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#FanficThursday: Cars – “Una cita con el pasado” (Capítulo 15)

Capítulo 15. Lucha de voluntades

Rayo MCQUEEN Cars (2006 Foto & Imagen De Stock: 31238061 - Alamy
McQueen y Doc Hudson. Cars

La estancia donde se encontraba el teléfono era un pequeño despacho de la planta baja, decorado con lo que Rayo intuyó era solo una pequeña parte de la vida de Tex. En parte, se parecía al garaje de Doc: recortes de prensa enmarcados, diplomas, fotografías… Aunque, claro: donde allí campaba el polvo y la madera tosca, aquí se veían muebles de oscuro roble barnizado, un parqué pulido y acuchillado regularmente, espesas cortinas abiertas sobre las ventanas y lámparas de caro cristal.

Respirando hondo, Rayo buscó dónde estaba el aparato, sin terminar de encontrarlo. Al menos, hasta que sus ojos se posaron en un dial situado junto a una pequeña pantalla plana. Sonrió con diversión.

«Este Tex… No sé qué me esperaba, viniendo de alguien como él».

Desde luego, no el último grito en videollamadas del mundo. Cuando el dispositivo se encendió y pidió la marcación, el corredor obedeció de memoria. El número de Doc parpadeó en la pantalla varias veces, mientras sonaba el tono de llamada; hasta que, por fin, una voz cascada se dejó oír al otro lado:

—¿Diga?

—Doc, soy Rayo.

—¡Chico! Qué sorpresa escucharte. ¿Cómo va todo por Los Ángeles? ¿Y desde dónde diantres me llamas?

«Tan cascarrabias como siempre», meditó Rayo, dándose cuenta de lo mucho que realmente lo echaba de menos.

—Estoy en casa de Tex —explicó—. Supongo que te has enterado de lo sucedido…

Para su sorpresa, Doc soltó una risita bronca al otro lado, interrumpiéndolo.

—¿Que si me he enterado? Chico, Sally y tú tenéis al pueblo vuelto del revés con ese asunto del juicio. Tengo entendido que te han metido en faena, pero bien…

Rayo agachó el morro, avergonzado, como si Doc de verdad lo pudiese estar observando; pero, por suerte, él no tenía cámara en su teléfono y eso salvó al corredor de una mayor humillación.

—Tenía que hacerlo —declaró, más convencido de lo que creía—. Lo que no esperaba era… Bueno…

El silencio se dejó caer al otro lado de la línea como un velo, dejando a McQueen tan tenso como la piel de un tambor.

—¿Qué te preocupa, chico? —inquirió su mentor entonces, sin acritud.

Rayo se mordió el labio con nerviosismo.

—No estoy seguro, Doc —confesó al fin—. Es… este caso, esta ciudad. Ya no sé qué hacer. Necesitamos ayuda con este caso… Y no creo que el fiscal sea trigo limpio.

—Bueno, si hablamos de Álex Mustang, creo que jamás le aplicaría ese adjetivo…

—¿Por qué lo dices? ¿Lo conoces? —quiso saber su alumno, sorprendido.

—No me hace falta —replicó Doc con voz ajada—. Me bastó lo que Sally me contó de él…

—¡Espera! —se sobresaltó Rayo, con mil emociones circulando a la vez por sus circuitos. Aquello era nuevo. ¿Doc lo sabía y él no? ¿Qué estaba ocurriendo?—. ¿Sally… te lo contó?

Para su desesperación, Doc se quedó unos segundos en silencio antes de decidirse a responder.

—Veo que a ti, no. Bueno, imagino que tendrá sus motivos —razonó.

—Sí, supongo que sí… —rezongó Rayo por lo bajo, aunque no lo suficiente como para que su mentor no lo escuchara.

—Sé lo que estás pensando, chico —lo reprendió sin maldad—. Crees que Sally no confía en ti lo suficiente, ¿es eso?

Rayo no tenía respuesta, atrapado por la aguda perspicacia de Doc. Por cautela, se giró para comprobar que seguía estando solo y que la puerta del despacho estaba cerrada.

—Lo que me da rabia es que creo que podría ayudarla y que en su pasado está la clave para derrotar a Álex —reconoció, desesperado—. Si tan solo…

—Chico, no te equivoques con ella —lo cortó Doc, severo—. Si Sally no ha sacado a relucir lo suyo con Mustang no es solo por dolor, que bastante aporta al asunto; y probablemente sabe que eso puede arrojar algo de luz sobre todo esto, no te lo voy a negar. Pero tu chica también es lo bastante prudente como para no mostrar esa carta si no le queda más remedio —expuso, antes de confesar—. A mí es cierto que me lo contó en un momento de debilidad, poco después de llegar al pueblo. Pero, a partir de ahí, jamás la he oído volver a rechistar sobre el tema ni mencionarlo —el anciano suspiró, como si recordara aquellos tiempos oscuros sin quererlo—. Fue su forma de dejar todo atrás y me pareció del todo admirable…

Rayo lo imitó, tocado y hundido. En el clavo, como siempre. Y sin embargo, como le había dicho a Doc, no podía dejar de sentir que todo aquello lo superaba: el caso, la ciudad, Mustang…

—Sal es más fuerte que cualquiera de nosotros, ¿verdad? —inquirió, rendido, frente al silencioso auricular.

