así, pero no lo había podido evitar.
—Supongo que a veces se me olvida que no todos los hombres sois iguales —murmuró, pensativa, girándose hacia él para bromear—, aunque me alegro de que seas tú quien estuviera aquí esta noche y no cualquier otro compañero.
—Bueno, yo también me alegro de que hayas sido tú quien me ha interrumpido el baño —dijo él en el mismo tono, agachando la barbilla para encararla y permitiéndose extender los brazos sobre el borde de la bañera mientras ella le daba un suave puñetazo en el muslo.
«Además, con el paraíso que supone el barco de Dorry y Brogy para algunos, no hay muchas opciones de compañía», ironizó en su mente, recordando que en efecto apenas estaban la mitad de ellos a bordo del Thousand.
De todas formas, después de eso, ninguno dijo nada ni se movió de su sitio. Ambos disfrutaban de la calma y del suave e inocente contacto de sus pieles dentro del agua.
—Esta vez hemos estado cerca de… Y no puedo creer que de verdad se avecine una catástrofe mundial —dijo entonces Nami con preocupación.
—Sí… ha sido una batalla complicada —respondió Zoro, pensativo, agregando con una tierna convicción que la estremeció—, pero nada que no podamos enfrentar si estamos todos juntos.
La joven resopló para sus adentros, cerró los ojos de nuevo y pensó en lo preocupada que había estado por él mientras Jinbe iba a buscarlo tras pelear con Lucci, y después cuando se quedó atrás para pelear con Nusjuro hasta que Atlas les ofreció la oportunidad de escapar llevándose al centauro esquelético por los aires, antes de que aquella descarga de Haki tan brutal hiciera desaparecer a los Cinco Ancianos.
Sin embargo, el agua de la bañera pareció diluir todas sus preocupaciones sin esfuerzo, mientras notaba la respiración relajada de Zoro tras su espalda. En el momento crucial, quedó patente que ambos se entendían sin necesidad de muchas palabras y se respetaban incluso a la hora de decidir qué hacer en el barco. En el fondo, Nami se daba cuenta de que recriminarle solo era su forma de demostrar lo mucho que le importaba.
—Sé que te culpas por haber dejado a Lucci con vida, pero no le des más vueltas —le aconsejó entonces.
Él se removió, demostrando que el asunto le generaba más incomodidad de la que parecía.
—No me ha hecho demasiada gracia, la verdad… Pero, si Jinbe no hubiese llegado a tiempo… Ese Anciano… —dijo Zoro, y su voz reveló una rara muestra de vulnerabilidad en él.
—No puedes culparte por eso tampoco —lo rebatió Nami sin acritud, girando ligeramente la cabeza para mirarlo a los ojos—. Llegaste, es lo importante, y luego Atlas y ese robot se ocuparon de los Cinco Ancianos para que pudiéramos irnos. Eso es lo que importa.
Zoro bufó, sin contestar, y Nami sacudió la cabeza con levedad. En el fondo, sabía que esa también era su manera de dejar claro que le daba la razón, pero que no lo admitiría ni bajo tortura.
—Las cosas se están poniendo muy feas, Nami. Quiero poder protegeros —confesó él entonces en voz baja—. Como has dicho, se acerca algo muy gordo y necesito ser más fuerte, o no llegaremos hasta el final.
—Ya lo haces y eres muy poderoso, más de lo que crees, en muchos sentidos —lo alabó Nami sin tapujos, haciendo que él la encarase apenas—. Además, por mucho que a veces seas un poco inconsciente cuando se trata de buscar gresca, reconozco que sin tu sensatez a lo mejor ni siquiera hubiéramos salido vivos del laboratorio. ¿O crees que Brook no iba a cantar tus alabanzas en ese sentido?
Zoro arrugó el gesto de forma adorable.
—Es un bocazas —farfulló con clara vergüenza.
Nami sonrió, divertida, y se giró apenas para besarle el borde de la mandíbula.
—Te lo mereces, tonto. Disfrútalo, aunque sea un poco —añadió, en tono más mordaz— que te pones muy feo cuando estás serio.
Él frunció el ceño y musitó algo que Nami no entendió, como si quisiera rebatirla, pero la joven sabía que había ganado esa partida. De hecho, le conmovió su siguiente frase, unos segundos después.