—Sin duda —afirmó Doc al otro lado—. De hecho, entre tú y yo, chaval, conozco pocos coches que hayan sido capaces de rehacer su vida con tanta pasión y convicción. Así que, por eso, confía en mí… y dale espacio. Cuando llegue el momento, te aseguro que serás el primero en saber qué ocurrió. Pero, hasta entonces, lo último que necesitáis ambos es presionaros mutuamente. Pernaneced unidos para salir adelante, pase lo que pase. ¿De acuerdo?

Rayo sonrió para sí.

—Eso no será un problema —bromeó—. Te lo aseguro.

—Así me gusta, novato.

—Oh, vamos… ¿Cuándo dejarás de llamarme así?

—Hmmm… déjame que piense —fingió meditar Doc, de mejor humor—. ¿Nunca?

Sin quererlo, Rayo soltó una carcajada.

—Cuídate, “abuelo”… Espero que nos veamos pronto.

—Yo también, chaval. Cuidaos…

***

—No sé, Naya —dudó Sally—. ¿Estás segura de que esto es buena idea?

—Granger, hazme caso y —insistió la mexicana— se me ha ocurrido al ver a Axelrod. Mi padre lleva mucho tiempo en el mundo del petróleo; conoce a los coches con los que Tex se ha codeado toda su vida, para bien o para mal. Y, sinceramente, pienso que no perdemos nada por preguntarles.

—¿Y tu padre accederá?

Naya soltó una risotada.

—¿Bromeas? ¡Si pudiese, se ponía el primero de la fila!

—Sí, supongo que tienes razón… —Sally sonrió un instante antes de volver a ponerse ligeramente seria, puesto que acababa de ver una figura roja aproximarse desde el pasillo este de la casa—. Ah. Hola, Pegatinas.

Él tragó aceite. Aquello no se lo perdonaría jamás y menos si supiera cuál había sido su verdadera motivación para hablar con Doc. Pero… El corredor respiro hondo. Estaba dispuesto a respetar el consejo de Doc hasta sus últimas consecuencias.

—Hola, Sally —saludó, contrito—. ¿De qué hablábais?

—Oh, una posible buena noticia para el juicio —lo evadió Sally, como si no tuviese importancia o, al menos, no para él. «Te lo has ganado por idiota», se recriminó Rayo mentalmente. Aunque el tono de Sally no expresó reproche en ningún momento. Ni siquiera al preguntar—. ¿Todo bien con Doc?

—Sí, todo bien. Aunque no ha podido ayudarme mucho… —respondió él, cauto, mientras escrutaba sus ojos. Si buscaba signos de enfado, no los encontró, pero la mirada de la joven abogada era seria—. Entonces, ¿por aquí hay buenas noticias?

—Sí, es posible —intervino Naya, sin saber muy bien a qué se debía aquella extraña tensión entre los dos—. Quiero hablar con mi padre antes, pero es posible que consiga convencerle para que algunos ex conocidos de Tex testifiquen a su favor.

—Pero, ¡eso es estupendo! —se alegró Rayo, sincero—. Ojalá esa sea la clave para terminar con esto.

—Sí, ojalá —murmuró Sally, haciendo que Rayo la observase de reojo con el corazón en una llanta.

A su cabeza volvió la conversación con Doc, pero se obligó a mantener la cabeza fría y aplicar sus enseñanzas hasta que le dolió el último circuito. Se acercaba la hora de irse, por lo que Tex salió al recbidor para despedirlos a todos. Sin embargo, Rayo no se atrevió a decir a Sally lo que lo quemaba por dentro hasta que no estuvieron casi en el dormitorio. Todo el camino lo habían pasado en un tenso silencio; observados de reojo por Naya y durante un rato por los Weathers, que tenían su residencia más allá del pie de la colina y se desviaron unos kilómetros antes, despidiéndose con cariño y deseando suerte a Rayo con los análisis.

—Sal —la llamó cuando ella se dirigía hacia la zona de descanso—. Escucha, yo…

—Está bien, Pegatinas —lo interrumpió ella, sin brusquedad; al contrario, mostraba una mueca agridulce en su precioso capó azul que encogió todo el chasis del joven corredor—. Sé lo que me vas a decir, pero también sé que yo tengo parte de culpa —lo miró largamente con una mezcla extraña de cariño y tristeza, antes de agregar—. No puedo pedirte que no tengas secretos conmigo cuando yo no he sido del todo sincera contigo.

—Justo de eso quería hablarte —la rebatió él con suavidad, acercándose—. Sé que Doc lo sabe, me lo ha dicho. Aunque no me ha contado nada —agregó al ver cómo los parabrisas de ella se abrían a causa de un súbito terror—. Ambos sabemos que eso no hubiese sido ni justo, ni apropiado; y… quiero que sepas que no voy a insistir. Respeto que quieras dejar esa parte de tu vida atrás.

Sally se encogió, sin saber qué decir.

—Te lo agradezco.

Él no respondió, pero poco a poco sus capós se fueron juntando hasta quedar chapa con chapa y los ojos cerrados. Sin besarse, pero en paz.

—Yo también quiero que esto acabe de una vez por todas —confesó entonces Sally, en un susurro—. Y no voy a parar hasta conseguir que Naya gane.

—Lo conseguiremos —prometió él—. Juntos.

—Y después… no más secretos —apostilló Sally con convicción.

Rayo asintió.

—Nunca más. Te lo juro.

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