—Gracias, Nami.
—¿Por qué?
Él sacudió los hombros, apoyando la sien en su pelo.
—Pues porque ya sabes que no soy bueno expresando lo que siento, pero quiero que sepas que haría cualquier cosa por protegeros.
Nami sonrió con dulzura, mientras una inmensa ola de gratitud y cariño recorría todo su cuerpo.
—Lo sé. No tienes que darme explicaciones —le aseguró— y, cuando llegue el momento, como has dicho, lo superaremos como el equipo que somos. Juntos.
Había estado a punto de decir que, de hecho, eran una familia, porque así era como ella lo sentía desde hacía más de dos años; sin embargo, sabía que, entre ellos dos al menos, aquel término había dejado de ser exacto antes de llegar a Dressrosa. Nami prefería llamarlo, con diversión… «buenos amigos con derecho a roce muy íntimo».
Zoro, por su parte, asintió sin demostrar conocimiento alguno de lo que pasaba por su cabeza y sin decir nada más. Nami lo imitó, sin presionarlo, dejando que la calidez del agua y la cercanía de su cuerpo musculoso le siguieran aportando una paz que echaba de menos cada vez más a menudo. Los dos piratas se quedaron sentados sin hablar durante un rato, solo escuchando el agua moverse a su alrededor e intercambiando algunas caricias inocentes. Quizá por eso, a la navegante le sorprendió notar los labios de él apoyándose sobre su melena mojada al cabo de un rato.
—Nami… —susurró Zoro, ronco.
—Dime —respondió ella, girando ligeramente la cabeza en su dirección, sin encararlo y sintiendo un leve cosquilleo donde los labios de él rozaban su pelo.
Zoro pareció dudar.
—Reconozco que me gusta hacer esto contigo. De vez en cuando —susurró entonces, sin variar el tono y con algo que parecía una profunda timidez delineando cada palabra.
Al escucharlo, ella estuvo a punto de reír con tierna diversión. Fuera por culpa de la absenta o no, era tan raro escucharlo así de vulnerable… La joven atesoraba cada uno de esos momentos, sabiendo que eran únicos para ella.
«Pretendes ser león de puertas para afuera, pero eres un cachorrito en el fondo, Zoro Roronoa», determinó en su mente, sintiendo más afecto si cabía por el espadachín.
—Y a mí —repuso, en cambio, con una ternura inusual hasta entre ellos—. Incluso aunque no acabemos siempre… Ya sabes. Es un momento agradable de calma.
Zoro suspiró, cerrando su ojo bueno, mientras echaba la cabeza hacia atrás sobre el borde de la bañera.
—Yo hoy estoy cómodo así —declaró.
—Sí, yo también, aunque me falta tener alguna otra jarra de alcohol a mano —dijo Nami, sin poder evitar que se le filtrase cierta diversión en la voz—. Se han quedado todas en el barco de Elbaf y hay que reconocer que esa bebida nueva está buena.
—Ah, en eso estamos de acuerdo. No es tan perfecto como podría ser —repuso Zoro, siguiendo su tono, con una sonrisa torcida asomando a sus labios—. Ni siquiera Cocinitas ha podido resistirse…
Ella se rio y puso los ojos en blanco.
—Eres imposible. ¿Lo sabías?
—Mira quién fue a hablar —replicó él, riendo también por lo bajo.
Nami sacudió la cabeza y chasqueó apenas la lengua, pero no replicó. El calor y el vapor del baño hacían que su cuerpo se entonteciera cada vez más y que, sin poder evitarlo, comenzara a acariciar distraídamente la pierna de Zoro que tenía más cerca. Como si hubiera sido una muda señal, los largos dedos callosos de él comenzaron entonces a repasar sin prisa la curvatura del codo y el brazo que ella tenía apoyado sobre el borde, haciendo que un escalofrío recorriera su espalda sin remedio cuando notó también su suave respiración junto a su cuello. Sin apenas pretenderlo, las caricias de ambos se hicieron cada vez más intencionadas y Nami jadeó con los ojos cerrados cuando la mano izquierda de Zoro se acercó y se deslizó con mimo por su cintura.
La atmósfera en la bañera se estaba cargando de una electricidad palpable mientras cada roce se volvía más intencionado y erótico conforme pasaban los segundos. El corazón de Nami latía con fuerza, consciente del creciente deseo entre los dos sin necesidad de mirarse a la cara. Sin embargo, justo cuando la tensión parecía insostenible y la mano derecha de Zoro bajó al agua, comenzando a acariciar sus curvas con más intención, y las yemas de la opuesta empezaron a aproximarse a territorios más profundos y placenteros, Nami se rio por lo bajo y se apartó apenas.
—Bueno, bueno… Creo que debería volver a mi cuarto a dormir la mona —decretó, jadeando.
Tras la ligerísima tensión inicial, consecuencia de su súbito rechazo, Zoro ladeó la cabeza. Parecía tranquilo mientras apartaba las manos de su cuerpo sin violencia y la encaraba de reojo.
—¿Te vas ya?
En su tono, apenas despreocupado, había una nota de deseo y también una leve falta de aliento que Nami detectó sin problemas, con un escalofrío de placer culpable recorriéndole la espalda. Desde que había escuchado a Vegapunk hablar de las futuras catástrofes que se podían avecinar, y más tras ver pelear a sus camaradas contra los Cinco Ancianos, en su mente se libraba una batalla más feroz que de costumbre: por un lado, no querer saltarse la línea por las razones de siempre y, por otro, la sensación de que deberían aprovechar cada instante disponible al máximo. Especialmente considerando que ambos se conocían ya más allá de cualquier límite decente y que sus encuentros eran cada vez más increíbles…
—Estamos en las de siempre, no deberíamos estar haciendo esto —se excusó Nami, notando que su tono sonaba de todo menos convincente.
Zoro, por su parte, soltó una risita que parecía algo resignada.
—Creo que es un poco tarde para tomar esa decisión, aunque… estoy de acuerdo —admitió.
Nami suspiró y lo observó. Su rostro en penumbra estaba tan sereno como de costumbre, pero ella lo conocía mejor que nadie. Zoro también tenía muchas ganas de continuar hasta el final, pero Nami intuía que, si aquella noche se acostaban, no sería capaz de contenerse. Después de todo lo ocurrido y tras haber sentido tan cerca la posibilidad de perderlo a manos enemigas y poderosas, algo en el aire caldeado del baño y en su borrachera le pedía hacer el amor con calma: montándolo una y otra vez hasta el amanecer, como si cada roce íntimo pudiera provocarle un orgasmo único e irrepetible, y gimiendo su nombre a gritos hasta quedarse afónica.
Sin embargo, incluso considerando que en el barco había pocos compañeros, no era el momento ni la ocasión de hacer algo así. La sensación de terror de que se enteraran era siempre más fuerte que cualquier sueño erótico. Por ello, la pelirroja se apartó con suavidad y una sonrisa cargada de arrepentimiento.
—Lo siento, Zoro —se disculpó, apartándose el pelo húmedo de la cara—. Buenas noches.
Él suspiró apenas perceptiblemente, pero asintió y rozó su brazo con un pulgar casto en apariencia mientras ella se erguía para salir, provocándole un escalofrío de placer.
—Buenas noches, Nami —respondió, sin dejar de mirarla con ese único ojo gris y precioso.
A su pesar, la navegante frenó en seco al escucharlo y dudó, perdida sin remedio en esa mirada profunda y exótica que había aprendido a querer con los años. No había dicho las palabras mágicas y no creía posible hacerlo: siempre había algo férreo en su estómago que se lo impedía. Lo apreciaba y quería como compañero, confidente y amante, sin dudar; pero tampoco buscaba romper la magia tan especial que tenía su relación por un momento de debilidad.
De todas formas, ninguno se movió del sitio durante un rato en el que el tiempo pareció detenerse, solo observándose. Sin querer, Nami no era capaz de irse sin decir otra palabra. En el fondo, quería caer en la tentación, fuera como fuese.
—Zoro… —susurró al fin—. ¿Qué estamos haciendo?
Él ladeó la cabeza, encarándola más si cabía, pero no respondió. Nami se inclinó como por impulso y la mano varonil de él, tras dudar apenas, se alzó para enredarse con delicadeza en su melena pelirroja. Los besos comenzaron tan tímidos como siempre, inseguros de si en realidad debían continuar; pero la pasión enseguida se adueñó de sus gestos y terminaron abrazados e intercambiando caricias con urgencia, hasta que Nami acabó a horcajadas sobre el cuerpo desnudo de él, sin pasar aún a mayores.
—Espera, Zoro… —susurró la joven sobre sus labios en cuanto notó que sus respectivas intimidades se saludaban con ternura.
Aquel era el paso previo a dejarse llevar por la locura, pero Nami no quería acabar así ni tan pronto. Él detuvo cualquier posible movimiento sin violencia, se apartó apenas y la miró, con su ojo gris brillando de deseo en un rostro extrañamente calmado.
—¿Qué ocurre? —preguntó él, suave.
Nami se mordió el labio e inclinó la barbilla, con súbito pudor.
—Quiero hacerlo de otra manera hoy —pidió.
Las cejas de él se alzaron, pero no había duda, ironía ni sospecha en su tono cuando volvió a hablar.
—¿Qué quieres hacer esta vez?
Nami no respondió, pero se bajó de su cuerpo y salió de la bañera tendiéndole una mano que él aceptó. Una vez fuera del agua, lo abrazó con coquetería y le susurró al oído lo que deseaba, todavía más agradada al ver su sonrisa en respuesta. De inmediato, Nami lo besó con más intención y Zoro se dejó, sin protestar tampoco cuando ella lo arrastró hasta dar con la espalda en la pared más cercana y sin que sus labios se separasen un milímetro. Una vez allí, Nami comenzó a descender despacio por su silueta, acariciando aquella piel morena y tersa y recorriendo cada curva de sus músculos con la boca y la lengua.
Nada más rozarlo, Zoro gimió de forma muy excitante, arqueándose hacia atrás y susurrando su nombre con dulzura mientras ella seguía su camino. Satisfecha sólo en parte, Nami se arrodilló entonces frente al joven y contempló la maravilla que tenía delante. Su amante estaba más que preparado para ella y Nami no se sorprendió al escuchar el gruñido bajo, pero profundo, que emitió él entre dientes en cuanto empezó a darle placer. De hecho, Nami pensó que ella misma iba a explotar solo de verlo disfrutar de aquella forma bajo sus caricias y sus besos.
Tan serio como era de cara a la galería, cuando Zoro se relajaba en privado con ella y se dejaba llevar hasta perder la razón, la volvía loca de remate. Una de sus manos se apoyó sobre su pelo para acompañar sus movimientos sin brusquedad, acariciándolo con mimo, mientras su cuerpo se retorcía de disfrute. Los dedos de la otra mano se crispaban contra la pared, como si buscaran desesperadamente un punto de apoyo que le impidiese desmayarse a causa del placer. Nami adoraba tenerlo rendido a su control de aquella manera.
Sin embargo, cuando la joven notó que él iba a acabar, se retiró con rapidez y se levantó. Fuera como fuese, no iba a dejar que aquella sesión fuese tan corta. Como debió suponer, Zoro se sorprendió y frunció el ceño, pero las palabras murieron en su boca entreabierta cuando ella lo atrajo y metió su lengua sin avisar hasta el fondo.
—Hazme el amor. Aquí y ahora, Zoro —le exigió nada más separarse, antes de ronronear—. Por favor.
Él no rechistó. En cambio, sonrió de forma muy sensual, la aferró por la cintura con un brazo y susurró dos palabras que la excitaron más de lo que estaría dispuesta a admitir:
—Ven aquí.
Después, siguiéndola, se desplazó hasta que ella estuvo contra la pared. Entonces, Nami se puso de espaldas a él y apoyó un pie sobre el borde de la bañera. Sin hablar y sujetándola con mimo por la cintura en todo momento, Zoro se dejó guiar hasta que sus pieles se unieron de la forma más dulce posible. Nunca habían hecho el amor así, pero a Nami le agradó comprobar cómo él se entregaba sin dilación, mientras ella apoyaba una mano sobre su nalga desnuda a modo de invitación y los dos gemían al unísono.
Cuando Zoro empezó a balancear las caderas muy despacio, la joven contuvo a duras penas el impulso de gemir a todo volumen mientras clavaba los dedos en la madera de la pared, excitada a más no poder. Como sospechaba, estuvo a las puertas del clímax durante mucho rato mientras él se movía sin prisa, deseando que la sensación de placer que le provocaba su roce íntimo no se terminase nunca y procurando que sus piernas no le temblaran tanto como para fallar y hacerle caer.
Todo posible enfado se disipó en algún punto alejado de su conciencia mientras Zoro cumplía con sus deseos sin oposición. El joven disfrutaba en apariencia tanto como ella. Entre jadeos y suspiros entrecortados, sus dedos acariciaban su cintura, sus pechos e incluso su zona íntima de una forma que Nami creía que le iba a hacer desmayarse. Tampoco pudo evitar, en varias ocasiones y probablemente a causa de la mezcla de alcohol en sus venas, el vapor caliente del baño y su intensa excitación, susurrarle cosas muy eróticas a Zoro cuando sus cabezas se acercaban. Algo que solo pareció darle alas para embestirla con más energía e hizo que Nami quisiera derretirse de gusto, todo mientras llegaba al orgasmo por fin y sus gemidos incrementaban el volumen sin que pudiera evitarlo.
Cuando él terminó también, tomando precauciones casi en el último momento, ambos se quedaron un buen rato abrazados, con la frente de Zoro apoyada sobre el pelo de Nami. Después, ella posó ambos pies en el suelo con cuidado, procurando que las piernas la sostuvieran, y se giró para dejar que los brazos del jadeante guerrero la acunaran con mimo contra su pecho.
—Nami…
En su tono había un mínimo reproche, difuminado por un profundo deleite. Ella suspiró, sin dejar de sonreír con dicha infinita.
—Lo sé… —reconoció, sin mostrar ningún sentimiento de culpa, contra su piel—. Era demasiado pedir.
Zoro resopló suavemente sobre su pelo, aunque su voz tenía incluso una nota de ironía cuando corroboró:
—Desde luego. No podíamos esperar otra cosa, pero lo de hoy ha sido muy interesante —apuntó él—. Solo espero que nadie nos haya oído.
Halagada, e ignorando con una extraña facilidad la punzada de miedo involuntario al pensar que alguien se hubiese enterado de lo que acababa de suceder, Nami alzó la barbilla para mirarlo.
—Pase lo que pase y acabe como acabe este viaje, no me arrepiento de nada —declaró, acariciándole el mentón con los dedos y dibujando una sonrisa cariñosa en sus labios.
Él sonrió a medias.
—No, yo tampoco —repuso, no obstante, más mimoso que nunca—. Pase lo que pase.
Conmovida, Nami no pudo reprimir el impulso de ponerse de puntillas para besarlo. Aparte, le encantó cuando él sujetó su cintura con más intención y le devolvió el gesto tiernamente. Estaban jugando con fuego, muy cerca de quemarse cada vez que se acostaban, fuera borrachos o no, pero el hecho de probar y aprender cosas nuevas juntos en cada ocasión compensaba toda la ansiedad y la necesidad de discreción.
—Venga, de momento, vamos a volver con los demás. No queremos que nadie sospeche, ¿verdad? —preguntó sardónicamente cuando se separaron.
Zoro soltó una risita ronca y ladeó la cabeza con una chispa de diversión en su ojo bueno.
—No, para nada.
Nami rio muy suavemente. Después, se separó para ir a buscar una toalla y notó que él la seguía en silencio. No estaba segura de lo que iba a suceder a continuación, pero le extrañó ligeramente cuando vio que él alargaba la mano, tomaba la citada tela entre los dedos y la miraba como si pidiera permiso. En la penumbra, Nami no podía intuir del todo su expresión, pero el guerrero parecía ser presa de una intensa timidez que a la joven le resultó de lo más adorable. Cuando ella asintió, no pudo evitar sentir una súbita ola de ternura recorriendo su cuerpo en el momento en que él empezó a pasar el tejido áspero sobre su piel con una delicadeza inimaginable en cualquier otra circunstancia.
Como si hubiese sido una indicación silenciosa, ella tomó entonces otra toalla y comenzó a hacer lo mismo con él. Durante varios minutos se quedaron así, repasando las curvas del otro con precisión y mirándose a la cara cada poco rato de una manera que a Nami le pareció que se derretiría de dulzura sin remedio. Si iban más allá de lo habitual, no le importaba.
A diferencia de sus encuentros eróticos, ese momento era tan bonito y realmente íntimo que la joven lo hubiese querido eternizar. En parte, era como volver a estar en Amber Bay: con las mismas emociones rugiendo entre ellos, pero sintiéndose mucho más conscientes y seguros de lo que hacían.
Cuando terminaron de secarse, disfrutaron con mimo hasta el último segundo de ese precioso intercambio, y los dos se separaron con pereza para vestirse. De repente, era como si a ambos les diese vergüenza verse desnudos, pero Nami olvidó cualquier timidez al comprobar que Zoro no iba a ponerse las vendas que había en un rincón, probablemente cortesía de Chopper si sabía que Zoro se iba a bañar.
«Si por él fuera, las tiraría por la borda», pensó, no sin cierta diversión.
Obligándose a mantener la cabeza fría, ella lo frenó entonces y se las enseñó sin palabras. Zoro se giró en silencio, miró su mano, gruñó y puso mala cara. Sin embargo, ante su mirada de advertencia, pareció claudicar y no se resistió mientras ella cubría sus heridas con mimo. De hecho, Nami comprobó con cierta diversión maliciosa cómo él se estremecía ligeramente y suspiraba apenas cada vez que sus dedos pasaban sobre la piel más allá de la zona a vendar. Si hubiera sido por ella, habría hecho aquello toda la noche, pero tampoco quería forzar más su suerte ni arriesgarse a que los descubriesen.
Aun así, después de eso y de separarse para buscar su ropa, terminaron pasándose sus respectivas prendas sin mirarse apenas, pero mostrando una clara complicidad cada vez que sus miradas se cruzaban. Tras recoger Zoro sus espadas, salieron del baño en silencio. En la quietud de la noche y aprovechando que ninguno de sus compañeros estaba a la vista, los dos camaradas avanzaron por las pasarelas hacia la cubierta principal, susurrando y riendo en voz baja con las cabezas juntas.
La fiesta seguía en el Erik y algunos de sus amigos también estaban festejando en el Sunny. Quizá por eso, en cuanto estuvieron a la vista, los dos piratas se separaron y fingieron que nada había ocurrido mientras se volvían a unir a la celebración.
Sanji enseguida se lanzó a saludar a Nami con efusividad, algo que ella recibió con su habitual distancia cortés, pero su mirada se desvió discretamente hacia su reciente amante. Este ya había cogido una nueva jarra de alcohol y estaba bebiendo, pero eso no evitó que sus miradas se cruzaran un segundo después y que él sonriera con discreción, gesto que ella correspondió con súbito pudor y un aleteo agradable en la boca del estómago.
Aquella noche había sido distinta, como todas, pero también extrañamente especial. Nami no quería pensar que sus sentimientos fueran más allá del aprecio y el deseo que sentía por él, aunque sabía que el amor fraternal e incondicional que sentía por Zoro estaba ahí desde hacía más tiempo del que estaba dispuesta a admitir. No era un cariño romántico ni celoso y la joven trataba de ser realista en ese sentido.
Pero lo que sí tenía claro era lo siguiente: no sabía cómo terminaría aquel viaje, ni si ambos sobrevivirían, pero, viniera lo que viniera, su vínculo no se rompería jamás y estarían el uno para el otro hasta el último aliento. Lo que ninguno se imaginaba era que, en medio de la euforia de estar viajando a Elbaf y del potente alcohol ingerido, su lealtad y su supervivencia como equipo se verían amenazadas antes de lo que ninguno podría imaginar.
Hola, mis ratones. Primero de todo, daros las gracias por estar ahí siempre conmigo, se os quiere un montón. Segundo, sólo informaros de que esta historia se toma un descanso de momento, al menos hasta que el manga/anime de «One Piece» avance un poquito más. Ya tengo algunas ideas en mente basadas en lo que pueda suceder en Elbaf, que es por donde va el manga, pero no las terminaré hasta que no vea como se desenvuelve el arco completo. Sé que lo entendéis. Mientras tanto, espero que hayáis disfrutado con la travesía hasta ahora y nos vemos pronto. ¡Os quiero mucho!

